ETERNOS OPOSICIONISTAS

Por Hugo J. Byrne

No siempre la mayor esperanza culmina en éxito o viceversa. El soldado raso de la infantería del Ejército de Estados Unidos William Petty, aspirando a ser admitido en la unidad élite llamada “Rangers”, fue inicialmente rechazado por usar dentadura postiza. “Nada qué hacer”, le porfió el legendario Teniente coronel James Earl Rudder. “Admiro su deseo de servir como voluntario, pero necesita sus choppers para ser Ranger”. “A mí me pagan para matar krauts, no para comérmelos”, le contestó el aspirante. Petty fue admitido a la unidad de fuerzas especiales y en Point du Oc, durante el “día D”, Junio 6 de 1944, cumplió su promesa matando a más de 30 alemanes sin morderlos. Recibió la estrella de plata por su arrojo en combate.

Entender los cambios políticos requiere paciencia y nunca esperar una garantía absoluta de que todas las promesas electorales de los candidatos o partidos que apoyamos sean cumplidas a la perfección tras la victoria electoral. Esto no lo entendía cuando era un niño y me tomó algún tiempo deshacerme de esa inmadurez y aprender que nunca o casi nunca se obtiene todo cuanto se espera. La agenda política, tanto como los nombramientos del equipo ejecutivo dependen totalmente de la decisión del presidente electo. Algunos ya acusan a Trump de renegar de sus promesas y traicionar a sus partidarios.

Sentí una gran frustración cuando en las elecciones presidenciales en Cuba de 1948 ganara el candidato apoyado por la administración de Grau. Creí que el mundo se venía abajo. Si entonces hubiera tenido suficiente madurez política, hubiera sabido que, a pesar de los muchísimos pesares que enfrentaba la República, ésta se mantenía estable tras un proceso electoral obediente a la constitución. El Presidente electo, Carlos Prío, no era mi preferencia entonces, pero obtuvo el poder legalmente y fue nuestro último jefe de estado constitucional. Lo que más deploro de Prío, fue su evidente tibieza defendiendo la República.

Cuando se interrumpiera el proceso constitucional en 1952, “miré los toros desde la barrera” y mi actitud era más de indiferencia que de curiosidad. En el 48 tenía trece años cumplidos y en marzo del 52, diecisiete. Entonces me preocupaba sólo por la compañía femenina, lo que era siempre muy divertido. La madurez llega con los hijos y la sabiduría con la vejez.

Lo único que me impresionó en aquella mañana de marzo fue la inesperada reacción de mi padre. Uno de mis tíos trajo la noticia del aparente éxito del pronunciamiento de Batista en la Ciudad Militar de Columbia. Mi padre, quien era por lo general muy sereno, se molestó de manera evidente: “la República es víctima de una aventura irresponsable y las aventuras se sabe como empiezan, pero no como terminan. ¡Hemos retrocedido cien años! El resultado de esto es el probable secuestro del poder por los comunistas”. Estaba rojo de la indignación y yo no entendía entonces por qué.

Armado ahora de esa experiencia regreso a nuestro predicamento de hoy, después de la inesperada victoria de Trump, a quien algunos apostadores le concedían menos de 10% de posibilidades de triunfo. Ahora parece que muchos en la llamada prensa de “main stream”, más que nunca de espaldas a la realidad, se sienten como si ya “el Donald” hubiera tomado posesión de la presidencia y lo continúan zarandeando.

Mi sobrio análisis sobre Trump lo hice en inglés hace bastante tiempo en un artículo de cuando aún se encontraba en medio de la lucha por la nominación y de los muy controvertidos debates con el resto de sus contrincantes republicanos. Entonces escribí que había discutido su candidatura con una persona avispada. Ella me dijo que en su opinión Trump podía tener éxito a la cabeza de Estados Unidos si se rodeaba de la gente adecuada. Le dije que había un elemento de demagogia en su campaña que hacía esa posibilidad improbable y que no creía que Trump era muy dado a escuchar.

Agregué sin embargo, que algunas veces las decisiones drásticas y unilaterales pueden ser las correctas. En ocasiones no hay alternativa, aunque por lo general ese escenario no es frecuente. Cité como ejemplo a los dos mejores soldados, en mi criterio, en la historia de Estados Unidos.

