DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA

(23 de abril de 2017)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

El pasado “Domingo primero de Pascua” o, simplemente, Domingo de Pascua, nos hemos fijado en el misterio de la Resurrección en sí mismo a partir del apóstol san Juan quien, con su testimonio de primera mano –“vio y creyó”- nos invita a acercarnos al sepulcro vacío con la mirada de la fe, instrumento divino indispensable para creer y para que ese “creer” sea vida eficaz en nosotros, los que creemos.

En el Bautismo, cuyas promesas hemos renovado en las liturgias de la Vigilia y del Día de la Pascua y que han sido hechas antes de recibir el Sacramento por los catecúmenos que iban a ser bautizados, hemos recibido esa Fe, don sobrenatural que nos otorga la nueva vida de Hijos de Dios y nos da la capacidad de entrar en la comprensión de los Misterios cristianos y en la vivencia de los mismos. Creer es un acto del entendimiento y tener la fe es un don de Dios.

He aquí la diferencia entre el camino -creer- y la vida a la que nos conduce ese camino -la Fe-. En toda la trayectoria somos llamados y acompañados por Dios, pero sólo al llegar a la meta tenemos la plenitud que es Su Vida, y esa Vida la recibimos en el Bautismo cuando comienza a actuar en nosotros la Vida Eterna.

Hoy cerramos la Octava de la Pascua con un evangelio que nos invita a llamarlo “Domingo de Tomás”; en el mismo leemos las dos apariciones del Resucitado, la del Día de la resurrección -el primer Domingo de la historia- y la del siguiente, “cuando estaba también Tomás con los demás discípulos”.

A este Domingo le llamamos también “in albis” debido a la antigua costumbre de llevar hasta ese día la vestidura blanca -alba- recibida en el Bautismos los neófitos, quienes seguían siendo instruidos todavía por un tiempo en los misterios de la Fe y en las prácticas de la piedad cristiana. El papa Juan Pablo II quiso llamarlo también “Domingo de la misericordia” inspirándose en la Oración Colecta de la Misa y deseando nos fijásemos en ese aspecto tan humano que nos llega al ser incorporados a Cristo quien, como Dios y en su infinita misericordia, se entregó a la muerte por nuestra Redención.

Las lecturas de hoy evocan a la vez la resurrección de Cristo, que se manifiesta a sus apóstoles (Juan 20, 19-31) y la vida de la comunidad de Fe, de Vida y de Oración en que resulta la Comunidad cristiana al día siguiente de Pentecostés (Hechos 2, 42-47) y que alcanza su plenitud en “la fracción del pan”, nombre propio de la Iglesia que celebra la Eucaristía y, propiamente, la Eucaristía misma. Por último san Pedro nos alienta en su primera carta a afianzar nuestras raíces en la fe y el amor como comunidad que exulta de gozo, aun en medio de las más duras pruebas. (I Pedro 1, 3-9). Es la Esperanza, virtud teologal, que nos habilita a perseverar con fortaleza en medio de las pruebas y sin perder de vista nuestra meta; a saber, Jesucristo y su Gloria.

 

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