EL MITO DE LA IGUALDAD

Por Hugo J. Byrne

José Azel es un intelectual exiliado de Cuba desde 1961, a los trece años de edad y a través de la Operación Pedro Pan. El Dr. Azel es autor, periodista, poeta y fotógrafo profesional. Tiene en su haber académico doctorados y maestrías. Pero mucho más importante que todas sus credenciales profesionales, académicas y literarias es, en mi criterio, la virtud de una excepcional habilidad analítica. No conozco al Dr. Azel en persona, pero está entre mis contactos del internet.

Su reciente ensayo “Fleeing Equality” (“Huyendo de la igualdad”), sobre las poderosas razones que obligan a los cubanos a huir de su país, me sugirió escribir estos apuntes sobre un tema que siempre me ha interesado y preocupado. ¿Puede alcanzarse la igualdad social y económica? ¿Es esa igualdad un objetivo deseable? Mi respuesta para ambas preguntas es no. La igualdad social es imposible de alcanzar: simplemente una quimera. Nacemos diferentes y nos desarrollamos más diferentes aún, no importa el medio ambiente en que vivamos.

Alejandro de Macedonia, conocido por el “Magno” era sin dudas un individuo superdotado. Este alumno de Aristóteles durante su muy corta vida (murió a los 32 años), conquistó más territorios y derrotó más ejércitos que todos los guerreros que le antecedieran, combinados. Alejandro era también un estudioso de todo cuanto podía representar conocimiento para su tiempo: hablaba y escribía varias lenguas y leía a Homero.

Sin embargo, de acuerdo a varios historiadores, aparentemente encontró la horma de su zapato en un filósofo cínico llamado Diógenes de Sinope. Diógenes, era un desamparado indigente y zarrapastroso, quien de acuerdo a Plutarco y otros muchos historiadores, despreciaba las riquezas, el honor y el respeto. Algo así como un “hippy” de su tiempo.

Caminaba en pleno día con una lámpara encendida y cuando le preguntaban sobre esa extraña conducta contestaba que estaba “buscando a un hombre”. Dormía en un barril y aparentemente mal vivía, me imagino que de la caridad ajena. Lo que me hace sospechar que su desprecio a las riquezas quizás tenía algunos límites: no creo que rechazara algún “freebie” a causa de su origen.

Del encuentro entre Alejandro y Diógenes hay tantas versiones como historiadores, pero de acuerdo a Plutarco sucedió a instancias del primero. El Magno visitó a Diógenes ante su “vivienda”. De cómo discurrió la conversación, la mayoría coincide en que Alejandro le preguntó a Diógenes qué podía hacer por él. El cínico estaba sentado delante de su barril y Alejandro de pie ante él. La respuesta de Diógenes fue que Alejandro se moviera, porque su sombra lo privaba del sol. También se dice que después del encuentro, Alejandro declaró que si él no fuera quien era, le gustaría ser Diógenes.

Esta anécdota, de ser cierta, sugeriría una igualdad relativa entre individuos. Igualdad que puede incluso trascender la condición social y económica de cada uno: Diógenes era un pordiosero y Alejandro un caudillo conquistador.

A pesar de lo cual, la igualdad social y económica en cualquier conglomerado humano sólo se obtiene mediante imposición. Y aún esa igualdad forzada es falsa, pues necesita de dos grupos socioeconómicos: los que disponen y los que obedecen. Estos dos grupos nunca podrían tener intereses comunes y el primero (por necesidad, totalitario) siempre sería físicamente superior al otro, al que explotaría y dominaría sin remedio.

Este axioma se ha probado repetidamente en la historia contemporánea en cada oportunidad en que el colectivismo se ha experimentado en la práctica, con resultados evidentemente desastrosos. El “Estado protector” ha fracasado en todo siempre, pero de la manera más espectacular ha fracasado en lograr igualdad.

Irónicamente, ninguno de los pioneros del socialismo era proletario. Todos eran o miembros activos de la sociedad capitalista, o dependían de ella para subsistir. El socialismo contemporáneo, retoño de la Revolución Francesa, tuvo sus primeros proponentes en Henri Saint-Simón y Charles Fourier. Saint-Simón era el prototipo de lo que los totalitarios llaman hoy “pequeño burgués”. Sin embargo, la fortuna que hiciera en bienes raíces, décadas después de la revolución, nada tenía de pequeña. El especulador Saint-Simón era sañudo enemigo de la libertad individual y creía posible un gobierno del mundo bajo la dirección incontestable de banqueros, científicos y empresarios. En suma: una especie de versión de George Soros del siglo XIX.

Fourier era un dogmático autodidacta, abrumadoramente despistado. Pasó gran parte de su vida creyendo en la predeterminación histórica y planificando las curas de los males sociales a través del estado. Heredero de una fortuna, Fourier dejó los estudios de ingeniería y tuvo un sinnúmero de empleos. Era genuinamente altruista. Se dice que enviaba sus mamotretos a los jefes de gobierno como el presidente de Estados Unidos, con la pretensión excéntrica de ayudarlos en su desempeño, para el bien de sus respectivas sociedades. La vida de Fourier fue muy breve.

Karl Marx, el filósofo socialista coautor con Federico Engels del titulado “Manifiesto Comunista” y quien escribiera “Das Kapital”, siempre vivió del capitalismo. Marx era prueba viviente de la fundamental desigualdad contra la que supuestamente combatía: entre sus relaciones de familia y amigos cercanos, él era el único que nunca trabajó para ganar su propio sustento. En un principio Marx vivió a costa de su familia, después de su mujer y por último de su socio, Engels.

La aversión al trabajo al extremo de chulería, es sin duda el denominador común entre los proponentes y en especial de los activistas de la igualdad. ¿Quién puede negar que Fidel Castro nunca mantuviera un trabajo decente durante su vida de traición, crimen y abuso? Primero vivió a costa de su familia. Después de su suegro y más tarde de la población de Cuba, desde 1959 hasta nuestros días: Castro es un chulo vitalicio.

Es incongruente que uno de los documentos más importantes de toda la historia contemporánea, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, en su segundo párrafo afirme que evidentemente todos los hombres somos creados iguales. Aquí, en mi opinión el genial Thomas Jefferson, perdió momentáneamente la musa. El lema de la República Francesa va incluso mucho más lejos: “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Aspiro a que todos seamos iguales, pero sólo ante la ley.

No tengo dificultad alguna con la “fraternidad humana”, aunque cómo decía mi padre: “hay muchos a quienes quisiera como hermanos, pero quizás no tanto como cuñados”. En la práctica, la igualdad y la libertad son condiciones perfectamente antagónicas. Como el agua y el aceite, porque no pueden mezclarse ni dispensarse simultáneamente.

Entre todos los forjadores de las instituciones de esta nación, las que se encuentran hoy en peligro mortal, me identifico con el virginiano Patrick Henry, más que con ningún otro: “¡Denme la libertad o denme la muerte!”

 

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