TRUMP LA EMPRENDE CONTRA EL FRAUDE ELECTORAL

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

Sígame en: http://twitter.com/@AlfredoCepero

El verdadero problema que confronta el Presidente Trump para demostrar la veracidad de su afirmación es que el sistema electoral de los Estados Unidos está basado en la honestidad del votante en una sociedad donde se ha demostrado que la honestidad brilla por su ausencia.

La primera semana de Donald Trump en la Casa Blanca ha enloquecido a sus enemigos en la izquierda con más de una docena de decretos presidenciales encaminados a "drenar la ciénaga" y a enmendar los enredos que nos dejó en su ominosa "yihad" de ocho años el ideólogo Barack Obama. En total contraste con su predecesor, Trump es un presidente que, en vez limitarse a disfrutar de las prebendas del poder, trabaja hasta los fines de semana. En su última andanada de artillería ha concentrado sus cañones en el método pernicioso del fraude electoral que ha adulterado por años la voluntad popular de los norteamericanos expresada en las urnas.

En este breve análisis me propongo demostrar como los demócratas se han beneficiado del mismo mientras los republicanos, por razones que no puedo entender, han decidido ignorarlo. De hecho, cuando el Presidente Trump anunció la semana pasada que ordenaría una investigación profunda sobre un endémico fraude electoral, muchos republicanos la calificaron como una innecesaria pérdida de tiempo.

Pero, con la saña a que nos tiene acostumbrados, la prensa desprestigiada de la izquierda subió la parada. El defensor ancestral de la tiranía castrista, The New York Times, incurrió en la ignominia de decir que Donald Trump, el presidente de 300 millones de norteamericanos, era un "mentiroso". En el diccionario político norteamericano esa es una mala palabra que muy pocos políticos o medios de información se atreven a utilizar. Es más, ustedes se preguntarán si The New York Times se habría atrevido a calificar de mentiroso a Barack Obama. Un presidente que, para lograr la aprobación del desastroso "Obamacare", le mintió a su pueblo diciendo: "podrán mantener su médico y mantener su seguro de salud".

El mismo Obama que la semana pasada, durante una conferencia de prensa, dejó ver sus propósitos aviesos en futuras lides electorales cuando dijo que se proponía luchar contra las tarjetas de identificación de votantes. Ninguna prensa tuvo interés en destacar su afirmación y mucho menos señalar los propósitos ulteriores de la misma. Obama y los demócratas no quieren que se exija una identificación a los electores porque perderían el apoyo de los votantes fantasmas que se ha demostrado que votan en su mayoría por candidatos del Partido Demócrata.

En su conferencia de prensa, Obama dijo: "Los Estados Unidos son el único país entre las principales democracias del mundo que pone obstáculos a la habilidad de sus ciudadanos para ejercer voto". Como de costumbre, el Mesías mintió con la complicidad de una prensa que ha perdido toda credibilidad por su parcialidad ideológica. Inglaterra era la única de las principales democracias que no exigía un carnet de identificación y la semana pasada cambió de curso. Ante la repetición de fraudes recientes los ingleses han decidido implementar medidas drásticas de identificación de votantes.

El verdadero problema que confronta el Presidente Trump para demostrar la veracidad de su afirmación es que el sistema electoral de los Estados Unidos está basado en la honestidad del votante en una sociedad donde se ha demostrado que la honestidad brilla por su ausencia. Si el defraudador afirma ser ciudadano, el funcionario electoral lo acepta como verdad revelada. Además, si tomamos en cuenta que los muertos, los presos y los ciudadanos que han cambiado de domicilio no se enteran de que alguien ha usurpado su nombre en las urnas, como vamos a tener una idea del alcance del fraude electoral.

De todas maneras, existen pruebas fidedignas de que el fraude electoral es una realidad incuestionable en los Estados Unidos. El prestigioso Pew Research Center, en un estudio realizado en el 2012, reveló que la inscripción de uno de cada ocho votantes es incorrecta, que 2.8 millones de votantes están inscritos en más de un estado y que 1.8 millones de muertos todavía formaban parte de las listas de votantes en los Estados Unidos. En la mayoría de los centros de votación es extremadamente fácil votar usurpando la identidad de esas personas. Asimismo, un estudio realizado en el 2011 por las universidades de Old Dominion y de George Mason en Virginia, reveló que, en el 2008, el 6.4 por ciento de los residentes no ciudadanos de los Estados Unidos participaron en el proceso electoral como ciudadanos.

Ahora bien, el mayor daño existe en estados controlados por la izquierda como California. Un estado que proporciona licencias de conducir a residentes ilegales y que no se preocupa por verificar la ciudadanía en los centros de inscripción de votantes. Un ejemplo de lo que digo es que, en 1996, la retadora Loretta Sanchez derrotó al titular Bob Dornan en su aspiración al Congreso Federal por un margen inferior a los 1,000 votos. Una investigación posterior efectuada por el propio Congreso demostró que 624 de los votos habían sido emitidos por votantes que no eran ciudadanos, casi los suficiente para haber cambiado los resultados electorales.

Sin embargo, el caso más deplorable fue la elección del zurdo Al Franken como senador del estado de Minnesota en las elecciones generales de 2008. Al Franken superó al titular republicano Norm Coleman por el ínfimo margen de 314 votos. Su victoria permitió a los demócratas alcanzar los 60 votos necesarios para superar cualquier intento republicano de impedir la votación con la que fue aprobado el desastroso Obamacare. Unos meses más tarde, el grupo conservador Minnesota Majority efectuó un estudio del proceso electoral que arrojó como resultado que 1,099 delincuentes--todos ellos inelegibles como electores--había votado en la contienda entre Franken y Coleman. Acto seguido, la cadena televisiva Fox News efectuó entrevistas con diez de estos delincuentes en que nueve de ellos dijeron haber votado por Al Franken.

Estos ejemplos me parecen más que suficientes para demostrar a cualquier lector imparcial que los demócratas se han beneficiado de este sistema fraudulento por el último medio siglo, empezando con los fraudes en Illinois y Texas que hicieron posible el triunfo de Kennedy sobre Nixon en las elecciones de 1960. Por eso Barack Obama interpuso obstáculos en la investigación de estos fraudes por parte de los estados. Fue así como instruyó a los Departamentos de Justicia y de Seguridad Nacional a que resistieran cualquier esfuerzo de los estados encaminados a investigar el fraude. Y la lista más importante es la que contiene los nombres de 11 millones de individuos, la mayor parte de ellos ilegales, que han recibido números de identificación del Servicio de Rentas Internas para que puedan pagar sus impuestos.

Pero las cosas podrían cambiar si Donald Trump, como ha hecho en otras ocasiones, se enfrenta al establecimiento corrupto de Washington y exige un esclarecimiento de esta situación que amenaza la integridad de los procesos electorales y la majestad de la democracia americana. Tiene que seguir sacudiendo el árbol para que caigan los frutos podridos. Confieso que en el último mes se han multiplicado mis esperanzas de que este hombre, como él ha dicho hasta el cansancio, restaure la "grandeza de América".

1-30-17

La Nueva Nación es una publicación independiente cuyas metas son la defensa de la libertad, la preservación de la democracia y la promoción de la libre empresa. Visítenos en : http://www.lanuevanacion.com

SI NO DESEA SEGUIR RECIBIENDO LA NUEVA NACION, PINCHAR ABAJO

FAVOR DE BORRARME DE SU LISTA DE DIRECCIONES

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image