GARCÍA

Por Hugo J. Byrne

“Veloz como el relámpago y el viento,

de su pecho acallar quiso el latido

por no ser prisionero ni vencido

y evitarle a su vida ese tormento.

No exhaló ni una queja ni un lamento

viéndose ensangrentado y malherido;

¡y estaba triste por no haber podido

realizar su terrible pensamiento!

En virtud de su arrojo temerario

de la quietud del lecho se liberta

y en busca vuelve del fatal contrario.

Y ante ese frenesí que se despierta,

ante tanto valor… ¡es necesario

pasar con la cabeza descubierta!

Bonifacio Byrne

Hay algunos personajes históricos que estimulan gran curiosidad y atención y uno de ellos fue el holguinero Calixto García Íñiguez. García estaba lejos de ser perfecto. La perfección es una meta que se anhela y se procura con afán sin poder alcanzarse. Perseguidor impenitente de faldas, García procreó una numerosa descendencia silvestre. Sin embargo, existió por y para Cuba desde los diez y ocho años de edad hasta su muerte a los cincuenta y nueve, el once de diciembre de1898, hace exactamente ciento diez y ocho años. Su deceso ocurrió en la capital de Estados Unidos, cuando aún trabajaba incansablemente y contra toda esperanza, por los intereses de la patria libre.

Esta época rebosa de amarguras en un destierro devastado por los estragos del tiempo y harto dudoso ya de la naturaleza de los cubanos. Quizás recordar actos en la vida de uno de nuestros más abnegados próceres pueda, en una modesta medida, ayudar a reverdecer nuestra fe en el ideal patrio: ese es mi humilde propósito al escribir este trabajo.

Calixto García nació el cuatro de agosto de 1839. Desde muy joven demostró carácter y voluntad en todo cuanto se involucraba. Se desarrolló hasta alcanzar seis pies de estatura. Tenía una figura imponente para el promedio de su época. Cursó la primera y segunda enseñanzas en su nativo Holguín. Después estudió leyes en la Universidad de La Habana, pero no pudo terminar sus estudios al verse en la necesidad de regresar a Holguín para administrar las propiedades de su familia.

Al pronunciarse Céspedes en la “Demajagua” el 10 de octubre de 1868, García se une a los alzados de Donato Mármol en las estribaciones del río “Cautillo”. Se destaca en el combate durante la toma de Jiguaní, donde hace prisionero al Teniente Gobernador del pueblo. Aparentemente García heredaba la estirpe libertadora. Su abuelo paterno, Don Calixto García de Luna e Izquierdo, peleó con bravura junto a Bolívar en Carabobo, en 1821.

García casó con Isabel Vélez y Cabrera, con quien tuvo siete hijos y varios de los varones se alzaron con su padre en la guerra de 1895 a 1898. Destacado entre ellos, el General Carlos García Vélez. Hace muchos años y en la oportunidad de la campaña presidencial del desaparecido Senador Barry Goldwater, conocí a una de las nietas de García a través de su esposo, un amigo norteamericano llamado José Norman, quien hablaba correcto español. Norman era un patriota activista de la causa cubana libre y fuerte partidario del Partido Republicano. Mi amigo Norman pasó a la historia hace años.

Calixto García peleó heroicamente al frente de la tropa durante más de la mitad de la duración de la llamada Guerra de los Diez Años, hasta ser hecho prisionero de las fuerzas coloniales. Ese incidente lo marcó tanto física como sicológicamente por el resto de su vida. Separado momentáneamente del grueso de su tropa y sólo acompañado de su escolta personal, fue emboscado por las fuerzas coloniales.

Rodeado de los cadáveres de sus soldados y conminado a entregarse, García se decidió por la muerte antes que caer prisionero. Utilizando un revólver “single action” se dio un balazo debajo de la barbilla, apuntando el arma hacia arriba. Sin considerar mi opinión la de un experto en armas de fuego, disputo cuanto he leído sobre el calibre del arma usada por García en su malogrado intento de suicidio: he visto heridas de bala .45 y no creo posible que un plomo de ese calibre y en ese lugar, a boca de jarro, no le acarreara la muerte.

