LA ASCENSION DEL SEÑOR

(28 de mayo de 2017)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

Hoy celebramos la Ascensión de Cristo, acontecimiento revelador de su divinidad y del cumplimiento del “plan salvífico” de Dios en favor de toda la Humanidad, en la cual su Hijo –“Dios verdadero de Dios verdadero”- se ha encarnado y recorrido el “camino”, que no es otro que la realización de las promesas anunciadas por los profetas desde antiguo.

Las lecturas de esta Solemnidad nos permiten asomarnos tímidamente al misterio a través de los hechos y palabras de Jesús, contados por los testigos cualificados que son los Apóstoles. San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (Hch. 1, 1-11), nos relata el acontecimiento de la Ascensión que ya nos había enunciado en el final de su primer libro: el Evangelio dirigido, al igual que el libro de Los Hechos, a todo “amigo de Dios”, significado en el nombre de su dedicatoria: “Teófilo”. – Siguiendo a san Pablo en su carta a los Efesios (Ef. 1, 17-23), nos adentramos más allá de la nube y contemplamos a Cristo “sentado a la derecha de Dios en los cielos”, como cabeza de su Iglesia, señor del universo y fuente de vida para cuantos creen en El. -San Mateo, evangelista de este ciclo, se limita a referirnos los términos de la misión confiada por Jesús a sus Apóstoles que “quedan en el mundo” después de ésta, su última manifestación (Mt. 28, 16-20).

La Ascensión es un momento más del único Misterio Pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo, y expresa sobre todo la dimensión de exaltación y glorificación de la naturaleza humana de Jesús como contrapunto a la humillación padecida en el suplicio y la muerte de cruz.

La Ascensión es también la aseveración de que sus promesas de llevarnos glorificados a su lado se cumplirán: “a donde El se ha ido, nosotros lo seguiremos”. Se ha ido a prepararnos un lugar junto al Padre. En toda la Liturgia de esta solemnidad se nos alienta a la Esperanza, virtud teologal vinculante entre la Fe y la plenitud de la misma que es la Caridad, o sea, el mismo Dios.

Para terminar, no olvidemos el envío misionero sin el cual quedaría incompleta la Pascua de la Iglesia: Jesús resucitado nos envía como testigos de su resurrección; nos envía a “anunciar la Buena Nueva y a Bautizar a todo el que crea” y se adhiera a su Camino de salvación: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image