PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

(5 de marzo de 2017)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

El pasado miércoles, al participar en la imposición de las cenizas, sacramental de la Iglesia que nos invita a la penitencia y a la conversión, comenzamos una nueva Cuaresma, tiempo de gracia y conversión. Tiempo de sacudir el sopor que el mundo vierte sobre nosotros con sus logros y frustraciones, con sus ambiciones y poderes; ambiciones y poderes esclavizantes si no consideran a Dios como el centro, el principio y el fin de todas las búsquedas, y al ser humano como destinatario del bien, la compasión y la justicia.

El camino de la cuaresma es paralelo a la historia de la salvación que hoy comienza a narrarse en la primera lectura (Genesis 2, 7-9; 3, 1-7) a partir del pecado de los primeros padres. -San Pablo se sirve de esos mismos motivos para hablarnos de la gracia que sobreabunda por encima del pecado (Romanos 5, 12-19) - Jesús, después de ser bautizado en el Jordán, mantuvo en el desierto un combate singular con Satanás (el Tentador) que representa las tentaciones que hubo de supercar durante toda su vida para ser fiel al Padre; (Mateo 4, 1-11); de este modo el Señor es modelo para el Cristiano que desea supercar el pecado y hace penitencia. Jesús imita también en su retiro de cuarenta días (modelo de nuestra Cuaresma) a los antiguos profetas Moises y Elías, como ahora hace la Iglesia siguiendo su ejemplo. - En el desierto el Pueblo de Israel sucumbió a las tentaciones, comprensibles desde el punto de vista humano, y en una experiencia original y única para cualquier pueblo; de todos modos probado en su fe y confianza en Dios, encontró duro el camino y, a pesar de las pruebas de la providencia divina, renegó de su Dios, pidió más pruebas de confianza y obtuvo el don de la perseverancia; pero no logró entrar en la Tierra Prometida.

Nosotros, que peregrinamos en la Tierra, también solemos pedirle a Dios pruebas de su amor. Pidamos en su lugar más fe y perseverancia en el amor. Confrontemos al Tentador con una sana desconfianza en nosotros mismos y con una confianza ilimitada en Cristo, que nos invita a seguirlo también en la prueba, y obtendremos la Victoria: SU VICTORIA.

 

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