El plomo le salió justo en el medio de la frente y lo dejó inconsciente por horas. García sufrió severos y crónicos dolores de cabeza por el resto de su vida. Cuando las autoridades coloniales de Holguín informaron de su captura a la madre de García, esta contestó que el prisionero no podía ser su hijo. Sólo cuando después le dijeron que estaba mal herido e inconsciente como resultado de un intento de suicidio para evitar su captura, Lucía Íñiguez admitió su maternidad.

Calixto García permaneció en el presidio colonial hasta la firma del llamado “Pacto del Zanjón” terminando la larga primera guerra por la independencia de Cuba. Apenas pasó un año antes de que, uniendo fuerzas con el futuro Lugarteniente General Antonio Maceo, García se lanzara a la “Guerra Chiquita” en 1879. En 1880, sin los recursos necesarios para sostener la campaña, ambos guerreros abandonaron el esfuerzo.

Calixto García regresó a Cuba en 1896 para unirse a los insurrectos. En esa oportunidad acataba las órdenes del General Antonio Maceo, segundo al mando militar del Ejército Libertador y quien había sido su subordinado en 1868. A la caída de Maceo en Punta Brava, García lo substituyó. El holguinero se batió en la zona oriental Cuba con denuedo y con notable éxito. Cortaba con regularidad periódica la comunicación entre los centros de población, creando un sinfín de problemas para Santiago y, en consecuencia, La Habana y Madrid. A pesar de los esfuerzos de Weyler, la zafra era un fracaso y el comercio interurbano inexistente en la zona oriental de Cuba. Después de la muerte de Maceo, la propaganda peninsular se centraba en demostrar que la insurrección había fracasado y que las tropas españolas al mando de Weyler dominaban el suelo cubano. Sin embargo, la súbita muerte del Cánovas a manos de un anarquista italiano destapó la caja de Pandora en Madrid: Weyler renunció y el nuevo gabinete de Sagasta ordenó el cese de la cruel y fracasada “reconcentración”. Por otra parte, se hizo evidente que los insurrectos continuaban arruinando al último jirón del Imperio Español de América.

El viejo guerrero planeaba un golpe a la colonia donde más le doliera. Para ello contaba con un arma que hasta ese momento sólo había sido usada por el enemigo, pero sin efectividad por la naturaleza misma del conflicto de guerrilla y la topografía del terreno: artillería. Las columnas españolas de infantería arrastraban las piezas con caballos y por caminos establecidos, evitando la cercanía de maniguales o arboledas para prevenir las emboscadas insurrectas. Es fácil comprender por qué la artillería colonial resultó más impedimenta que arma de guerra.

Por el contrario, los insurrectos recibieron sus primeros cañones en 1897 y los transportaron sigilosamente y a cubierto de la maleza hacia la ciudad de Tunas (hoy capital de provincia por decreto castrista), la segunda plaza más defendida de la zona oriental después de Santiago y la tercera de Cuba.

El transporte marítimo y su uso en combate dependieron de otra arma sin la cual la independencia cubana nunca hubiera podido lograrse en esa época. Me refiero a la participación de nativos norteamericanos. Esa cooperación, en un principio mercenaria y después de carácter voluntario, se remontaba a la Guerra de los Diez Años, cuando fueran sumariamente ejecutados en Santiago el Capitán y varios tripulantes del “gun runner” Virginius.

En Las Tunas, de acuerdo a lo descrito por el Brigadier del Ejército Libertador Frederick Funston en sus memorias de guerra, había varios norteamericanos, todos oficiales. Los nombres: el Mayor “Winchester” Dana Osgood, famoso como jugador de “foot ball” de la Universidad de Cornell en Pennsylvania, el Capitán William Cox de Filadelfia, los tenientes Stuart S. Janney y Osmund Latrobe Jr, de Baltimore y James Devine de Texas. Además había un doctor en medicina, el Teniente Harry Danforth M. D., oriundo de Milwaukee.

