LA OPCIÓN ES FÁCIL: TRUMP O EL ABISMO.

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Y esto lo digo yo, que ustedes saben que no he sido admirador de Donald Trump, pero también saben que nunca he caído presa de ese fanatismo ciego que le impide a quienes lo padecen percibir la realidad.

La convención republicana celebrada la semana pasada en Cleveland fue el circo que muchos esperábamos y temíamos. Como todo circo, tuvo momentos destacados y momentos anodinos, momentos edificantes y momentos destructivos, momentos sublimes y momentos ridículos. Las elecciones primarias estuvieron tan matizadas de insultos y de vituperios por parte de la gran mayoría de sus participantes que la unidad del partido se ha convertido en una tarea casi imposible. Ahora existe el peligro de que el sobreviviente no sea capaz de unirlo. Y eso sería fatal para el futuro de esta nación y para la estabilidad de un mundo amenazado por el terrorismo y carente de liderazgo .

Empecemos por la familia Trump, que ya la prensa contaminada por el virus de la izquierda vitriólica califica con escarnio como Dinastía Trump. La misma prensa que una vez se volcaba en adulación a la ominosa y corrupta "Dinastía Kennedy" ahora la emprende contra la familia Trump. Pero esta vez el magnate inmobiliario se dejó poner el bozal por sus asesores y pronunció un discurso digno de un consumado estadista. Abordó todos los problemas que deberá resolver con urgencia el mandatario que siga a la debacle creada por el fanatismo ideológico de Barack Obama.

Sus hijos no sólo fueron elocuentes sino dieron testimonio del hogar ejemplar en que fueron criados y educados. Cualquier cosa que pensemos sobre él o cualquier defecto que le atribuyamos, nadie que no sea un fanático puede negarle a Donald Trump que ha sabido ser un buen padre, como lo repitieron hasta el cansancio todos sus hijos. Estos fueron los momentos edificantes y los momentos sublimes. Y esto lo digo yo, que ustedes saben que no he sido admirador de Donald Trump, pero también saben que nunca he caído presa de ese fanatismo ciego que le impide a quienes lo padecen percibir la realidad.

Ahora bien, si tenemos en cuenta la intensidad de las primarias, no podían faltar ni tampoco asombrarnos los momentos destructivos y los momentos ridículos. Los destructivos fueron protagonizados por Ted Cruz, John Kasich y Marco Rubio, por ese orden estricto de daño a la unidad del partido al cual pertenecen y por el cual aspiraron a la presidencia. Ted Cruz se llevó la corona cuando felicitó a Donald Trump pero mostró su vena vengativa cuando se negó a declararle su apoyo. Al mismo tiempo, hizo despliegue de arrogancia cuando amonestó a los presente diciendo: "Al igual que ustedes quiero ver los principios de nuestro partido prevalecer en noviembre". Ni una palabra sobre la necesidad de ganar la Casa Blanca a los efectos de que prevalezcan esos principios. Y, aunque los políticos tienen más vida que los gatos, es probable que haya escrito su epitafio político como fue evidenciado por el abucheo que le propinó una muchedumbre enardecida ante su bajeza. Fue invitado a una fiesta y la emprendió contra el homenajeado, que en este caso era Donald Trump.

El otro aguafiestas de la convención fue el actual Gobernador de Ohio, John Kasich. Durante casi todas las primarias permaneció agazapado mientras Marco Rubio, Jeb Bush y otros se enfrentaban a Trump y eran arrollados por su aplanadora. Fue el último en darse por vencido a pesar de haber logrado una ínfima proporción de los votos. Su animosidad hacia Trump lo hizo cometer el más miserable de los desaires: Se negó a dar la bienvenida al estado que él preside al receptor de millones de votos y virtual nominado de su partido.

Por su parte, Marco Rubio, aunque más moderado que Cruz y menos obligado que Kasich, también se mostró pequeño. Con mucho dolor lo digo porque Rubio fue mi candidato después de retirado Scott Walker, pero, con su conducta, se hizo merecedor del calificativo sarcástico de Trump cuando lo llamó "Little Marco". Y el peor pecado de estos tres fue que todos firmaron el compromiso de apoyar al candidato que fuera postulado por el partido. Un compromiso que no era con Trump sino con el Partido Republicano que les proporcionó a todos ellos recursos, información y apoyo durante su aspiración en las primarias.

