POR QUÉ VOTÉ POR TRUMP

Por Hugo J. Byrne

¿Cuándo decidí votar por Donald Trump y por qué? California es un estado de un solo partido, y aquí es donde voto, en la “República Popular” de California y desde hace muchísimos años. Todos saben que espero muy poco de Trump. Vivo en un territorio cuasi socialista, donde la ley es papel mojado. Sacramento hace barbaridades con la colaboración abyecta y sumisa de un electorado ignorante y corrupto.

En la primaria voté por el Senador Cruz como “write-in” (columna en blanco), lo que nunca había hecho antes. No me importó que Cruz ya hubiera suspendido su campaña. Para mi sorpresa esa opción no existe en la boleta para la elección general de California ¿Cuándo, cómo y por qué la sacaron? ¿Acaso nunca existió? Confieso mi ignorancia.

Más que las teorías, las arengas y las diatribas, lo que decidió mi voto fue la actitud de quienes siempre intentan imponer su criterio. En Los Ángeles, la “Coalición Latina a favor de Trump” celebró un acto en el parque “Sycamore” de esa localidad. El representante del grupo bilingüe y maestro de ceremonias en la reunión, fue mi sobrino Víctor Blanco Jr., hijo de mi difunto cuñado Víctor Blanco. Víctor Blanco Sr. ocupó una posición similar a esa durante la campaña presidencial de Reagan en 1980. Víctor Jr. nos invitó a la reunión y asistimos.

El acto se celebró con la concurrencia entusiasta de más de doscientas personas, a pesar ocurrir en un día muy nublado y lluvioso, Por la tribuna pasaron muchos veteranos de las fuerzas armadas, personalidades locales, músicos y otros artistas. La inesperada presencia de minorías fue impresionante, tanto entre el público asistente como entre los oradores.

Nada de eso me ayudó a decidir mi voto por Trump. Sin embargo, cuando faltaban menos de veinte minutos para terminar el programa se apareció un grupo de apenas doce a quince manifestantes con cartelones a favor de los extranjeros ilegales y una enorme bandera mejicana. Trataron sin éxito de interrumpir a los oradores en medio de sus presentaciones, pero sólo lograron distraer la atención del público asistente por dos minutos o menos. Una muchacha con el puño en alto y una pancarta trató de dirigirse al estrado. Una joven de la Coalición le arrebató el cartel, rompiéndolo.

Por breves instantes me retrotraje a los años sesenta. Sólo cuando me puse de pie con cierta dificultad me percaté de que el tiempo ha pasado. Caminé hacia esa gente, no para buscar camorra, sino porque estaban en la misma dirección del estacionamiento de mi carro. Iba cargando las dos sillas plegables sobre los hombros. Creo que no les gustó mi expresión y abrieron brecha enseguida.

Mi voto será solamente simbólico en la “República socialista de California”. Pero algunos se enterarán por este medio. Si Stalin resucitara y fuera candidato demócrata a cualquier posición electiva, ganaría en California sin problemas.

El voto es secreto y voluntario en Estados Unidos y así debe ser en toda sociedad que aspire a mantener un sistema de libertad individual y política. No puede existir un estado de derecho sin una forma pacífica de escoger gobernantes y el único método conocido para alcanzar eso es el voto, cuando está regulado por una ley fundamental que defina los límites del poder político.

Tengo muchas reservas con el sufragio cuando es universal. No creo que todos seamos iguales y, aunque la igualdad ante la ley debe ser estrictamente respetada, estoy seguro de que no todos estamos capacitados para elegir representativos que puedan a un mismo tiempo mantener nuestros derechos, obedecer estrictamente nuestras leyes y proteger nuestros intereses, ya sea en Washington D.C., Sacramento, o Pasadena.

En una época había aquí limitaciones al voto, pero basadas en nociones irracionales e injustas. Sólo los poseedores de propiedad podían ejercitar ese derecho, provisto que fueran hombres. Las mujeres, pobres o ricas, podrían quizás ejercer otros derechos, pero no votar. ¿Tiene sentido eso? Individuos carentes de propiedad el día de las elecciones, pero bien capaces de adquirirlas en breve tiempo de trabajo fecundo e inteligente, no tenían derecho al voto. Quien lo dude que consulte nuestra historia.

Ahora bien, ¿no puede hacerse algo con el propósito de ayudar al votante con un mínimo de información no partidista? Un ignorante tiene el mismo derecho al voto que un sabio. ¿Es acaso posible medir la sabiduría objetivamente? No lo creo.

Lo que sí creo es que las nociones que aprendí en la enseñanza primaria de Cuba a través de una asignatura llamada “Instrucción Moral y Cívica”, me ayudaron a establecer principios de ética. Cuando mis hijos y sobrinos llegaran a edad escolar aquí, para mi gran sorpresa no encontré nada parecido a eso en sus currículos. Irónicamente las bases didácticas de ese aprendizaje fueron establecidas en Cuba durante la primera intervención americana. La instrucción pública cubana se inició con la administración del General Leonard Wood y fue de gran calidad por lo menos hasta 1959.

El único curso aparentemente similar que supe existía en ese tiempo aquí era uno llamado “Government”. Muy brevemente definía la separación de poderes, sus atribuciones y la composición del estado. Punto.

Otro aprendizaje que se extingue sin remedio es el de la historia. Desde que los izquierdistas radicales dominan los claustros universitarios y en especial las facultades de humanidades, han inundado sus currículos con falsedades históricas, dañando la educación de nuestros hijos para asegurar su insidioso poder sobre ellos.

 

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