LA IMPORTANCIA DE LOS SÍMBOLOS

Hugo J. Byrne

Se dice que una foto vale más que mil palabras y estoy de acuerdo. Contrastando con el blanco rojo y azul de barras y estrellas por todas partes la semana anterior en Cleveland, el espectáculo demócrata en Filadelfia era por demás un continuo azul monótono. Algo imprescindible faltaba.

Evidentemente sólo cuando los comentarios críticos alcanzaron un crescendo atronador, la ausencia de la bandera hizo roncha. Al día siguiente se agregaron con torpe rapidez un par de insignificantes banderitas a cada lado del escenario. Pudieron ahorrarse el disimulo. Para la mayoría de la vociferante masa demócrata, Old Glory no es solamente un miserable trapo combustible, sino un símbolo impuro del que debíamos avergonzarnos. ¿Ofensiva mi retórica? Eso me conforta, pues devuelvo el guante.

¿Un inocente error de la tramoya o un perverso mensaje subliminal? Come on! No habrá evidencia física de intención subrepticia, pero no hace falta.

Nada sucede por casualidad en los cubiles obscenos de la Clinton y su repugnante comparsa. Acciones como estas son demostrativas del trágico, verdadero sentimiento mayoritario del partido demócrata de hoy, cuerpo político postrado, indefenso y servil, pudriéndose entre las garras feroces de la infame maquinaria política Obama-Hillary-Bubba. Al final de la convención múltiples banderitas danzaban en las manos de las obedientes masas como en las antiguas coreografías del hediondo “Protestódromo” castrista de La Habana: la apoteosis de la hipocresía.

La realidad es una y está a salvo de interpretaciones. Entre los capitostes del Partido Demócrata el antiamericanismo puro ha llegado a ser tan predominante que hasta los símbolos nacionales sufren. Nada de esto es nuevo y no debe asombrar a nadie. El Mesías orejudo lo demostró al afirmar en una ocasión en público que las Barras y las Estrellas “representaban opresión para mucha gente en el mundo”.

La clase de opresores a que se refería Obama eran por supuesto nuestros próceres, sacrificados en el altar de la libertad. La ficticia “opresión” a la que se refería liberó a la humanidad de mancuernas reales en múltiples tierras extrañas. ¿Es esto un secreto para el Hipócrita en Jefe?

Esos “opresores” son, para estos humanoides, los patriotas que entregaron todo cuanto eran y tenían por nuestra independencia en 1776. Los centenares de miles que perecieran en la Guerra Civil para mantener la Unión. Los marines de Bellow Wood en 1918 y los de Guadalcanal en 1942. Los pilotos de Midway arrasando a los nipones en el mismo año. Las tripulaciones de los “Shermans” del Tercer Ejército batiendo a los superiores “Tigres” en Francia en 1944. Los “Paras” defendiendo Bastogne en la sangrienta batalla del “Bolsón”. Los Navy Seals de Falluyah en su limpieza de terroristas del 2006. Todo eso es lo que simboliza la bandera y por eso la detestan. ¿Saben de algún patriota que la queme para hacer drama, aunque el acto repugnante esté protegido por la primera enmienda?

La presente campeona del partido que con propiedad simboliza un asno, sabe la importancia de los símbolos. Recordemos objetivamente a la antigua Primera Dama por ocho años, su paso por la cámara alta y su dirección de la Secretaría de Estado.

El calor no está en la ropa. Las acciones positivas o desastrosas determinan la importancia relativa de cualquier símbolo, no la gritería chillona o la risa de hiena. Fuera de adjudicarse deshonestamente la indiscutible bonanza económica que produjera el congreso encabezado por Gingrich a partir de 1995, no aprecié los beneficios al país que generara su esposo o la Primera Dama Clinton. Más bien recuerdo los muebles y artefactos secuestrados de la Casa Blanca, los que se vio obligada a devolver después de enero del 2001. Recuerdo también las donaciones (¿alquiler?) recibidas por dormir en la habitación de Lincoln. Dijo Martí que hasta el sol tiene manchas, pero aquí no hay lumbre alguna.

Recuerdo los lamentos de pobreza de esta multimillonaria corrupta al salir de la Casa Blanca: “It was tough!”. Recuerdo su desempeño sin penas ni glorias como Senadora por el estado de New York, pero la recuerdo principal y notoriamente como Secretaria de Estado. Su lista de fracasos y canalladas es demasiado larga y mi espacio es limitado. Además ya he cubierto su notoria vida pública.

Por sus obras la conocemos. Para identificarla basta recordar la peor de sus mentiras. Entre tantas, la más cruel sin dudas fue dirigida a una madre doliente quien recibía el féretro de su hijo mártir. Esa caja fúnebre estaba cubierta por el mismo símbolo que brillara por su ausencia en el primer día de la Convención demócrata de Filadelfia.

 

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