EN DEFENSA DE TED CRUZ

Por Hugo J. Byrne

Casi nunca he favorecido al ganador, con muy pocas y notables excepciones. La primera de ellas fue la espectacular victoria del Club Almendares en el “baseball” profesional cubano durante la increíble temporada de 1947. Los azules de mi predilección tenían que ganar muchos juegos consecutivos para coronarse campeones. Qué sé yo cuantos eran, pero asombrosamente lo hicieron y al recordar el evento me sonrío.

Tendría yo unos 13 años de edad y estaba en la sala de la casa oyendo la narración del último juego en la radio cuando este finalizó. Salí a la calle al oír un estrépito tremendo. Por la esquina norte pasaba una gran conga, con tambores, trompetas, cencerros y hasta una farola. Se dirigían al Parque de la Libertad, ubicado frente al Palacio Municipal de Matanzas. Uniéndome al jolgorio, empecé a “arrollar” yo también.

En medio de la calle y la tremenda conga, pude ver que la más estricta de mis tías estaba caminando hacia nuestra casa por la acera a mi derecha: inevitablemente se cruzaría conmigo y muy probablemente me vería haciendo piruetas ridículas en el medio de los celebrantes y borrachines. Decidí no darme por enterado de su presencia y ella, para mi inmenso alivio, continuó su camino con infinita dignidad, ignorando la turba y mirando sólo al frente.

Fuera del baseball y el boxeo, nunca fui muy aficionado a espectáculos deportivos, a menos que también participara. Llegué a este país con grandes responsabilidades que consumían todo mi tiempo y que a través de los años fueron creciendo. Después de cumplir los treinta, sólo me interesaban ciertas actividades deportivas. Esto es si consideramos la caza mayor como un deporte y no un atavismo compulsivo, como sostenían muchos cazadores, entre ellos el Dr. José Ortega y Gasset. Ortega escribió una obra formidable sobre ese tema: “Meditations on Hunting”.

Mi éxito como cazador fue mediocre también. Probablemente debido a mi repugnancia a pagar por un buen guía o un “outfitter” adecuado. Afirmaba que esa práctica no era deportiva para disimular mi proverbial tacañería.

En política no me fue mejor. La primera vez que respaldé a un candidato fue en Cuba en las elecciones presidenciales de 1948. Aún creo que la historia se hubiera escrito muy diferente con la elección de Ricardo Núñez Portuondo en ese año. Sin embargo triunfó el candidato Del PRC Carlos Prío Socarrás. Aunque mi respaldo a Núñez era honorario, pues sólo tenía 14 y no podía votar, su derrota fue un trago amargo. Aunque no tan amargo como lo fue el derrocamiento del legítimo gobierno de Prío, víctima del golpe de Batista, el diez de marzo de 1952.

A mediados de los años cincuenta me vi involucrado en la política de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana. Apoyaba la candidatura de Echeverría contra su oponente Osmani Cienfuegos, notorio comunista y tan desvergonzado como el miserable resto de su parentela. Tuve una confrontación simultánea a puñetazo limpio con dos gordos “rompe olas” de sus partidarios. La testosterona desatada puede producir seria ceguera temporal: me “aboyaron” ambos ojos y al día siguiente podía pasar por chino.

En 1964, ya viviendo en California hice campaña presidencial por el Senador Barry Goldwater. Aunque no tenía voto aún por mi condición de extranjero, visité votantes en precintos políticamente hostiles con relativo éxito, pero sin afectar en un ápice el triunfo aplastante de Johnson en California y en todas partes. Como se puede apreciar, casi siempre he respaldado al “underdog”. Hay excepciones.

A contrapelo de muchos inocentes no encuentro diferencias apreciables entre la Clinton y su antiguo “oponente” el Senador Sanders. Ambos son demagogos populistas predicando el evangelio del absurdo. Ambos han vivido siempre a costa del erario público, modus vivendi que ambos justifican, defienden y exaltan. Gentes como ellos han hundido este país y sin cesar lo empujan más profundamente. Me revuelven el estómago tanto la gritería chillona de la Clinton como el hábito asqueroso que tiene Sanders de lamerse los morros después de cada derrame biliar.

