SALVATORE GENOVESE

Por Hugo J. Byrne

Cuando conocí a Salvatore aparentaba una edad entre cincuenta y cinco y sesenta años. Era un típico mediterráneo de pequeña estatura, más bien delgado, pero ya proyectando una muy típica “panza” italiana. Tenía el pelo cano, bigote con puntas cepilladas hacia arriba y un chivo. Su característica más prominente sin embargo no era física, sino sus sombreros, los que cambiaba cada día del año.

Debo aclarar que eso es sólo una sospecha mía, porque no lo veía diariamente. Pero estoy seguro que cada vez que lo vi usaba un chambergo distinto. La variedad era considerable: un “Panamá” de los caros, un tirolés con plumita, una boina, un cordobés, un Fedora, un hongo, etc. Hasta lo vi una vez con un sombrero de yarey.

Nunca lo vi con un sombrero de “Mariachi” y le pregunté si tenía uno. Me dijo que había tratado de comprarlo pero que uno de los buenos era realmente caro. ¿El “Imeldo” Marcos de los sombreros? No lo sé, pero también conocí a un legítimo cubano y excelente persona, quien de acuerdo a un miembro de su familia tenía más pares de zapatos que su esposa. Al igual que Salvatore, ese buen amigo y excelente publicitario también pasó a la eternidad.

Salvatore Genovese y yo coincidimos en el mismo proyecto: la planta nuclear de Vogtle en Augusta, Georgia. Georgia Power era el cliente de Bechtel Power Corp., la multinacional a cargo de la ingeniería y de la mayor parte de la construcción de la planta nuclear. Primero trabajamos en unas oficinas en Downey, CA. Después fue necesario trasladarnos a Augusta, donde la compañía asumió nuestros gastos de alojamiento y transporte a la planta, a unas veinte millas al sur del hotel. Recuerdo que la mayor parte del trayecto era relativamente fácil. Sin embargo había una sección que atravesaba el centro de Augusta donde el tráfico se congestionaba. Era el otoño de 1985 y la ciudad se preparaba para la clásica competencia de golf de los “Masters”, la más prestigiosa de todas.

Salvatore era italoamericano y esa gente tiene un sentido del humor muy semejante al de los cubanos de mi generación. Hice rápida amistad tanto con él como con su amiga, una legítima sureña de extracción irlandesa, genial anfitriona y excelente cocinera. Salvatore y su compañera no estaban casados, pero eran sin duda una pareja muy feliz. Con el tiempo supe que Salvatore sí era casado, pero no con su pareja. Eso era bastante frecuente en sociedades firmemente católicas donde algunos matrimonios preferían la separación definitiva y un arreglo más o menos permanente para evitar el divorcio.

Todo eso es parte de un pasado bien distante, aunque estoy seguro que algunos lectores recuerdan ciertos casos como el de Spencer Tracy y Katherine Hepburn, Carlo Ponti y Sophia Loren, “Bing” Crosby, etc. ¿Es sorpresivo que todos estos fueran italianos o irlandeses catolicísimos? Ese detalle en apariencias anecdótico, es muy importante a este trabajo.

Mis recuerdos de Augusta son muy agradables, estando en primer plano las invitaciones de los clientes y otros compañeros de trabajo. Nuestra labor era esencialmente de asesoramiento técnico y resolución de cuantos problemas estructurales se presentaran.

Tuvimos éxito consistente en nuestra encomienda y eso se tradujo en real popularidad con los clientes y muchas actividades sociales. Especialmente para aquellos quienes como yo habían dejado a su familia en el otro extremo del país.

En una oportunidad comí en la casa de una pareja joven. Él era ingeniero de Bechtel y tenía apellido hispano, pero era absolutamente anglo y no hablaba ni jota en español. La esposa era colombiana y recibía de su familia en Bogotá un café muy especial. Aunque soy fanático del café cubano, admito que ese fue el mejor café que he probado en mi vida.

Por supuesto, nada se comparaba a una invitación a la casa que Salvatore compartía con su mujer. Las pastas, los mariscos, el “minestrone” y las confituras nos salían por los oídos. Después de la cena un “after dinner”, un tabaco y una sesión de órgano por Salvatore, quien era buen músico de afición. La señora, cuyo nombre no recuerdo, tenía una gran variedad de recetas de cocina italiana. Sin embargo los vinos eran en su casi totalidad traídos de California.

