RELACIÓN ENTRE VÍCTIMAS Y VICTIMARIOS

Por Hugo J. Byrne

El delito hermana siempre al ejecutor con aquel que lo planea. En su novela más conocida, "El Padrino", Mario Puzzo describe al brutal "hit man" Luca Brassi como un personaje fanáticamente entregado a los designios criminales del "padrino", Vito Corleone. Aunque los caracteres ficticios de Puzzo siempre bordean la caricatura estereotipada de lo que conocemos a grandes rasgos como "la mafia", es indiscutible que la relación entre el responsable intelectual de un crimen y su ejecutor físico siempre es estrecha y profunda. Esta relación se desarrolla en todas las circunstancias, sin importar que las motivaciones del verdugo sean mercenarias, religiosas o políticas. Es el eslabón que une a Charles Manson con "su familia."

Los crímenes más espantosos cometidos en la historia de la humanidad, si los juzgamos por el número de sus víctimas, fueron perpetrados por el poder del estado durante los siglos XX y XIX. De acuerdo al muy prestigioso "Guiness Book of Records", el gobierno que se lleva la dudosa palma histórica de asesinatos en masa, es el de la llamada República Popular China, la misma que parece ser hoy mezquina "Meca" turística de mucha gente, incluyendo algunos "exiliados cubanos." Aún sin tener en cuenta las víctimas de la "Revolución Cultural" de finales de los años sesenta, el gobierno chino eliminó por lo menos más de cuarenta millones de los habitantes de ese país. El segundo lugar en este "control demográfico revolucionario" pertenece a la desaparecida Unión Soviética, con veinte millones de personas eliminadas. Aunque la mayoría de esas víctimas perecieron durante la era de Stalin, la maquinaria opresora que las ejecutó entró en funciones bajo el mandato de Vladimir Ylich Lenín. La Alemania de Hitler ocupa el tercer lugar, con algo menos de siete millones de asesinatos, incluyendo casi seis millones de judíos, a los que se agregan cientos de miles de gitanos y otros opositores. Existen pruebas documentales de la masacre religiosa de dos millones de cristianos armenios a manos de musulmanes turcos. La matanza de casi la mitad de la población de Cambodia durante el reino de terror del genocida comunista Pol Pot, es quizás en términos relativos, el peor crimen de la centuria. Por supuesto, Pol Pot no pudo ejecutar a tanta gente sin la cooperación de muchos otros criminales, del mismo modo que Castro no condujo personalmente cada ejecución de cada patriota en Cuba.

Al finalizar el siglo XIX miles de ancianos, mujeres y niños perecieron en los campamentos de concentración que el ejército de la Reina Victoria usara para sofocar la resistencia de los "Boers" en Suráfrica. Esos campamentos fueron copiados de los que se establecieron en Cuba entre 1896 y 1897 por el gobierno colonial español, produciendo la muerte de cientos de miles de cubanos, por desnutrición, falta de higiene y plagas.

Aquellos directamente responsables de estos crímenes, a menudo tenían una relación tenue con los autores intelectuales. Se sabe que Hitler nunca visitó un campo de exterminio. Sin embargo, con ciertas excepciones, los ejecutores directos se vieron en grandes dificultades una vez que sus mentores políticos mordieran el polvo. A las pocas horas de la muerte de Stalin, su verdugo favorito Beria recibió un merecidísimo plomo en la nuca. Aunque el notorio Dr. Joseph Mengele fue capaz de evadir el asedio de la justicia israelita hasta su muerte, la calidad del resto de su vida en continuo escape y sobresalto no fue ciertamente motivo de envidia. Su superior en la jerarquía nazi, Adolph Eichman, fue eventualmente capturado, juzgado y sometido a juicio en Tel Aviv. Condenado a muerte por sus crímenes contra la humanidad, terminó balanceándose al final de una cuerda. Cuando el cordón umbilical que los unía con los autores intelectuales fue cercenado, muchos verdugos perdieron sus posiciones y en muchos casos la cabeza.

Aunque no todos. Anticipando el despido que le esperaba bajo el gobierno presidido por Sagasta, Valeriano Weyler ("Patilla de Mono" para los cubanos), enterado del fin violento de su mentor Cánovas, decidió renunciar a la Capitanía General de Cuba. Regresando a España, Weyler escribió sus memorias a las que tituló "Mi Mando en Cuba" (las que muchos aludiendo a las insistentes acusaciones de corrupción, parodiaban como "Mamando en Cuba") y continuó siendo un factor en la política interna de ese país hasta su muerte, ocurrida muchos años después. En virtud de los acuerdos del Tratado de París, en el que arbitrariamente Cuba no estaba representada, las víctimas de Weyler se quedaron sin justicia.

Otro tanto ocurrió a principios de los 90 con los "enforcers" comunistas del este europeo, quizás con la excepción parcial de Rumanía (donde tanto Nicolae Ceausescu y su cómplice esposa, junto a varios de los más notorios verdugos de su régimen fueron pasados por las armas). Cuando el carcomido andamiaje de ese estado artificial que se llamaba "República Democrática Alemana" se vino al suelo, tanto el sumiso asesino y lacayo soviético Erich Honecker como sus perros, escaparon a la justicia de los hombres. Hoenecker se refugió en Chile, cortesía de su actual mandataria durante su primera presidencia. Así la gorda Bachelet, perra del difunto Fidel Castro, pagaba la hospitalidad brindada por el heredero de Walter Ulbricht, quien la protegiera de Augusto Pinochet.

Es obligación sagrada de los cubanos libres evitar que esa ignominia se repita en nuestra patria. Cuba no necesita venganzas ni revanchas estériles, pero tanto los tiranos y los verdugos como sus víctimas merecen justicia.

 

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