LAS DISCUSIONES

Rev. Martín N. Añorga

Estamos en medio de una intensa lucha electoral y se hacen habituales las discusiones políticas, algunas civilizadas y pacíficas, otras violentas y belicosas. Hace un par de días visité a una familia amiga y en medio de una animada conversación se produjo inesperadamente una pelea verbal entre dos personas, nada menos que el padre y su hijo mayor. Se hizo tan virulenta la confrontación que tuve que intervenir entre ambos para calmar los ánimos y restaurar la armonía. La política fue la chispa que produjo el fuego.

Los cubanos –y me refiero a esta etnia sin ignorar las otras-, somos muy apasionados en la defensa de nuestra simpatía personal por determinado candidato político. Defendemos a Trump a grito vivo o exponemos nuestra adhesión a Clinton a puño cerrado. Nada se gana en la confrontación, pero se pone a riesgo una establecida relación de amistad y a menudo hasta se le inyecta una innecesaria dosis de hostilidad a las relaciones familiares. Los anglos son diferentes, quizás tengan la sangre más fría que nosotros o son indiferentes en medio de sus discusiones. Los he visto en sus punzantes debates, se piden la cabeza unos a otros y terminan después con una sonrisa, estrechándose las manos. ¿Hipocresía? Tal vez haya una tenue pigmentación de ese color; pero los implicados saben disimularla de forma que tiene hasta pinceladas de elegancia. Me recuerda esto unas palabras de Marcel Jouhandeaau: “la discreción es la única virtud que soporta los abusos sin padecerlos”.

El origen del vocablo discusión es muy interesante. El prefijo dis en latín significa “separación”, y la palabra en su totalidad se completa con la raíz quatere que significa “sacudir”. El verbo latín discutire implica la idea de golpear algo hasta reducirlo a pedazos. Así lo utiliza Lucilio, poeta latino del primer siglo de nuestra era. En una acepción militar lo emplean Tito Livio, historiador romano autor de más de 150 libros, de los cuales se conservan menos de una treintena, y César, estadista romano de la era precristiana. Ambos en el uso del vocablo implican la idea de disipar, dilapidar, derrochar.

Es interesante que en sus remotos orígenes discutir significaba desmenuzar, reducir a polvo. Hoy día usamos la palabra en términos de disentir, debatir y contender, pero lamentablemente a veces se nos desbocan las emociones y una confrontación armónica para intercambiar ideas la convertimos en una peligrosa pelea en la que el uso de la fuerza entra en el campo del insulto y hasta de las agresiones físicas.

Martin Luther King, en uno de sus discursos pronunció estas sabias palabras: “hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”. Ciertamente, como seres humanos nos hemos ajustado a la discordia, desdeñando la opción de comprendernos en las diferencias y disfrutar de armonía en los naturales intercambios de ideas. Brevemente dicho, hemos convertido la habilidad de discutir en una desértica experiencia de hostilidad.

Tales de Mileto, filósofo y matemático griego de la antigüedad nos legó este apropiado consejo: “cuida tus palabras; que ellas no levanten jamás un muro entre ti y los que viven contigo”. Una discusión agria, insultante y agresiva es siempre el mal uso del idioma. La Biblia tiene mucho que decir sobre esto, pudiéramos acudir a decenas de citas para comprobarlo; pero a título de ejemplo nos limitaremos a este sencillo texto del libro de Proverbios: “quien controla su boca protege su vida, quien para el mal abre sus labios se busca la ruina”.

En las discusiones cada persona involucrada quiere cargar con el mérito de la victoria, lo que es totalmente imposible. “¿Cómo podría yo gobernar a otro, si no sabría gobernarme a mí mismo?”, se preguntaba Francois Rabelais y compartimos con nuestros amigos lectores la pregunta. Si no somos capaces de ceder a un argumento ajeno en una discusión, cómo vamos a pretender que la persona con la que discutimos se ajuste al nuestro. La realidad es que en las discusiones no hay ni ganadores ni perdedores. Tal vez el que posea el mayor tono de voz o el que disponga de una más amplia elocuencia pudiera creerse merecedor del trofeo ganador; pero lo cierto es que en nuestras discusiones la corona vencedora siempre se queda sin cabeza en la que asentarse.

Nuestra tesis es que debemos rescatar la perdida habilidad de una conversación sensata. Dialogar es tender puente, intercambiar opiniones y exponer conceptos de forma amable es proclamar cultura. En un programa radial, el pasado sábado, un oyente aprovechándose del llamado micrófono abierto calificó a los Demócratas de “degenerados”. El moderador le hizo saber a la desajustada persona que la decencia, el buen gusto y el respeto no podían faltar en su programa. Acudimos de nuevo a La Biblia y del libro Eclesiástico citamos estas palabras: “balanza y cuidados para tus palabras, puerta y cerrojo para tu boca”. Si no hay forma decente de hablar, la mejor fórmula es callar. Lo dijo en mejor estilo Thomas S. Eliot: “bendito sea el hombre que no teniendo nada que decir, se abstenga de demostrárnoslo con sus palabras”.

Nos preguntó un viejo amigo (a mi edad todos son viejos) cómo puede uno eludir una discusión. Ante tan ingenua y genérica pregunta respondí con una sola palabra: “¡Evitándola!”. Me dijo mi amigo que con su vecino no cabía tal posibilidad. Le sugerí la técnica de dejarlo absorto: “cada vez que te deje un espacio de silencio dile en voz firme ¡estoy totalmente de acuerdo contigo!”. Después de dos o tres frases como éstas el interlocutor no tiene con quién discutir y ahí mismo se acabó el conflicto.

Hoy día en las escuelas se celebran sesiones de debates entre los estudiantes, dirigidos por profesores preparados para desarrollar tal actividad. En un libro de texto aprendí cómo participar creativamente de una discusión. Estas son algunas de las reglas:

(1) Dile a la persona con la que debates que ha hablado tan alto y tan rápido que no has podido captar claramente lo que quiso decirte, y pídelo que lo repita. Te aseguro que la segunda vez nada sonará igual

(2) No te apartes del tema que están tratando y evita referirte a ti mismo como ejemplo. Si tu contraparte se desviara o se internara en alusiones personales, dile con respeto que quieres volver al asunto que trataban e ignora las expresiones que han pretendido alejarte del mismo.

(3) Aprende a mantener un tono de voz suave y a hablar despacio. Una voz educada ataca a la del gritón siempre de forma efectiva.

(4) No pretendas creer, y mucho menos hacer creer, que has salido triunfante de la discusión. Da las gracias a tu interlocutor, extiéndele la mano cortésmente y despídete. Te aseguro que esa persona la próxima vez se buscará otra persona con la que discutir.

Me gusta terminar este modesto trabajo citando una reflexión del sabio Confucio: “es posible conseguir algo luego de tres horas de pelea; pero es seguro que se consigue más con apenas tres palabras impregnadas de afecto”.

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image