DOMINGO DE PENTECOSTES

(4 de junio de 2017)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

Al igual que la Pascua, esta solemnidad de Pentecostés confiere sentido cristiano a una antigua fiesta israelita, la de “las semanas”, que se celebraba siete semanas después de la primera ofrenda de cebada, y que posteriormente incluyó el recuerdo de la llegada al Sinaí, con la entrega de la Ley entre manifestaciones prodigiosas de truenos, viento huracanado y fuego.

Las tradiciones posteriores fueron detallándolas hasta llegar a una descripción semejante a la empleada por san Lucas para relatar el momento capital de la historia de la Iglesia: la primera predicación pública de Jesucristo hecha por Pedro y los demás apóstoles en Jerusalén bajo la acción del Espíritu Santo; Espíritu prometido por el “Resucitado” y entregado como nueva ley de los cristianos. Es el tiempo del Espíritu Santo.

Al concluir litúrgicamente el tiempo pascual, la Iglesia nos invita a asumir comprometidamente el nuevo carácter del Pueblo que ha surgido del costado abierto del Salvador en la cruz y que, en lo adelante, será obra predilecta del Espíritu.

Las tres lecturas hacen notar el hecho de que el Espíritu Santo fue dado a los Apóstoles en relación a su misión. Así nos lo presenta el libro de los Hechos (2, 1-11). San Pablo nos presenta al Espíritu como principio de la unidad de la Iglesia en la diversidad de sus ministerios en su Primera carta a los Corintios (12, 3b-7. 12-13).

El evangelio de San Juan (20, 19-23) relatándonos la primera aparición de Jesús resucitado a los apóstoles el mismo día de la resurrección, vincula la efusión del Espíritu con su misión de perdonar pecados. De este modo vemos la vinculación estrecha entre “anunciar la gran noticia de la resurrección” con el primer efecto o fruto de la misma para la Iglesia y para toda la humanidad que es el “perdón de los pecados”, o sea, la plenitud de la redención que no es solamente resultado del anuncio sino, también y más importante, del efecto de la gracia para los que crean; para los que respondan a la invitación y se conviertan.

Todo esto no ocurre, siguiendo la lógica de la economía de la salvación, sin la acción directa del Espíritu; acción generosa, pero libre, y que siempre cuenta respetuosamente con nuestra libertad y discernimiento, apoyados e impulsados también por el Espíritu Santo.

Y ¿quién es el Espíritu Santo? Es la tercera persona de la Santísima Trinidad, “Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”, como decimos en el Credo Niceno-Constantinopolitano.

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia naciente y de la Iglesia de siempre; sin El no tenemos “vida espiritual” como nos sugiere la misma expresión. Es nuestro Defensor y continúa enseñándonos todo lo que Jesús nos dejó dicho y bajo cuya inspiración nos vemos preservados del error.

Por ello la Iglesia lo invoca constantemente y su nombre precede toda oración de apertura en cada encuentro eclesial, desde los Sínodos universales (o Concilios) hasta las más sencillas reuniones de los grupos apostólicos de la Iglesia de Cristo. Es el Espíritu también, y de gran importancia, el artífice de la Unidad de la Iglesia; unidad imprescindible para que podamos realizar su obra.

No habrá obra apostólica verdadera y eficaz sin la unidad que Cristo pidió para los suyos en la “oración sacerdotal de la última cena”, ni el Espíritu bendecirá con su presencia, inspiración y acción esas acciones de su Iglesia que no busquen y contengan esa unidad; expresión suprema de toda obra divina, de la Santísima Trinidad: Tres Personas, un solo Dios.

 

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