“LOLO PUÑALES”

Por Hugo J. Byrne

¡Qué importa un día! Está el ayer abierto

al mañana, mañana al infinito,

hombres de España, ni el pasado a muerto,

ni está el mañana -ni el ayer- escrito.

Antonio Machado.

Porque muchos detalles continúan cayendo en el rastro del olvido, otros se aferran a mi memoria con la desesperación de un alpinista subiendo por un farallón vertical. Esa es la razón por la que atiendo la sugerencia de una buena amiga lectora y escribo esta vieja estampa de mi breve y lejano servicio en el ejército de Estados Unidos.

Hace poco recibí un certificado con la firma del presente Secretario de Defensa de Estados Unidos, General retirado James N. Mattis del USMC. Se trata de un reconocimiento de servicio honorable entre las fechas 09/02/1945 y 09/26/1991. En realidad todo mi servicio duró solo varios meses durante 1963, pero ocurrió en medio de la mayor crisis de la llamada “guerra fría”. Para los maliciosos, hago la salvedad de que nunca participé en combate ni fui enviado por el “Army” fuera del territorio americano. Pudo haber ocurrido, pero no sucedió.

Todos los voluntarios cubanos que recibimos entrenamiento en Ft. Knox y Ft. Jackson teníamos en nuestros respectivos documentos los dos apellidos, tal como se acostumbraba hacer en nuestra cultura. En mi caso, mi certificado de inducción, el de separación (“Discharge”) y hasta en el uniforme de diario se leía Byrne-Roque en uno de los bolsillos de las camisas. Al recibir el certificado de Mattis y abrir el sobre, me reí a mandíbula batiente.

Cuando mi esposa me preguntó por qué reía le señalé al certificado. Reímos a coro por un buen rato. En él, bajo el sello multicolor del ejército, se leía Hugo Juan Byrne-Rogue. Traduciendo “rogue” del inglés: 1.persona muy deshonesta y de baja o ninguna moral. 2. Sinvergüenza, pillo y otras cosas peores. En La Habana, seguro están de acuerdo. Quienes lo hicieron no trataban de insultarme: es error inocente.

Con esta nota ligera abro mi memoria sobre “Lolo Puñales”. Honestamente no recuerdo su verdadero nombre, pero nadie podría olvidar su persona. “Lolo” era flaco, color amarillo-verdoso y de baja estatura. Muy hablador, su tema favorito era su gran éxito con las damas. “Lolo” era el conquistador y castigador por excelencia, caso que el interlocutor creyera lo que afirmaba. Eso era bastante difícil debido a su apariencia física: “Lolo” era más feo que un ciclón en alta mar. Su primer sobrenombre fue “la bruja de Blanca Nieves”. También era un tipo “temible” en los lances del honor, según su propio alarde.

Los cubanos de mi generación tenían un agudo sentido del humor. Se burlaban hasta de su sombra y, como es de suponer, muchos soldados se burlaban del pobre “Lolo”, un infeliz sufriendo un enorme complejo de inferioridad. La mayoría lo hacía a sus espaldas, lo que no era muy honorable, pero más caritativo.

De vez en cuando “Lolo” esgrimía una cuchilla de bolsillo para reafirmar su bravura. Aunque nadie en mi compañía le hacía caso ni tomaba en serio esa violación flagrante del código de conducta militar, que bien pudo haberle costado una corte marcial, prisión severa y licenciamiento deshonroso. Un soldado de otra compañía no fue tan compasivo: lo desarmó y le dio una paliza. A partir de esa vez y hasta que abandonara el servicio activo, fue conocido en el tercer pelotón como “Lolo Puñales”.

Tuve oportunidad de hablar con él varias veces y aproveché las ocasiones para aconsejarle paciencia: “Cuando se burlen de ti, mantén la calma. Si también te ríes creerán que no te han molestado y lo más probable es que se aburran y te dejen tranquilo”.

Las cuatro barracas de la compañía eran de dos pisos y mi escuadra dormía en el piso alto de una de ellas, frente por frente a otra. Las duchas, lavamanos e inodoros estaban al final, separados por una puerta que permanecía abierta casi siempre. El acceso a los dormitorios estaba al costado de cada estructura. Desde esa puerta se podía entrar al primer piso, o subir por una escalera al segundo piso. Al final de la escalera había otro acceso que también permanecía entreabierto.

Con raras excepciones, el área de la compañía parecía un desierto durante los fines de semana a partir del mediodía del sábado, hasta por lo menos bien entrada la noche del domingo. Los soldados cubanos en su mayoría eran jóvenes solteros que necesitaban cambiar de ambiente, quizás beber un trago y, por supuesto, atender las exigencias de la libido. Columbia, la capital de Carolina del Sur, era entonces casi un suburbio de Ft. Jakson (o viceversa) y colmaba muy eficientemente toda la gama de necesidades militares. Sus calles eran un real hervidero de soldados. Aunque supuestamente el ejército debe ser sólo para hacer la guerra, los cubanos de Fort. Jackson éramos insuperables bebiendo, haciendo bulla y buscando pleito. ¿Quién lo pone en duda?

Un domingo poco antes de desbandarse las unidades cubanas, muchos soldados del tercer pelotón de mi compañía regresaron temprano a la barraca. Todos ellos eran notorios por acosar al pobre “Lolo”, quien llegaba tarde la noche de los domingos.

Mantuvieron una larga vigilia esperando por “Lolo” y buscándolo por las ventanas. Pasada la medianoche, de repente apagaron las luces y se acostaron rápidamente en sus literas. Se sentían sólo los pasos de “Lolo” subiendo la escalera y accediendo al segundo piso.

De repente hubo un gran estrépito: un cubo lleno de agua se abatió sobre “Lolo”, empapándolo. La víctima al recobrarse de la sorpresa (y quizás recordando mis consejos), empezó a reírse forzadamente junto a sus torturadores. Pero su risa era fingida, como “el perro con las avispas”.

Cuando creía que el jolgorio había finalizado, “Lolo” sacó una toalla de su “foot-locker” y empujó la entreabierta puerta del baño. ¡Bum! sonó el segundo cubo, esta vez cayendo en la cabeza de “Lolo” y cubriéndola por completo. Por un instante “Lolo” semejaba un caballero andante del Medioevo, con un yelmo grotesco. Una especie de Don Quijote cubano, sin lanza, Sancho o Rocinante.

Entonces “Lolo” se olvidó por completo de mis instrucciones. Lanzó el cubo contra el primero que vio riéndose y empezó a echar flores exquisitas contra las virtudes de las madres, abuelas, bisabuelas y tatarabuelas de todos los presentes. El lenguaje de cuartel se enriqueció esa noche con las aportaciones de “Lolo”, quien en su frenesí no quería dejar títere con cabeza. Uniendo la acción a la palabra “Lolo” empezó a lanzar proyectiles a diestra y siniestra: cepillo del pelo, pasta de dientes, lata de betún y hasta sus dos botas. Recuerdo que se calmó de súbito cuando ya estábamos listos para llamar a la policía militar para que trajeran una camisa de fuerza. Afortunadamente “Lolo” nuca fue lanzador de ligas mayores y el único afectado fue un soldado gordo quien no se agachó a tiempo. Recibió un botazo “a sedal” en la sien derecha.

No tengo idea que habrá sido de “Lolo”, teniendo en cuenta que todo lo que he narrado del Fuerte Jackson ocurrió hace la friolera de cincuenta y cuatro años. Por otra parte me regocijo de no recordar su nombre y espero que si aún vive, él tampoco recuerde el mío.

 

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