El primer candidato presidencial que obtuvo mi respaldo en esta campaña fue el Senador Rubio de Florida y mi apoyo a él nada tuvo que ver con su ancestro. Aunque me considere medularmente cubano, no es secreto que la mayor parte de la gente que desprecio ha nacido en Cuba.

Apoyé a Rubio por considerarlo el más capacitado políticamente para unificar al PR y derrotar a Clinton en noviembre. Rubio se desmoronó cayendo en la trampa vulgar de Trump. Trató de contrarrestar los insultos, burlas e insinuaciones de mal gusto de Trump con... insultos, burlas e insinuaciones de mal gusto. A la casa del trompo no se va para bailar (y lo de trompo que conste, no es por Trump).

Para la mayoría de la gente la lucha política es sólo una competencia de simpatías y personalidades. Ese es quizás el peor peligro que amenaza nuestra causa; confundir el más serio de los debates con un frívolo concurso de belleza. En Cuba acuñaron la frase “irse con el macho” para referirse a escoger certeramente un ganador. Esto puede aceptarse para el hipódromo o la ruleta, no en la urna electoral. Esa aberración es para subalternos y acomplejados y no es recomendable a la salud social.

Quienes recuerden la campaña política de 1948 en Cuba, saben de la muy elegante presencia del Dr. Carlos Prio Socarrás, su feliz oratoria, la cordialidad que convirtió en lema a su dirección de la República y la belleza y distinción de su esposa. Ante todo eso, palidecía la figura gris del Dr. Núñez Portuondo, eminente cirujano, hombre honesto y decidido, e hijo de un destacado prócer de 1895. Núñez sólo prometía la “revolución de la honradez”. Prío obtuvo unos 900,000 votos contra 600,000 de Núñez y el tercer candidato Eduardo Chibás, dividiendo la oposición, algo menos de 325,000.

Esta pregunta retórica es sólo para quienes conozcan la historia de Cuba, o con más propiedad, para aquellos quienes por más viejos la vivieran intensamente, como un servidor de los pacientes lectores. Retrospectivamente, ¿quién habría preferido usted residiendo en el Palacio Presidencial en la madrugada del 10 de marzo de 1952, al viejo cirujano, calvo, gris y resuelto, o al bien parecido, elegante y refinado Prío? Este, a pesar del apoyo temporal de una parte importante de las fuerzas armadas de Cuba, no fue capaz de defender la República: abordó con su familia un avión rumbo a Méjico.

Observé con detenimiento todos los debates republicanos, los que grabara para poder verlos de nuevo, omitiendo comerciales u otras distracciones. Entre los candidatos que perduraron, sólo uno ofreció cambios específicos, con los que concurro: desbandar el infame “Internal Revenue Service”, substituyéndolo por un sistema de impuestos racional y equitativo. Restaurar nuestras fuerzas armadas, reducidas en número y calidad por Obama: la defensa nacional es una legítima obligación del estado de acuerdo a la constitución. Reestructurar nuestro “safety net”, aligerando su enorme burocracia.

Ted Cruz perdió en buena lid. Nunca se involucró en el vituperio personal que tristemente caracterizara los debates. A pesar de lo cual fue acusado de faltas sin base en una evidencia real. Los insultos no fueron sólo dirigidos contra él, sino contra su padre y esposa. Él se limitó a negarlos sin caer en intercambio de calumnias.

Ahora Cruz se ha convertido en “cabeza de turco” para muchos comentaristas y afiliados republicanos, por el delito mortal de no haber mencionado a Trump por su nombre en su alocución a la Convención Republicana. Afirman que se ha suicidado políticamente y que nunca más será candidato presidencial, o para cualquier otra posición electiva por ese partido. Pat Buchanan, cuya columna leía asiduamente hace muchos años en el “Orange County Register”, dice que este novel Judas “apuñaleó a Trump por la espalda”. ¿De veras? ¿Tenía que escoger Cruz entre su dignidad de hombre y una carrera en Washington? ¿Qué le debía Cruz a Trump?

No conozco a Cruz en persona y me enteré de su existencia cuando ganara su senaduría por Texas. Sin embargo, comparto su actitud honorable y admiro que defienda su dignidad ofendida. Yo hubiera hecho otro tanto. Soy muy capaz de perdonar injurias dirigidas a mi persona. Nunca las que se lanzaran contra mi padre o mi esposa. ¡Bien por el tejano y bien por su estirpe cubana!

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image