EL SUFRIMIENTO

Por el Rev. Martin N. Añorga

La palabra sufrimiento, etimológicamente, es muy sugestiva. Está formada por tres raíces de origen griego: sub (bajo), ferre (llevar) y mento (medio, modo). El sufrimiento es el medio para cargar con nuestro dolor.

El hecho de que el sufrimiento es una experiencia inherente a la vida debiera ser noción que nos prepare para soportarlo, pero no siempre su carga es leve ni siempre tenemos la fortaleza física o espiritual para enfrentar victoriosamente el momento de la prueba dolorosa. La palabra dolor aparece por primera vez en La Biblia pronunciada por Dios cuando le dijo a Eva: “multiplicaré tus dolores en el parto, y darás a luz a tus hijos con dolor …” Es profético el incidente, porque inmediatamente después del dolor del parto, regresa a la mujer que se hace madre un profundo sentimiento de gozo y paz que la embellece con luz del cielo. En el proceso del dolor, el consuelo es aliciente y el alivio, victoria.

El ser humano, a lo largo de su historia, ha querido descubrir las causas del sufrimiento. Hay quienes estiman que se trata simplemente de un proceso mental. En el budismo, por ejemplo, según Buda en el texto Dhammapada, “el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”.

Desde un punto de vista sicológico nos encontramos con la tesis de que el sufrimiento es la tendencia innata de extender un dolor que pudiera ser momentáneo, por medio de un sentimiento de rechazo y hostilidad que va más allá de su alivio. Esta posición no considera el sufrimiento emocional que es consecuencia de un desengaño, una pérdida familiar o una experiencia personal de frustración. En un matrimonio fracasado, por ejemplo, no existe el dolor físico; pero si el sufrimiento que daña a la parte más afectada. Un joven que no obtiene la nota que necesitaba para su graduación no experimenta un daño físico, pero si una angustia que lo hunde en un penoso sufrimiento que interfiere con la normalidad de su conducta.

Confundir dolor con sufrimiento es una tendencia muy común que debemos eludir. El dolor se cura con analgésicos, pastillas para dormir o ungüentos medicinales; pero el sufrimiento es experiencia que se aloja en el corazón. No que escape de la mente y de la realidad momentánea, sino que se arraiga de manera tal en la vida de la persona que trabajo cuesta el intento de superarlo. “Cristo está muy cerca de los que sufren”, dijo el Papa Juan Pablo II, y tiene razón. La medicina más afectiva para aliviar el sufrimiento es una relación directa con Dios.

Albert Ellis segundo más famoso psiquiatra terapista en la historia de Estados Unidos (el primero es Carl Rogers y el tercero Sigmund Freud), ateo declarado, fue el creador del sistema conocido como “Enfoque de la Terapia de Comportamiento Emotivo Racional”. De acuerdo con su tesis el sufrimiento es una desviación emotiva que afecta el raciocinio de la persona afectada. Quizás haya cierta verdad en esta posición, pero no podemos aceptar que la misma se aplique a todos los casos. Ellis vivió una vida larga, murió a los 93 años en el 2007 y en los últimos años de su intensivo trabajo, atenuó su posición anti religiosa afirmando que su escuela de terapia identificada por la sigla REBT era exitosamente aplicada por clérigos ordenados. Existe el problema de que el sufrimiento continuado, sea real o imaginativo, suele alterar el estado mental de la persona, sobre todo cuando no encuentra una respuesta que explique satisfactoriamente los orígenes y la razón del estado de sufrimiento que afecta la integridad de su vida.

Rabindranath Tagore pronunció una poética frase cargada de elocuencia: “de cualquier modo que se llame tu espina, acéptala, es compañera de la rosa”. Ciertamente no siempre son nocivas las consecuencias del sufrimiento porque experimentarlo puede fortalecer el carácter, profundizar la fe y alentar las esperanzas. Johann Messener lo dijo de otra forma: “dos son las cosas que hacen madurar al hombre: el amor y el sufrimiento”. Oportuno es citar estas sabias palabras de La Biblia: “mirad que tenemos por bienaventurados a los que sufren….” (Santiago 5:11).

Renny Yagosesky, sicólogo venezolano conocido por su enfoque motivacional relacionado con la conducta, sostiene la tesis de que el sufrimiento humano es el producto del “bombardeo de estímulos nocivos o triviales del medio circundante”. La idea de que el poder y la riqueza son los valores fundamentales del buen éxito puede crear un sentimiento de desvalorización en personas que por circunstancias propias de la vida no han logrado acercarse al cumplimiento de sus metas. Una percepción como ésta ignora hasta cierto punto que los valores humanos fluctúan de acuerdo con factores religiosos y culturales. Un padre podría sufrir por no poder costear los estudios de sus hijos y una madre seguramente sufriría la enfermedad incurable de un hijo; pero en ambos casos el sufrimiento no se asocia con la adopción de una conducta errónea.

El psiquiatra americano Aaron Beck, profesor emérito de la Universidad de Pennsylvania y propulsor de la llamada Psicología Individual estima que a menudo nos saboteamos a nosotros mismos, creándonos los males de que padecemos a causa de traumas experimentados en la etapa de la infancia. A su juicio las personas realizan interpretaciones inadecuadas, exageradas, incorrectas o incompletas de sus problemas individuales, lo que eventualmente las llevan a un grado de inadaptación, con la consecuencia del sufrimiento. No siempre estamos contentos con nosotros mismos ni con el ancestro del que descendemos. La popularidad de la cirugía plástica de la que tanto se abusa y que a menudo complica los problemas en lugar de resolverlos, demuestra el hecho de que, especialmente las mujeres, están inconformes con su propia estructura física. El sufrimiento es un mecanismo misterioso que se nutre de nuestra inconformidad como seres humanos. No creemos que una persona debe estar obligada a sufrir sus imperfecciones, traumas o fracasos, pero debe aprender a manejar sus insuficiencias sin convertirlas en carga ni en frustración. Ahora bien, hay realidades con las que tenemos que aprender a vivir. Muchos sufrimientos nos restaríamos si impidiéramos que lo imponderable o los temores de probables hechos que seguramente jamás sucederán se apoderen de nuestro raciocinio.

No todos los seres humanos reaccionamos de manera idéntica ante los incidentes propios de la vida. El sufrimiento no se manifiesta en nivel de igualdad. Para muchos cubanos, y éste es un hecho comprobado, el estar obligatoriamente fuera de su patria es un inexorable motivo de sufrimiento, para otros el pasado es un simple recuerdo que no interfiere con nuestro presente. José Martí es un ejemplo de hombre, que sin vivir la carrera de su vida en la patria que lo vio nacer la amaba hasta convertirla en herida en su propio corazón. ¿Recuerda alguien, de él, estas palabras: “Donde otros lloran sangre, ¿qué derecho tengo yo a llorar lágrimas?”

Sufrir es parte esencial de la vida. Vencer el sufrimiento es deber indeclinable del ser humano. Nadie tiene que mantener el corazón lleno de angustia ni la mirada nublada por las tristezas. Mi punto final en este modesto trabajo es una cita del libro de los salmos: “hubiera yo desmayado, si no hubiera creído que había de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes. Espera al Señor, esfuérzate y aliéntese tu corazón. Sí, espera al Señor”. (Salmo 27:13, 14).

 

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