El aspecto ridículo de la convención fue proporcionado por la ausencia de la vieja guardia del partido, más vieja por sus ideas obsoletas y su resistencia a reconocer la nueva realidad política que por sus años de vida. De hecho, una reciente encuesta del Wall Street Journal-NBC News indica que una proporción considerable del Partido Republicano mira con temor el cambio demográfico donde los negros y los latinos aumentan su presencia en la lista de votantes.

De ahí que muchos analistas hayan destacado el hecho de que, por primera vez en la historia del partido, por lo menos doce senadores, cuatro gobernadores y dos ex presidentes se negaron a asistir a la convención. Es cierto, que nadie negaría que gente como John McCain, Mit Romney y los dos ex presidentes Bush son hombres honorables que, en su momento, sirvieron al partido y a la nación. Pero su conducta obtusa les ha restado considerable brillo a cualquier legado que pudieran haber dejado en su trayectoria por la vida pública.

Todos ellos debieron haber aprendido de la lección que dieron en su momento Franklin Delano Roosevelt, Richard Nixon y Ronald Reagan, el primero de pragmatismo y los otros dos de patriotismo. Esas son las virtudes que separan a los verdaderos servidores de pueblo de los políticos que sólo están interesados en servir sus intereses mezquinos.

Citemos un par de ejemplos. Aunque no ha sido comprobado desde el punto de vista histórico, se dice que cuando sus adversarios atacaron a Roosevelt por aceptar la ayuda de dictadores latinoamericanos durante la Segunda Guerra Mundial, aquel campeón de la democracia no dio explicaciones sino pasó a la ofensiva. Cuando le dijeron que Somoza y Trujillo eran unos "miserables" (usaron una palabra más fea), Roosevelt les ripostó: "Serán unos miserables pero son nuestros miserables". No estaba interesado en ser políticamente correcto sino en confrontar y derrotar el holocausto desatado por Hitler. Con ello, dio muestras del pragmatismo con el que actúan los estadistas.

Los ejemplos de patriotismo nos fueron dados por Richard Nixon y Ronald Reagan. En 1960, el tan maldecido Richard Nixon se comportó como un patriota cuando se negó a aceptar el consejo de sus asesores de demandar un recuento de los votos en unas elecciones que le habían sido robadas por el dinero del viejo inmoral Joseph Kennedy en contubernio con el corrupto alcalde de Chicago Richard Daley.

En la convención republicana de 1976, el patriota Ronald Reagan aceptó su derrota después de perder la primera votación. Terminó abrazado con Gerald Ford y pidiendo la unidad del partido. Con todos sus defectos y limitaciones aquellos hombres se comportaron como patriotas poniendo el bienestar nacional por encima de sus ambiciones personales. Por desgracia, en la última convención republicana no vimos a nadie con las virtudes ciudadanas de Roosevelt, de Nixon o de Reagan. Lo que vimos fue una manada de politiqueros interesados únicamente en promover sus propios intereses.

Dicho todo esto cierro citando un artículo titulado "El Suicidio de un Partido" que publiqué en esta Nueva Nación el 8 de marzo de este año. En el mismo dije: "…el partido que nació predicando la unidad en la convención de Filadelfia de 1856 --donde fue postulado Abraham Lincoln y se vislumbraba en el horizontes una horrenda guerra civil--tendrá la oportunidad de predicar con el ejemplo declarando un alto al fuego en esta sangrienta guerra civil de 2016. Si no lo hace estará cometiendo suicidio y causando un daño irreparable a la nación norteamericana".

Por desgracia se cumplieron mis temores. Además, el incremento de la división de la sociedad norteamericana y de la guerra desatada por el terrorismo islámico contra el mundo occidental ratifican que, lo que dije entonces, ha cobrado mayor vigencia en los últimos meses. De ahí que la opción sea fácil para quien no sea un fanático: Trump o el abismo y el abismo se llama Hillary.

7-27-2016

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