"LA ENCARNACIÓN DEL HIJO DE DIOS"

(CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO - 18 de diciembre de 2016)

Padre Joaquín Rodríguez

Mis queridos hermanos:

En este domingo, que precede a la Navidad, las tres lecturas nos llevan a descubrir en Jesús a Aquel que había de colmar la expectación de la humanidad en el tiempo. El "aire de la espera" se respira en toda la liturgia de este cuarto domingo de Adviento. Orientado por entero a la Natividad de Jesús, los tres formularios de lecturas arrojan abundante luz sobre este acontecimiento único en la historia humana. María, la madre de Jesús, se destaca hoy por encima de todas las figuras del Adviento que hemos seguido y escuchado durante este tiempo de gracia sin igual; ella es la "virgen que esperó con singular amor"; en ella la espera de siglos cobra su más pura expresión, puesto que María sobresale entre los "humildes y pobres" del Señor; ella representa a todo su Pueblo y en ella comienza y se realiza el "nuevo Israel".

San Mateo, en el relato del anuncio hecho a José (Mt. 1, 18-24), hace notar el detalle de que el nacimiento de Jesús llevará a cumplimiento la profecía de Isaías concerniente al "Emmanuel" (Is. 7, 10-14): El hijo de la Virgen María es "Dios con nosotros". De conformidad con el nombre que se le impondrá (Jesús), es "Dios que salva". San Pablo, que contempló a Cristo resucitado, hace hincapié en que es "Dios hecho hombre": el Hijo de Dios, "nacido, según lo humano, de la estirpe de David" (Rom. 1, 1-7).

Este domingo, en particular, el Evangelista del año; San Mateo, nos guía en un acercamiento único a la infancia de Jesús, presentándonos una mirada muy cercana e íntima a la figura de José, el "padre según la Ley"; como nos lo muestra Lucas en su "Genealogía" de Jesús, que este evangelista nos entrega al comienzo de la vida pública de Jesús, y donde nos dice: "Este era Jesús, que al empezar tenía treinta años, y se pensaba que era hijo de José..."

En la persona de San José encontramos un camino privilegiado para adentrarnos en el misterio de la Navidad. José es, en cierto modo, la personificación del desinterés. Toda su vida está dedicada a los otros y no a sí mismo. Y esa es su vocación, no se centra en sí mismo ante la gravidez de María, mantiene la calma en medio de las dudas e inquietudes de lo nuevo y desconocido de un "plan divino" inédito para sus conceptos y las expectativas de su Pueblo de acuerdo a las "promesas de Dios". José renuncia a la persona que más quiere y a sí mismo y es, entonces, que está dispuesto a sumergirse en el misterio divino, asumiendo su papel con naturalidad y humildad; con un amor mayor, casto, de donación.

Al acercarnos este año al "pesebre" a contemplar el "misterio" del nacimiento, dejémonos guiar por san José, el mejor guía, y el único que puede presentarnos con propiedad a su esposa María y a su "hijo" Jesús. En la Encarnación, el Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza humana. El "Dios humanado": ésa es la novedad y la grandeza que celebramos y a cuya comprensión en la fe, este hombre único en la Historia de la Salvación, sólo él, nos puede conducir. Pidamos todos adquirir las virtudes de San José; virtudes de mansedumbre y fortaleza, contemplación y decisión valiente, generosidad sin límites y pureza a todo trance por haber hecho de Dios, como María, su único tesoro, su única luz.

 

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