VIGESIMO NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

(16 de octubre de 2016)

Padre Joaquín Rodríguez

Queridos hermanos:

En la primera lectura de este domingo (Exodo 17, 8-13) vemos como la oración perseverante de Moisés obtiene la victoria para su pueblo Israel. De modo semejante nos recomienda Jesús en el evangelio (Lucas 18, 1-8) que oremos con insistencia y sin desanimarnos. Pero conviene que pongamos atención en la pregunta: "Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?"

Por otra parte, San Pablo manda a Timoteo (Tim. 3, 14-4, 2) que nutra su fe con la lectura de las Escrituras. Esta exhortación del Apóstol a su discípulo e hijo espiritual, consagrado como líder de la Comunidad eclesial a proclamar la Palabra de Dios, nos toca siempre a los cristianos en todo tiempo y lugar, y nos recuerda la importancia de conocer bien y en profundidad las Sagradas Escrituras.

No basta con tener una Biblia en un librero o sobre la mesa de noche, hay que leerla, orar con ella y estudiarla constantemente para que, al menos, si en algo somos expertos, sea en la Palabra de Dios. En ella está la raiz y la base de nuestra fe; por ella Dios nos habla cada día; toda la doctrina de la Iglesia resumida en el Credo y explicada en el Catecismo la tiene como punto de partida; y toda la Liturgia de la Iglesia, su oración pública y privada y la celebración de los sacramentos están impregnados de sus palabras y enseñanzas y son, en muchas maneras, "Palabra de Dios", contenida y preservada como un tesoro en la Biblia.

Por otra parte, hoy volvemos a encontrar el tema de la fe, fe que es el punto de partida de la oración y que, como el oxígeno en la combustión, tiene que estar presente en todo lo que tiene que ver con Dios y con la vida del espíritu.

Jesús quiere enseñarnos hoy, por ese medio tan pedagógico que es el género de las parábolas, que la oración tiene que ser perseverante. Nosotros solemos buscar siempre que la oración sea eficaz, dándole a esa meta un cierto carácter mágico; pero la oración verdadera, la oración cristiana nunca pretende la "eficacia mágica" que muchos andan buscando por tantos caminos; sin embargo, sí buscamos una eficacia en el sentido de la conversión nuestra en orden a dejarnos transformar por Aquel a quien nos dirigimos en nuestra oración.

Porque Dios, que suscita en nosotros la plegaria, es la meta de la misma y (como solemos expresar en el lenguaje moderno) "interactúa" con nosotros en la oración. -También nos enseña la parábola de la viuda y el juez injusto que la justicia tiene que estar presente en la petición, ya que Dios, a quien va dirigida, sí es justo y no puede conceder nada que no lo sea, ni para nosotros ni para el prójimo. Pero Dios, el JUSTO JUEZ, desea que le pidamos y nos escucha, no ya como juez, sino como "PADRE BONDADOSO Y MISERICORDIOSO".

En este mundo, muchos no temen a Dios y, menos, a los hombres. Pero Dios existe y nos juzgará a todos por nuestras obras y acciones; también por nuestras intenciones al actuar. Entonces, cuando vuelva Jesús "para juzgar a vivos y muertos", ¿encontrará Fe en la tierra? En gran medida eso depende de nosotros. ¿Estamos haciendo nuestra parte para que la encuentre?

 

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