CUARTO DOMINGO DE PASCUA

(7 de mayo de 2017)

“Domingo del Buen Pastor”

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

Toda vocación podría clasificarse como un amor. La palabra vocación procede de la palabra latina “vocare” que significa llamar; por tanto, toda vocación contiene en sí, y es, una llamada. La Iglesia dedica el cuarto domingo de Pascua como “Jornada de oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas”, partiendo siempre del tema del evangelio según san Juan en el discurso de Jesús que se define a sí mismo como “el Buen Pastor”. De modo que, en la Iglesia, la llamada o “vocación” está siempre relacionada y ligada a su misión pastoral, condición que marca profunda y radicalmente su “ser y su quehacer” como seguidora de Jesús “el Buen Pastor”. Para todos los bautizados, la vocación implica siempre una relación de amor con Dios. La Iglesia, pues, escoge este día para presentarnos el camino y la entrega de amor que representa, en su seno, la llamada al servicio en el sacerdocio ordenado y a la consagración religiosa por medio de los votos de pobreza, castidad y obediencia en un instituto religioso. Por supuesto: toda vocación comienza en el Bautismo, sacramento en el cual todos hemos sido llamados a la “nueva vida de hijos de Dios” y a transitarla por el camino de la gracia; teniendo como punto de partida, de llegada y como constante del camino “el amor de Dios”, “el Amor que es Dios”.

La primera lectura de la Misa de hoy (Hechos 2, 14ª. 36-41) hace referencia al sacrificio de Jesús: Por haber sido bautizados en su nombre, recibimos el perdón de nuestros pecados y el don del Espíritu. Jesús es el “siervo” pero es también el “pastor y guardián de nuestras almas” (I Pedro 2, 20b-25) que, “cargado con nuestros pecados subió al leño”. De modo que no podemos separar su condición de “pastor” de su condición de “siervo obediente” y de “víctima sacrificial”; sin considerar estos tres aspectos de la revelación que Jesús asume en su persona y misión, nunca podríamos comprender su ser y actuar en el plan de Dios y, ni siquiera, acercarnos al “misterio” que es su vida y El mismo. – Por último nos acercamos al evangelio (Juan 10, 1-10) donde hoy Jesús se define como la “puerta de las ovejas”. Sin dudas que la alegoría del Buen Pastor en este evangelio constituye uno de los textos definitorios en los que Jesús se declara vía indispensable para nuestra relación con Dios y, por El, con el “Dios Salvador del Mundo”.

No nos queda otro remedio que leer y repasar el texto completo del “discurso parábola del Buen Pastor” y dejarnos arrastrar por su profunda pedagogía y por la pasión comprometida del Señor con la humanidad por la que entrega su vida, sin descuidar la aplicación de la alegoría, tan elocuente para un pueblo con experiencia de primera mano de la vida pastoril y de la íntima relación entre pastor y rebaño; relación y alegoría que Dios mismo, por medio del profeta Ezequiel (Ezequiel cap. 34) , introduce en el camino de la Revelación que prepara el camino a Cristo; “Hijo, Sacerdote y Pastor” que asume y encarna esa decisión de Dios de ser, enfrente de los falsos pastores, el verdadero y único Pastor de su Pueblo Israel.

Frente a los falsos pastores, frente a los pastores que traicionan su vocación, frente a los dirigentes humanos de toda laya y época, frente a los ladrones y salteadores de su Pueblo: “Dios se erige como el “Defensor”, como el “Servidor”, como el “Padre único y misericordioso”, como el “Pastor que da su Vida” por sus ovejas. Aprendamos, pues, a escuchar su voz, a reconocer su voz en medio de otras voces, y a seguirla con decisión comprometida y con amor de donación.

 

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