Los generales que ganaron la Guerra Civil tenían mucho en común. El jefe era Ulysses Grant y el subordinado William T. Sherman. Reconociendo el talento indiscutible de “Uncle Billy”, Grant aprobaba todas sus iniciativas. Eso, a pesar de que Sherman era un neurótico depresivo. Grant, por su parte, era muy asiduo al trago "duro". ¿Tiene sentido que un jefe militar siga al pie de la letra el consejo estratégico de un loco? ¿Debe un general confiar totalmente de un superior alcohólico, aunque siempre éste coincida con sus ideas? A pesar de sus muy humanos defectos, ambos eran brillantes estrategas. El resultado de sus campañas fue una victoria aplastante para La Unión y nadie en sus cabales cuestiona a posteriori los métodos del vencedor.

Sin embargo, ambos tuvieron la ventaja de contar con el talento político de un gran estadista quien tenía la última palabra y autoridad sobre ellos. El supremo líder era un presidente siempre dispuesto a escuchar consejo responsable. Haciendo eso Abraham Lincoln mantuvo intacta la Unión Americana.

Traducido del idioma inglés, menos una caricatura que hice de Trump en una servilleta de papel, eso fue todo lo que publiqué sobre su candidatura en esa ocasión. Desde entonces Trump no ha hecho otra cosa que complacer mi criterio en casi todo. En especial derrotando a Clinton. Nunca lo ensalcé durante la campaña y me limité a denunciar la debacle que hubiera sido la elección de Clinton. Al final le di mi voto, aunque sólo simbólicamente, pues vivo en la “República Democrática de California” y aquí gana la presidencia hasta el “Bobo de Batabanó” si se postula en la boleta demócrata.

La oposición a Trump continúa sin abatimiento en todos los frentes. Lo que no tiene el menor sentido es que ahora no sólo surge entre los damnificados demócratas y sus incondicionales de la prensa políticamente correcta, sempiternos llorones. Ahora también ciertos partidarios lo acusan de traición.

En el momento en que escribo estas líneas estoy en un 80% satisfecho con los escogidos por Trump para su gabinete. Hubiera preferido al congresista y antiguo fiscal Trey Gowdy como “Attorney General” en vez de Sessions y hubiera deseado que desmantelara muchas quintas ruedas del carro como los Departamentos de Energía y Educación, costosos e innecesarios mastodontes burocráticos federales contribuyendo a la deuda nacional. En cuanto al “Environmental Protection Agency”, no abogo por su eliminación, pero sí por una intensa desmochada. Hay cambios climáticos continuos y algunos de ellos quizás sean creados por el hombre.

Lo que no se ha probado científicamente es que el llamado “calentamiento global” sea producto de la actividad humana, ¿Calentamiento? Ayer nevó profusamente en Hawái, por la única vez en mi memoria. No me gustaría que Trump le ofreciera la Secretaría de Estado a Romney, pues hay otros candidatos infinitamente superiores, como el Embajador Bolton, por ejemplo. Ahora bien, que Trump hable o no con el ex gobernador, me importa un bledo.

El político auténtico Primitivo Rodríguez, fue recientemente mencionado por Roberto Luque Escalona en su muy leída columna. Primitivo, a quien muchos desafectos llamaban “Vomitivo”, se caracterizaba por usar un lenguaje rebuscado y raro que forzaba a muchos radio escuchas y lectores a buscar su definición en el “mataburros” (entonces no había Google). Le gustaba usar frases insultantes, pero poco usuales. Por ejemplo: “Los oposicionistas son batracios que se revuelcan en la charca inmunda” o “fulano, quien es un esputo sanguinolento,…” etc.

Sin embargo, aunque no estoy cien por ciento seguro de ello, creo que fue Primitivo quien acuñó la frase “oposicionistas consuetudinarios”. Estos existen y abundan, no caben dudas.

Resumiendo este mensaje, hay que tener en cuenta que Trump no será inaugurado como presidente hasta el 20 de enero del 17. Su agenda de gobierno sólo debía analizarse a partir de esa fecha y nunca antes. La pirueta financiera que realizara con la compañía Carrier, para mantener abierta una planta electrónica en Estados Unidos, fue una brillante jugada política demostrando que toma en serio su promesa de salvar empleos.

Sin embargo, la negociación de Trump con Carrier fue también, simple y llanamente, “crony capitalism”. Carrier obtuvo una promesa formal de reducción de impuestos por diez años, a cambio de mantener su producción en el patio. Me regocijo por los más de mil empleos que permanecerán en América, pero de esa forma Trump nunca resolverá los problemas del estado ni reducirá la deuda nacional. Esperemos pacientemente por su inauguración.

 

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