LA LEGIÓN DE LOS CORNUDOS

Por Hugo J. Byrne

Tenía la intención de utilizar un poema satírico de Francisco de Quevedo como preámbulo a este artículo, pero me arrepentí por dos razones. Una es que muchos sólo conocen a Quevedo por todas las historias falsas sobre él. La más importante es que de los dos libros de poesías de Quevedo en mi posesión, el que buscaba está sepultado (junto a la cuarta parte de todos mis libros), dentro del closet de la entrada, debajo de varias arrobas de otras muchas cosas que se necesitan con mayor frecuencia.

El tema de la tarramenta se ha puesto muy de moda con la candidatura presidencial de la ex Secretaria de Estado Hillary Clinton. Aunque en su caso se trataría de una “cornuda”, palabra que escribo entre comillas para que no sea confundida con una especie extraña de tiburón, que en el idioma español es también conocido por pez martillo. Por coincidencia sospechosa, la cornuda se considera entre de los escualos más agresivos y peligrosos. Entre pescadores y gente de mar la saña y agresividad de la cornuda es legendaria.

No cabe duda que la señora Clinton no es de fiar, a pesar de lo cual mantiene la posibilidad de ser electa Presidenta de acuerdo a las mismas encuestas que proclaman que la gran mayoría de los encuestados la consideran deshonesta. De lo que se desprende que para mucha gente en este país la corrupción no descalifica. Y eso también se llama corrupción.

Sin embargo, utilizo a Clinton como ejemplo sólo por conveniencia. Aunque parezca increíble a los lectores, estas notas no son de índole política y se refieren más bien a la muy avanzada descomposición moral y ética de la sociedad americana. Este tema es eminentemente sociológico.

Escribiendo sobre ética hago patente que no fui santo y en consecuencia no tiro la primera piedra. Peor podría decirse del famoso compositor Franz Liszt, quien en su juventud fue increíblemente mujeriego y en su vejez decidió tomar los hábitos. Cuando su hija decidiera casarse con el genial compositor, pero notorio degenerado Richard Wagner, Liszt bombardeaba a Wagner con discursos sobre moral. Hay una caricatura famosa en la que Liszt aparece vestido como sacerdote, gritándole a su yerno y apuntándolo con un índice acusador. Wagner sentado al piano, muestra expresión de gran sufrimiento, mientras se tapa ambos oídos con las manos.

Otro tanto podría decirse sobre Quevedo. El de las gafas era violento e impulsivo. De acuerdo a su más conocido rival, el sacerdote Góngora, su apellido no era Quevedo, sino “¿Qué bebo?” Más que el alcohol, su propia impulsividad lo perdió. Quevedo forzó a un duelo y mató en el acto a un hombre que abofeteaba a una feligresa dentro de una iglesia. Esa incapacidad de contener su furia lo perdió: el difunto tenía influencias en la Corte. Quevedo fue condenado al destierro y por ello perdió salud y bienes.

A pesar de lo cual, Francisco de Quevedo fue un moralista. El más importante de su tiempo. Criticó lo que consideraba malas costumbres colectivas. Fustigó y ridiculizó algunos pasatiempos nacionales como las corridas de toros. Creo que en esos temas perdió su tiempo. Se oponía fieramente al caudillismo, tan tradicional en la política española.

Exponer y acusar las malas costumbres colectivas es lícito, aunque individualmente todos seamos pecadores. La primera manifestación del desmoronamiento colectivo que observé en América estuvo también relacionada con el nombre Clinton. Esta vez no con Hillary, sino con su esposo, William Jefferson Clinton, quien fuera electo presidente en 1992 gracias a la candidatura presidencial de Ross Perot. En esto no cabe la menor duda.

En 1994 la popularidad de Clinton estaba en el suelo y la oposición republicana tomó, por la primera vez en varios años, el control del congreso. Fue después de ese evento que se produjo la colaboración entre el Vocero de la Cámara Newt Gingrich y Clinton: se balanceó el presupuesto por la última vez, se crearon millones de trabajos y la popularidad del sonriente bribón de Arkansas creció como la espuma.

Después vino el “affaire” con la Lewinsky, el que no hubiera pasado de un escándalo menor, de no haber sido por el perjurio de Clinton al pueblo americano. Eso no hizo que la mayoría de los votantes lo rechazara. Por el contrario, fue reelecto. No por una mayoría absoluta de votantes quizás, pero por una indiscutible mayoría de votos electorales. Esto, a pesar de que fuera destituido por la Cámara: si permaneció en la presidencia fue sólo por el voto del Senado, donde su partido tenía una mayoría abundante. Eran necesarias las dos terceras partes del Senado en su contra para que fuera separado de la presidencia.

Clinton fue deshonesto con todos los votantes, no solamente con su esposa. Si tenemos en cuenta su juramento de investidura presidencial, fue tan infiel con Hillary como con el resto de nosotros. Todo el resto.

Las damas que acusaron a Clinton de acoso sexual y aquellas que confesaron sus relaciones ilícitas con él, como Jenniffer Flowers, no fueron pocas. A diferencia de Bill Clinton, el magnate de comunicaciones Roger Ailes y el comediante Bill Cosby, están encarando muchas indiscutibles dificultades. El poder político no es omnipotente, pero llega mucho más lejos que el poder económico.

En Cuba, acceder a ese poder era un acto conocido vulgarmente como “entrarle al jamón”. La comparación era brutal, pero correcta. Los Castro “entraron al jamón” en la cresta de la violencia y el terror. Entraron de lleno, aupados por quienes tenían vocación de esclavos y por otros muchos, quienes sólo se llamaron a engaño. Al final, estos últimos, abandonados a su triste suerte, encararon una batalla desigual, que culminara en la muerte, la prisión política o el destierro. ¿Estamos expuestos a ese destino cruel en la tierra de los libres y el hogar de los bravos?

Ahora bien, existe una diferencia fundamental entre ser cornudo y conformarse a esa condición. El cornudo es una víctima… sólo hasta que se acostumbra. A partir de ese momento deja de ser sólo cornudo, para convertirse en consentidor. ¿Son consentidores todos aquellos quienes votaron por Clinton en su reelección? Los lectores tienen la palabra.

 

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