¿INVASIÓN O RULETA RUSA?

Por Hugo J. Byrne

Al referirme al ingreso forzado en Estados Unidos de decenas o centenares de miles de presuntos refugiados de la guerra en Siria, quizás debía usar la palabra “lotería”. Es un título más apropiado a esa cantidad de gente. Pero ganar la lotería tiene por lo general una implicación positiva y nada hay bueno en el chance de acertarle al único cilindro con plomo entre los seis que tiene un revólver de doble acción. Especialmente cuando el cañón del arma apunta a la sien. Aunque los chances al terrorismo letal fueran teóricamente menos en lotería, es evidente que en este caso la mejor opción es no jugar.

Entiéndase que este debate es sobre el ingreso abierto y sin límites de decenas de miles de inmigrantes islámicos al territorio americano. Estos, abrumadoramente adultos, jóvenes y del género masculino, supuestamente huyeron de un conflicto causado sólo por la voluntaria renuencia de América a mantener su liderazgo mundial.

Afirmo con toda la autoridad de quien piensa, que esa acción irracional la hace América y no Barak Hussein Obama. El Presidente narciso-megalómano no usurpó la posición que ocupa. Fue legítimamente electo en 2008 y reelecto en 2012. Su mandato termina en enero y hasta entonces conducirá a la población, no de acuerdo a los razonables intereses de ella, sino a los de su muy rígida y arbitraria ideología política. La señora Clinton, quien hasta ahora encabeza las encuestas, promete hacer mucho más de lo mismo.

Esta invasión islámica tiene un especial significado para quienes nacimos en Cuba. Significado que trasciende al colapso de nuestra desaparecida república y a todos los eventos que la devastaran desde el final de la década de los cincuenta. Esto debía ser conocimiento básico para todos aquellos que presumen saber el verdadero origen de nuestra tragedia nacional. La joven república cubana cometió la misma ignorante barrabasada que hoy hace Washington, por muy diferentes sinrazones, pero con probables, similares resultados a los que nos esperan aquí.

¿Cuántos entre los presentes invasores simpatizan disimuladamente con los objetivos criminales del terrorismo musulmán? ¿Cuántos entre ellos son realmente furtivos enemigos mortales nuestros, o al menos enemigos en potencia? Hay sobrados elementos de juicio para concluir que son muchos.

Al finalizar la Guerra de Independencia en Cuba, el primer censo arrojó una población de casi 1,573, 000 habitantes. Dicho censo fue conducido en 1899 durante la acertada y eficiente administración de Leonard Wood, quien más tarde pasara la función ejecutiva a nuestro primer presidente, Tomás Estrada Palma.

El censo de 1899 no sólo indicaba una severa disminución de la población comparada a los estimados de antes de la guerra, sino un cambio radical en la composición racial cubana. Los meses de la fatídica “reconcentración” habían costado a Cuba, al menos, más de 250,000 vidas entre la población rural, en su mayoría campesinos en las provincias de Camagüey y Oriente, descendientes de colonos oriundos de Islas Canarias.

El censo de 1899 registró que negros y mestizos componían juntos casi la mitad de la población, aún clasificando arbitrariamente como blancos a muchos mestizos claros. La consecuencia de esto fue el deseo irrefrenable en los primeros gobiernos de Cuba independiente por “blanquear” a la población. El extraño origen de ese objetivo no era simplemente racista. La proximidad de Haití, cuya historia independiente era un enorme y caótico charco de sangre desde muchos años antes de establecida nuestra república, sin dudas influyó en las decisiones de La Habana. En esta política bipartita coincidieron con Estrada Palma, los sucesivos gobiernos del liberal José Miguel Gómez, tanto como el del conservador Mario G. Menocal.

La situación económica y social respectiva de la antigua Metrópoli y de su ex colonia al finalizar la guerra, era todo menos envidiable. Cuba era un país devastado por la campaña del 95, la que había logrado destruir la base de su economía y forzado la mano de Washington en defensa de sus intereses comerciales. Sin embargo, la proximidad de su más importante socio comercial, prometía para los cubanos un alivio más o menos inmediato.

España, cuyo poderío colonial sobre Cuba proporcionaba extraordinarios ingresos a su erario antes de 1895, no sólo había perdido esa enorme fuente de capital, sino también los últimos vestigios del que había sido su gran imperio en América y Asia. Además todo ello sucedía durante un momento histórico de intensa incertidumbre en la Península. Su predicamento económico-social era sumamente crítico.

Después de finalizada la guerra era un triste y común espectáculo en Madrid y otras ciudades y pueblos de España, la presencia de veteranos de la guerra en Cuba, lisiados o ciegos, pidiendo limosna por las calles y subsistiendo precariamente de esa caridad pública. Muchos agitadores españoles culpaban demagógicamente a Estados Unidos y a los separatistas cubanos de todo su infortunio.

