LA GRAN BARRERA

Angélica Mora Beals

La muerte de Fidel Castro ha hecho aún más profunda la gran división del mundo, en la que militan por un lado los que defienden los conceptos de democracia de los pueblos y por el otro los que apoyan a los que reprimen esas libertades.

Es difícil entender, desde este otro lado de la gran barrera, a los que cantan loas al comandante muerto en un coro interminable desde que se supo su fallecimiento.

Mientras se puede, en parte comprender las interminables notas lacrimosas de la prensa oficialista, se hace dificil aceptar que haya quien aún trate de resaltar los logros del sangriento dictador hoy convertido en cenizas, descansando en el mausoleo del cementerio de Santa Ifigenia.

Bastaría con recordar sus crímenes, dirigidos bajo sus órdenes, que condujeron a millones de sus compatriotas a la cárcel, al paredón o el destierro.

Uno se detiene con perplejidad, frente al gran libro de la Historia cubana y no puede dejar de lamentar toda una revolución perdida. Fracasada por el delirio de un hombre que buscó el poder y la riqueza a costa de todo un pueblo, que creía en él y que resultó frustrado por varias generaciones en sus ansias de lograr una mejor vida.

Se oye, emergiendo por sobre el coro de las alabanzas, el lamento de los privados de libertad, de los golpeados y encerrados en tétricos calabozos, de una disidencia perseguida y de todo un pueblo frustrado en sus esperanzas.

Se contemplan las constantes huídas en masa de los que tratan de alcanzar sus sueños en la tierra que el régimen califica como el enemigo.

El hombre que engañó y dominó al pueblo cubano es solo un puñado de cenizas, pero el mito continúa de los que nunca abrieron los ojos ante sus crímenes y que prosiguen hoy ensalzando su memoria.

 

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