Esos oficiales de artillería quienes probablemente ni hablaban español, estaban a las órdenes de Osgood (menos el Dr Danforth, quien servía como facultativo) y pasaron a ser dirigidos por el Mayor Funston, único con algún conocimiento para hacer funcionar una especie de catapulta de dinamita que había desembarcado junto a él del remolcador oceánico “Dauntless”. No muchos insurrectos arriesgaban acercarse al extraño artefacto.

Ante Las Tunas Calixto García contaba sólo con ese aparato y otra pieza convencional. Eso era el total de la “artillería” insurrecta para rendir la ciudad atrincherada. Funston era muy crítico de la cantidad exagerada de oficiales, problema no solamente de su unidad, sino de toda la tropa libertadora: casi más “jefes” que “indios”.

Sin embargo, los hechos probaron que Funston, soldado nato a pesar de carecer de experiencia bélica y su catapulta de dinamita fueron bien suficientes para rendir Tunas, la que capitulara incondicionalmente. Los insurrectos se apertrecharon de armas, parque y especialmente alimentos, los que escaseaban entre la tropa. El General Calixto García habiendo demostrado ampliamente la falsedad de la propaganda de Madrid, evacuó Tunas para seguir hostigando su entorno.

Los caóticos desembarcos norteamericanos en Siboney y Daiquirí probablemente hubieran terminado en desastre sin la cooperación y apoyo de las tropas del General García. Más tarde ese apoyo fue vital hostigando y demorando la columna de Escario. Ante la evidente incapacidad del elefantiásico General Ruffus Shafter, quien montaba sólo en mulos porque no existían caballos que resistieran sus casi cuatrocientas libras de incompetencia, el Secretario de Guerra Alger estuvo a punto de despedirlo varias veces.

De acuerdo a quienes lo conocían bien, Shafter era un barril ahíto de alcohol y asediado por la gota y otras dolencias. El único soldado competente en la alta oficialidad norteamericana en Cuba durante la campaña por Santiago era el ex general confederado Joseph (“fighting Joe”) Wheeler, quien aparece en una foto durante el conflicto, sentado junto a Shafter y el General Nelson Miles. A pesar de sus años Wheeler se veía en adecuada condición física, comparado al obeso Shafter. Miles era otro figurón, cuya hoja de servicios consistía en perseguir indios rebeldes y nada más.

Significativamente otros oficiales de rango intermedio iniciaron brillantes carreras en esa campaña, como el entonces Capitán John Pershing, futuro perseguidor de Pancho Villa y futuro Jefe del Ejército Expedicionario Norteamericano en Francia en 1918. Pershing comandaba en Santiago unidades compuestas sólo de negros hasta el rango de sargento (”Buffalo Soldiers”), por lo cual era conocido entre otros oficiales por el sobrenombre de “Black Jack”. Los Generales Funston y Perhing, tuvieron sus respectivos bautismos de fuego en Cuba. El primero llegó a Brigadier del Ejército Libertador y Pershing era Capitán en el Ejército de Estados Unidos.

Cuando las negociaciones para la capitulación de Santiago con el General español José Toral, Shafter mantuvo al General García ajeno a todo el proceso y cuando las tropas americanas entraran en Santiago, Shafter ordenó mantener al Ejército Libertador ausente de la ceremonia. Así pagaba el diablo. Esos vejámenes no fueron obra del Secretario Alger ni del Presidente McKinley, sino del gordo borrachín, caricatura de soldado.

Calixto García nunca cejó en sus esfuerzos por Cuba. Su valor a toda prueba no lo exhibía como una cualidad personal. No había orgullo vano ni soberbia en el viejo mambí. Dedicado a la causa cubana enfrentaba el peligro como quien gana el pan de cada día. El crudo invierno de Washington DC durante el mes de diciembre le causó una pulmonía que destruyó rápidamente su organismo tropical, sobreviviente a tanto sacrificio en la manigua cubana. Honor a su memoria.

 

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