A principios del siglo XX había alto desempleo en Europa y muchos deseaban emigrar a América. Los del norte de Europa preferían a Estados Unidos. Aunque italianos, portugueses, griegos y otros europeos meridionales frecuentemente se transaban por otras latitudes. Miles emigraron a Brasil, Argentina, Uruguay, Chile y Venezuela, países donde son comunes apellidos no castellanos.

Naturalmente, también se hacían notar los emigrantes españoles. La perspectiva de una vida de labor pacífica en alguno de los antiguos predios de sus perdidas colonias, les era apetecible. Vivir en Cuba, por ejemplo, país tropical de su misma lengua y cultura, representaba un objetivo esplendoroso. En especial comparándose con la magra existencia que encaraban en el suelo nativo, entonces inhóspito e ingrato hasta para sus propios hijos.

Aprovechando esa circunstancia histórica y la ventaja asimilativa de un idioma común, los iniciales gobiernos de la República de Cuba abrieron de par en par los puertos cubanos a un masivo influjo peninsular. Tal como los islámicos invadiendo Europa desde hace algunos años y ahora a Estados Unidos, los nuevos inmigrantes arribando a nuestro país, eran también abrumadoramente jóvenes, adultos y solteros.

No existían razones para temer actos terroristas ni actitudes radicales por parte de gentes trabajadoras, pacíficas y obedientes de las leyes. Además era una inmigración eminentemente productiva. Su único objetivo era encontrar un “lugar al sol” donde establecerse y progresar. La inmensa mayoría de ellos contribuyeron de manera ingente al extraordinario desarrollo de Cuba. De eso fui testigo y beneficiario, trabajando en una de los mayores negocios de venta de materiales de construcción de La Habana.

Esa industria había sido fundada por una familia de españoles naturalizados cubanos y algunos de ellos permanecían como principales accionistas y directores al ser esta confiscada sin compensación por el régimen castrista. El tercer grupo nacional más damnificado económicamente en Cuba a causa de las arbitrarias confiscaciones del régimen eran españoles, después de los cubanos y de las empresas de propiedad norteamericana. Muy significativo fue que el supuestamente anticomunista gobierno de Franco mantuvo relaciones diplomáticas y comerciales con Castro contra viento y marea.

A partir de 1902, junto a las bendiciones también llegaron influencias definitivamente nocivas. Muchos entre los nuevos inmigrantes habían participado de una u otra forma en la guerra contra nuestra independencia. Aún más, había inmigrantes quienes abrigaban una hostilidad furtiva y profunda hacia nuestras instituciones, las que consideraban evidencia de un abyecto servilismo hacia Washington, copiando sus formas de gobierno. Este sentimiento se manifestó abiertamente durante la Segunda Guerra Mundial.

Siempre consideré una gran injusticia el fusilamiento del espía alemán Heinz Luning. Después de todo se trataba de un nativo alemán, no de un traidor. De acuerdo al finado ex Embajador norteamericano en La Habana, el extrovertido Spruille Braden, otros nacionales cubanos habían cometido fechorías peores, con total impunidad. Todos ellos pertenecían a la primera generación nativa y de una u otra forma tenían conexiones directas con la Embajada de España.

Entre todos los países hispanos de este continente, fue Cuba quien sufriera la mayor cantidad de pérdidas humanas durante la guerra en el mar: 79 tripulantes de cargueros hundidos en el Atlántico occidental y el Mar Caribe perecieron víctimas de los “U-boats” de la “Kriegsmarine”. A eso habría que agregar la pérdida de más de 10,000 toneladas brutas a su marina mercante. Notablemente, el caza-submarinos cubano SC13 hundió a un “U-Boat” alemán frente a la costa norte de Cuba, logrando la única victoria aliada en el mar por un país hispanoamericano durante toda la Segunda Guerra Mundial.

Ahora visitemos otros números. En los diecisiete años que median entre 1902 y 1919 ingresaron a territorio cubano unos 661,000 emigrantes de los que más de 450,000 eran europeos. De estos, más de 436,000, eran españoles. En otras palabras, casi el 97% de todos los inmigrantes europeos y el 66% de todos los inmigrantes procedía de España. El “blanqueo” de la población fue ciertamente un “éxito” completo: el censo cubano de 1952 arrojó una población blanca equivalente al 74% del total. Irónicamente esa proporción cambiaría desde 1959, regresando a los niveles de antaño.

Hace casi 57 años, en 1959, ascendió al poder político en Cuba el hijo bastardo de un soldado colonial, quien en 1896 luchara contra nuestra independencia: uno entre los 436,000 que ingresaran a Cuba sin “vetting” y con la anuencia de nuestros gobiernos. Su hermano de madre y ahora heredero político a su dictadura totalitaria, hace muy poco asistió a una ceremonia diplomática ante una choza de San Pedro de Láncara, en Galicia, España. Allí fue donde el supuesto padre de ambos fatídicos hermanos, calzara sus primeras alpargatas.

¿Venganza histórica? No. Falta de visión del probable futuro: le acertamos al único cilindro con plomo.

 

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