¿MINA DE ORO, O FOSA SÉPTICA?

Por Hugo J. Byrne

Nada perjudica más a cualquier colectividad humana que la ausencia de autonomía individual. La sociedad se corrompe hasta el tuétano cuando se acostumbra a la obediencia universal y la mejor carnada del estado para obtener obediencia sin protesta es el soborno. Después usan la coerción.

Soborno y coerción siempre van de la mano avanzando el envilecimiento social. Una sociedad por completo obediente del estado es por definición corrupta. El proceso corruptor está latente en todas partes, lo admitan o no quienes crean estar a salvo de la tiranía simplemente por haber cambiado de localización geográfica. ¿Estamos mejor aquí que en Castrolandia? Mejor que allí y mejor que en ninguna otra parte y en eso no puede haber la menor duda.

Sin embargo, sólo una condición es permanente en la historia: el cambio. Todo cuanto nace termina y en el transcurso breve de tres generaciones la vida humana cambia muy radicalmente. Quien lo dude debe comparar de manera objetiva la sociedad cubana de los años cincuenta y hasta la de los veinte, con el zoológico que hoy habita el mismo suelo. El promedio de los “cubanos” que ingresan hoy a esta nación serían vistos como extraterrestres en la Cuba en que nací y me crie. Las malas noticias son que la dependencia al “estado benefactor” continúa extendiéndose en Estados Unidos y no hay alivio a ella en el horizonte visible.

A fines de 1963 volé a California donde me esperaba mi primer empleo profesional en los Estados Unidos. Obtuve esa posición a través de un buen amigo, quien entonces trabajaba para la misma empresa y sabía de mi experiencia y carácter. Cuando cobré mi primer sueldo, le pedí a mi amigo que me llevara a las oficinas del “International Rescue Committee”, de Los Ángeles, organización caritativa que me había facilitado el pasaje.

Entonces no solamente carecía de transporte, sino del dinero necesario para comprar un carrito de segunda mano. Dependía de mi amigo para ir y regresar del trabajo. Fuimos allí en la tarde, a la salida de la oficina y puede que haya olvidado muchas cosas, pero si algo recuerdo vivamente es esa ocasión.

Me atendió una muchachita cubana algo más joven que yo. Dos cosas la impresionaron: el motivo de mi visita y la rapidez con que había asegurado un empleo: “Señor, su caso es bien conocido por la rapidez con que entró a una nómina. Además, nadie se apura tanto por pagar”. La recepcionista incluso me invitó a quedarme para participar en una fiesta programada allí para esa tarde. La cubanita también me impresionó. Mi amigo tenía que regresar a su familia. Yo sólo le había pedido un desvío en el camino a su casa, cercana a mi apartamento.

Quien crea que cito esta anécdota personal para vanagloriarme como un pavorreal, que le aproveche. Mi conducta sólo reflejaba lo que la gran mayoría de mi generación desterrada habría hecho en las mismas o semejantes circunstancias. Así eran y siguen siendo los pocos que quedan de esa generación cubana que se reduce lentamente: aprendimos una conducta ética y estamos en el recodo final, pero descendiendo por la misma ruta.

Los cubanos no éramos santos. Nunca lo fui. Dios y yo sabemos que tengo muchos pecados de que arrepentirme. De lo que nunca tendré que arrepentirme aunque viva cien años es beneficiarme del bolsillo ajeno. No importa si ese bolsillo pertenece a un pobre o a un acaudalado y aún menos a mis conciudadanos.

¿Cuántos entre nosotros practica eso? Cuidado, que cuando me refiero a “nosotros” es sobre “nosotros los americanos”. Es muy fácil culpar al estado por todos nuestros vicios, aunque nuestros representativos fueran electos por “nosotros los americanos”. El soborno aceptado siempre corrompe: no importa si los afectados son hispanos, anglos, galos, latinos, teutones, africanos u orientales. Quien paga, ordena. Quien recibe sin ofrecer algo de valor a cambio, se convierte en esclavo y eunuco moral. América está enferma grave de victimización. Es posible vivir muchos años dentro de una mina de oro sin que nada se pegue, pero un segundo en una fosa séptica ensucia. De todos los aforismos martianos, muchos y buenos, el más corto quizás sea el más profundo: Hay que poner de moda la virtud

 

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