TRIGESIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(13 de noviembre de 2016)

Padre Joaquín Rodríguez

Queridos hermanos: Nos acercamos al final del Año Litúrgico y recordamos la segunda venida de Cristo; la primera ocurrió en nuestra propia "carne", nuestra naturaleza humana, cuya venida celebraremos de nuevo en la Navidad; la segunda venida será en "gloria" y completará el cumplimiento de las "promesas del Señor". Así, junto a toda la Iglesia permanecemos en la "espera orante" de su retorno.

A pesar de la brillantez de la entrada de Jesús en Jerusalén, el presagio de la Pasión ya cercana oscureció los últimos días del Maestro en la Ciudad Santa. Jesús aprovecha esos últimos días con sus discípulos para instruirlos acerca de la próxima destrucción del Templo y la Ciudad, así como sobre las persecuciones que acompañarían al nacimiento de la Iglesia, teniendo como perspectiva última el final de los tiempos (Lucas 21, 5-19). El "día del Señor" grande y terrible que anunciaron los últimos profetas anteriores a Cristo (Malaquías 3, 19-20a). - En su segunda carta a los fieles de Tesalónica (II Tes. 3, 7-12) san Pablo critica a los que viven sin trabajar, a costa de los demás, con la excusa de esperar la venida del Señor; el ejemplo del apóstol, viviendo de su trabajo manual, debe enseñarles a mantenerse vigilantes pero con serenidad y laboriosidad. -Como vemos, el trabajo es para el cristiano, no sólo un medio para ganar el sustento, sino un verdadero componente de su espiritualidad mientras dura su peregrinar hacia la plenitud del Reino, hacia el Cielo.-

Jesús no engañó a su Iglesia, presentándole un cuadro rosado o idealizado; sino que, expresamente, le dio a entender que su historia sería larga y estaría llena de dificultades y de luchas. Nada más alejado del triunfalismo en que, con tanta frecuencia, caemos los hombres en las cosas de este mundo, y en el que también como Iglesia hemos caído tantas veces; triunfalismo que atrae, sin dudas, y que muchas veces es para muchos el único rostro que ven de la Iglesia; para otros es el único rostro que buscan y desean ver.

El evangelio de hoy contiene una llamada a vivir continuamente fiados de la providencia de Dios. También más allá del anuncio del acontecimiento histórico del final del templo y la ciudad de Jerusalén (Jesús dice que no quedará nada) encontramos un toque de alerta a no quedarnos en la belleza de las obras humanas, incluso de las que podemos llamar santas, sino de elevar continuamente la mirada a Dios. Es El quien guía la historia; es su amor el que continuamente nos salva y las obras de santidad ha de suscitar en nosotros la nostalgia del encuentro con él.

Por último, Jesús nos invita y urge a la perseverancia. Perseverancia en la fe, que se manifiesta en las obras. Esas obras son el resultado del amor, señal y don de Dios en nuestras vidas. Y persisten en la constancia que sólo la esperanza produce en el creyente. Así lo tenemos todo; así tenemos a Dios y las virtudes producidas en nosotros por su presencia y acción salvíficas: La FE, la ESPERANZA y el AMOR.

 

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