LA IRA FRENTE AL TIMÓN

Rev. Martín N. Añorga

Desde hace muchos años he venido observando a varios amigos y conocidos, personas finas, atentas y cordiales, que cuando se sientan en un vehículo y toman control del timón cambian drásticamente su personalidad. Se vuelven irritables, furiosos, desconsiderados, peleones, mal educados y emocionalmente descontrolados. Para no convertirme en excepción, confieso que a veces me ha ocurrido lo mismo aunque, gracias a Dios, siempre ha sido de manera muy pasajera pues pronto he logrado recuperar la normalidad.

UNn viejo amigo, ya fallecido, el doctor Camilo Acosta era un siquiatra especializado en el tratamiento del descontrol emocional. En cierta ocasión le pregunté por qué muchas personas cambian de actitud cuando se sitúan frente al volante para conducir un automóvil Recuerdo que en nuestra conversación llegamos a la conclusión de que manejar un vehículo de motor suele producir en algunos conductores una sensación de autoridad, de poder y de capacidad de control que lo transforma en persona autoritaria y le excita desmedidamente el disfrute de un exagerado orgullo

El ser humano siempre ha disfrutado de la velocidad, precisamente en nuestras autopistas muy frecuentemente hay individuos que exhiben un tono de supremacía adelantándose a todos los otros carros que circulan en la misma dirección. Y aunque les parezca increíble en La Biblia hay un ejemplo que retrata a ese tipo de persona. Se trata de un joven llamado Jehú, y de él se dice textualmente lo siguiente: “… el que conduce el carro ha de ser Jehú, hijo de Nimsi, pues lo hace como un loco” (II Reyes 9:20). ¿Se ha parecido usted alguna vez a Jehú?

Como locos manejan individuos enfurecidos que pierden su verdadera identidad, transformándose en emisarios del peligro. Recuerdo a una persona que conducía su automóvil por la avenida 27 rumbo norte en instantes en que estaban al levantar el puente que sobre el amistoso río Miami se extiende. Aceleró su carro desafiantemente y terminó con el vehículo colgado de la estructura de acero, a punto de caer al abismo. Por varias horas el tránsito estuvo interrumpido hasta que finalmente pudieron levantar el carro y sacar del mismo a una mujer con un incontrolable estado histérico. “Se molestó cuando le impidieron el paso al abrir el puente y quiso ganar la carrera”, comentó una persona cercana a mí. Este hecho es un claro ejemplo de lo que en inglés llaman “road rage”, expresión que hemos traducido para asignarle un título a este artículo.

Wilkipedia es una página a la que podemos acudir en nuestra computadora y hallar un caudal de información sobre el fenómeno del “road rage”. Hay consejos, que si los adoptáramos podríamos minimizar los impulsos negativos que desvían nuestro control cuando conducimos. Una oportuna observación es que nuestro automóvil es tan obediente que nos hace caso aunque estemos totalmente equivocados. Es oportuno, pues, en relación con este tema que nos refiramos a nuestra responsabilidad cuando conducimos un vehículo. La irresponsabilidad, comprometidas nuestras manos con un timón, puede arrebatarnos la vida y lamentablemente la de otras personas ajenas a nuestra conducta.

Lo primero que tenemos que aprender es que no siempre las cosas pueden suceder como queremos o nos las proponemos. Cuando éramos niños sufríamos en reiteradas ocasiones de ataques de “rabieta”, y dominábamos a nuestros padres a base de gritos, gruñidos y con rebeldes gesticulaciones. Recuerdo al Apóstol Pablo cuando dijo estas sabias palabras: “cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, y razonaba como niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño”. El problema es que muchos de nosotros queremos seguir siendo niños y que sea nuestra voluntad la que prevalezca, sin darnos cuenta de que -como dijo Horacio- “la ira es una corta locura”.

Nos viene a la mente una ingeniosa expresión del versátil autor Fernando Díaz-Plaja, quien escribiera una impresionante colección de libros acerca de Los Siete Pecados Capitales en diferentes países y personajes. Refiriéndose a los españoles dijo que cuando un español compra su carro se cree dueño también de los caminos por donde se mueve. A menudo siento que en esto de manejar honramos la sangre hispana que corre por nuestras venas, característica no exclusiva de los cubanos, algo que saben bien los que han manejado en países de Centro o Suramérica.

He ido de pasajero en múltiples ocasiones al lado de la persona que conduce su vehículo y he tenido que decirles a muchas de estas personas, con medida cortesía, que se limiten a manejar su carro dejando a los demás que manejen el suyo. A menudo, sin embargo, actuamos impetuosamente no tanto porque nos moleste lo que otros hagan, sino por la idea que pudieren formarse de nosotros. Para evitar contratiempos en el camino, ajustémonos al nuestro y recordemos que nuestro carácter no está sujeto a cambios que otros intenten imponernos. Lo que otros piensen, digan o griten es gasto de energía de ellos. Nuestra serenidad es atributo que debe permanecer, aunque nos parezca esto una exageración, más allá de nuestra propia capacidad para mantenerla

Otra consideración oportuna es que aceptemos el hecho irreversible de que nuestros valores no están sujetos a imprevistas circunstancias. Si por cristiana naturaleza soy educado, cortés y atento, ¿cómo puedo permitir que porque una persona desvalorizada se me atraviese en el camino se me desplomen mis principios?

Hay otros elementos relacionados con la conducta de choferes que aunque no tienen que ver precisamente con la ira de los mismos, si tienen mucho que ver con la ira que provocan en otros. Hablar por teléfono o entretenernos en enviar mensajes de texto puede producir el inconveniente de que golpeemos al carro que está delante nosotros y que del mismo salga violentamente un soez conductor que nos insulte la totalidad de nuestro árbol genealógico. Debido que ante el insulto ajeno no estemos programados para responder con una sonrisa, lo que sucede es una batalla verbal que a veces se convierte en una gratuita exhibición de boxeo.

Le hemos puesto nombre. Se trata de “la trampa del semáforo”. Este imprescindible aparato que coordina nuestro desplazamiento vehicular expone, antes de advertirnos del impopular regalo de una luz roja, una breve luz amarilla que los veloces e impetuosos automovilistas desconocen con una impertinente osadía, algo muy riesgoso porque los conductores que han estado esperando el permiso de la luz verde se mueven hacia la intersección con el riesgo de toparse con un vehículo que a toda velocidad se le atraviesa en el camino. El choque es mortal, probablemente el más dañino de todos, y se produce por la airada impaciencia de un irresponsable que quiere adelantarse a todos los demás o que desafía el deber de cumplir con la obligación de detenerse.

Hay conductores que actúan dominados por impulsos irrazonables. Perder el control, dejarse dominar por la ira, conducirse con irresponsabilidad, ignorar las leyes y dejarse llevar por impulsos negativos son obstáculos que nos reducen los valores morales de los que debiéramos sentirnos justificadamente orgullosos.

En alguna parte leí este pensamiento, y quiero con el mismo concluir este modesto trabajo: “no juzguemos el mérito de un hombre por sus grandes cualidades, sino por el uso que sabe hacer de ellas”.

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image