SEXTO DOMINGO DE PASCUA

Domingo de la Expansión Misionera

(21de mayo 2017)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

Continuamos enunciando un título para cada uno de los domingos de pascua, como nos lo sugiere el Misal Romano, con el fin de que tengan ustedes más libertad y creatividad al meditar sobre la Palabra de Dios para la liturgia del Domingo, ya que el fin de estas reflexiones no se agota en lo que yo pueda sugerirles; prefiero que siempre queden abiertas a las inspiraciones del Espíritu, quien es el Señor de la oración cristiana y el Maestro de la Iglesia, cosa que se manifiesta de manera espléndida en el tiempo pascual.

Las lecturas de este domingo nos preparan para la fiesta de Pentecostés. Antes, el próximo domingo, celebraremos la subida de Jesús al cielo al ser transferida la solemnidad de la Ascensión para ese día, como está mandado donde esta fiesta no se celebra como día de obligación o precepto.

En la primera lectura asistimos a la expansión misionera de la Iglesia: la fe cristiana, anunciada por el diácono Felipe, ha conquistado Samaría, y Pedro y Juan son enviados para confirmar a la nueva comunidad mediante la imposición de las manos y el don del Espíritu (Hechos 8, 5-8.14-17). En el evangelio (Juan 14, 15-21), Juan nos refiere las palabras con que Jesús les prometió enviarles su Espíritu. Y san Pedro nos exhorta a vivir el misterio pascual de Cristo (I Pedro 3, 15-18) quien, después de “morir en la carne, volvió a la vida por el Espíritu”.

El Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos, el Paráclito (Consolador), el Espíritu de la verdad es, como decíamos en la introducción a este domingo, el Maestro que nos enseña y nos conduce en todo tiempo, pero especialmente durante la cincuentena pascual; y se enseñorea en su labor edificadora del “Cuerpo de Cristo resucitado” que es la Iglesia. Pues eso somos desde que Cristo venció a la muerte y el pecado y nos dio nueva vida; Vida que adquirimos, a la que somos incorporados en el Bautismo. Es el Espíritu Santo el “alma de la Iglesia naciente” y de la Iglesia de siempre; ya que existe una sola Iglesia de Jesucristo resucitado. Es éste un buen tiempo para implorar, en nuestra oración, con constancia y humildad la unidad visible de ese Cuerpo, de esa Iglesia, reconociendo que recuperar esa unidad es obra de Dios y que el artífice de la misma es el Espíritu Santo. Es también tiempo propicio para reasumir nuestra vocación misionera. Una Iglesia que no es misionera es una Iglesia aletargada, pasiva y muerta para la obra de Dios. Ser misioneros consiste en trasmitir el mensaje de salvación y en esforzarnos en presentarles a nuestros amigos y familiares a Jesucristo, Señor, Salvador y Amigo que nunca nos abandona; Pastor que va delante del rebaño, lo guía y protege; cumplidor de sus promesas como dador del Espíritu en cuyos dones somos recreados y renacidos para la “vida eterna”.

 

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