Otra experiencia fue una de las pocas veces que nevó en Augusta ese año. Tres cosas pasaron durante mi travesía de ese día a la planta. La primera fue una granizada fuerte que batió duramente mi auto rentado, después fui detenido brevemente por un Patrullero de Carreteras por exceder el límite de velocidad, lo que probablemente era cierto. El policía y yo éramos los únicos en ese tramo de la autopista. Era sábado en la mañana y yo estaba citado por ingenieros de la planta para explicar lo que los operarios tendrían que hacer en la resolución de un problema.

Eso ocurrió a la salida del “Bobby Jones Expressway”, cuando giraba hacia el este en dirección a la planta. Sorprendentemente, el policía no me dio una citación para el juzgado, tan solo un “warning”, el que todavía guardo como un trofeo. ¿El motivo de su benevolencia? Mi chaqueta. Estaba cubierta con parches de competencias de tiro de rifle, incluyendo el que me identificaba como miembro vitalicio del NRA. El guardia era también tirador: me dio un “break”, el que mucho agradecí. ¿Se imaginan tener un litigio de tráfico en la costa este, viviendo en California?

Justo antes de llegar a la planta, la carretera atravesaba un bosque de pinos, que se tornaba brillante y multicolor en el otoño. De repente a mi derecha vi una numerosa familia de pavos salvajes por primera y quizás la única vez en mi vida. Recuerdo haberlos acechado muy quieto y tiritando del frío en los promontorios de Magee Creek, al oeste de la carretera 395, en California. No pude poner a uno a tiro. En realidad no vi ninguno. Lo único que alcancé a ver en esas ocasiones fue el paisaje.

El lunes siguiente, a la salida de la planta y antes de llegar al expressway, el tráfico empezó a ponerse lento. Esa lentitud se convirtió en arrastrada de defensa con defensa durante varias horas. No recuerdo cuando llegué al hotel, pero era de noche cerrada. Pude distinguir en la carretera un espacio negruzco rodeado por cinta amarilla y carros patrulleros. Entonces oí en el radio que había ocurrido un accidente mayor en la colisión frontal de dos vehículos y que había varias víctimas, entre ellas una en estado crítico.

Desconocido para mí Salvatore estaba padeciendo de violentos vértigos y “blackouts” y había pasado algunos sustos conduciendo. Aparentemente fue víctima de un gran vértigo esa tarde, perdiendo el control del vehículo. No tuve la oportunidad de visitarlo en el hospital y me enteré de su situación a través de otro californiano de nuestro mismo grupo.

Salvatore nunca se recuperó. Su situación fluctuaba entre coma total y consciencia parcial. Tras un sufrimiento inenarrable expiró a los diez días del accidente.

Su mujer inició una lucha legal por obtener los beneficios a los que hubiera tenido derecho inmediato de haber sido casada con Salvatore. Los planes de ahorro de Bechtel Power eran muy atractivos, especialmente en los casos de empleados con varios años consecutivos de servicio. Tal era el caso de Salvatore. No tengo la menor idea qué fue de ella o si tuvo éxito en sus gestiones. Espero que lo haya tenido.

Salvatore ponía sus principios religiosos y éticos siempre por encima de su interés material. En una oportunidad supe de fuente fidedigna que había recibido una herencia millonaria de un medio hermano de padre, quien había muerto mientras cumplía una extensa condena en una notoria prisión federal. Tengo entendido que la cantidad sobrepasaba los dos millones de dólares y que lo único que Salvatore accedió a recibir de toda esa herencia, fue el pago a los abogados ejecutores de la donación del resto a una orden religiosa. Salvatore consideraba que ese dinero era sangriento.

Eso ocurrió en 1969, un año antes de empezar mi trabajo con Bechtel y, los únicos dos hermanos conocidos del Capo di Tutti Capi” Vito Genovese, eran también notorios hampones. Vito también murió en el año 1969 en una prisión federal. La coincidencia de nombres es sin duda tan misteriosa como sorprendente.

Sea este mi tardío homenaje póstumo a mi buen amigo Salvatore Genovese. Que descanse en paz y que pueda cubrirse la cabeza con un halo.

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image