HILLARY RODHAM: HISTORIA POLÍTICA

Por Hugo J. Byrne

“Vamos a quitarles a todos para beneficio del bien común

Frase que no es de Obama ni Galimatías, sino de Hillary Rodham Clinton.

En ocasiones anteriores y mucho antes de que los acontecimientos políticos la pusieran “en el tapete”, estudié y escribí sobre Mrs. Clinton. También sobre la relación intelectual intensa entre esa señora y el modelo social que ha definido su vida académica y más tarde pública. Me refiero al folleto que utilizara en su Tesis de Grado: “Reglas para Radicales” y a su autor, el antiguo picapleitos criminalista reciclado en “activista comunitario” (léase gurú radical), el finado Saul Alinski.

Toda vez que su elección a la presidencia parece posible ahora (mediados de julio del 2016), creo que es importante conocer detalles de su vida. Especialmente algunos que estimo de beneficio a los lectores prestos a votar este noviembre. Este comentario no debe considerarse biográfico. Material no me falta, pero sí espacio y sobre todo, tiempo. Me limito a observaciones de actos que considero relevantes, algunos no muy conocidos.

Para muchos Mrs. Clinton es un misterio, ignorancia que es el real enigma para este servidor: Hillary Rodham es un libro abierto”. Lo era antes de Mónica y “Zippergate” y lo sigue siendo. No es posible escribir sobre Hillary en singular. Su relación simbiótica con su esposo es sólida e indivisible. A estos dos la historia ya los ha unido para siempre. Olvidémonos de Romeo y Julieta, esta sí es una pareja inmortal. Nadie se impresione por Mónica Lewinsky, “Zippergate” y demás travesuras del libertino “Bubba”. Olvidemos incluso la formidable cornamenta de Mrs. Clinton, universalmente pública. Todo eso son fruslerías y no cuentan cuando lo que está en juego es el “bien común”.

Cuando se hizo notorio que el presidente había mentido declarando en público que no tuvo relaciones sexuales con Ms. Lewinsky, se publicó un libro con el título de “The Residence”. Este no se refería sólo a los Clinton, sino a todos los inquilinos de la Casa Blanca incluyendo los tiempos de JFK (más notorio que “Bubba, pero más protegido por la prensa). El libro incluía testimonios de más de cien miembros del cuerpo de servicio. La autora, llamada Kate Anderson Brower, era miembro del panel de corresponsales acreditado a la mansión ejecutiva.

De acuerdo a Brower y en la crónica inicialmente publicada en el New York Post, Bill fue víctima del golpe de un libro lanzado por una Hilaria enfurecida. Mientras arrojaba el proyectil de acuerdo a la reportera, la Primera Dama dedicaba a su cónyuge un vocabulario de cuartel que sonrojaría a un sargento mayor de los marines con 20 años de servicio activo.

En mi criterio, el perjurio y el uso del Oval Office para obtener gratificación sexual durante tiempo pagado por nosotros, debieron merecer inmediata separación del cargo electivo y una adecuada condena carcelaria. No soy santo y me habrían ofendido mucho menos sus diversiones extracurriculares de suceder en privado, fueran con Ms. Lewinsky o con su difunto gato “Socks”. Para empezar, ni nos habríamos enterado y ojos que no ven.

A mi arribo al área de Los Ángeles alquilé un apartamento de un “triplex”. Estaba en el piso superior, contiguo al otro. El tercero estaba en la planta baja, al lado del “car port”. Las puertas de entrada de los dos apartamentos de arriba eran también contiguas, pero en ángulo recto una de la otra y abrían al descanso de una escalera común. Al subir la escalera, mi puerta estaba al frente y la puerta de mis vecinos a mano izquierda.

Desafortunadamente esos vecinos quienes por suerte no duraron, era una pareja que apenas se veía pero que demasiado se oía y se olía: los efluvios de su puerta semejaban a los de un alambique. Los estrépitos nocturnos eran insoportables, evidente producto del alcohol.

Una mañana sentí un ruido ensordecedor de pisadas y golpes fuertes en la pared y el piso. Al abrir la puerta del frente alcancé a ver al vecino corriendo despavorido escaleras abajo, descalzo y sin camisa. Al llegar al nivel de la calle dobló a su derecha como un bólido en dirección al “car port”. Tras él iba su pareja, casi en cueros (y pellejos). La mujer blandía en su diestra una lámpara de mesa la que arrojó con violencia en la dirección del otro. La lámpara explotó sobre los peldaños, cerré mi puerta por precaución y eso fue para mi gran suerte, lo último que supe de ellos.

Vi la penosa escena de aquellos vecinos y por eso puedo contarla en detalles. Sin embargo, durante extensas investigaciones en la vida personal de los Clinton no he visto evidencia documental o concreta de situaciones similares en la Casa Blanca, o en la residencia ejecutiva de Arkansas. La sola palabra de testigos nada prueba.

La esperma de Clinton en el vestido de Lewinsky sí es evidencia fehaciente de “hanky-panky” y de perjurio. No hay prueba similar de las reacciones de la futura Secretaria de Estado, de súbito enfrentada al escándalo. Lo que simplemente no demuestra que esas reacciones no ocurrieran, sólo que no pueden probarse. Para mí eso es suficiente. Al mismo tiempo sobran elementos de juicio prácticos para concluir que tanto Hillary como Bill Clinton son realmente muy deshonestos y no merecen mínimo crédito. Sigo los acontecimientos públicos muy de cerca y tal como Obama, esta pareja se atribuye logros ajenos, anteponiendo su mercenario interés político y personal al de Estados Unidos.

Ejemplo de ello fue la bonanza económica por los superávits de presupuestos que siguieron a la merecida debacle parlamentaria demócrata de 1994. Bonanza que tuvo su origen en los trabajos del congreso presidido por Newt Gingrich, forzando la mano de Clinton en materia de reforma fiscal y programas de bienestar social. Esto provocó el eterno resentimiento de Hillary, partidaria mesiánica de la expansión exponencial de poderes ejecutivos, a expensas del parlamento. He aquí la diferencia básica entre Hillary y “Bubba”.

Por el contrario Bill, camaleón político por antonomasia, se atribuyó el crédito económico del congreso de Gingrich y con la ayuda servil de los gacetilleros en la prensa mantiene esa falacia como si fuera una realidad hasta nuestros días:Los tiempos del gobierno grande se terminaron afirmó entonces con la cara bien seria.

Ahora, la esposa del ex militante radical que marchara en la Plaza Roja (Soviética) en Moscú en contra de su patria, recita exactamente lo contrario. Su cónyuge la respalda sin condiciones. ¿Sorprendente? No. De los dos es ella la única “true believer”.

En su ceremonia de graduación (Wellesley College-1969), fue Hilaria quien pronunció el discurso de apertura. Era la primera vez que algo semejante sucedía en ese plantel y tampoco debe ser sorpresa, pues la doña es inteligente y ambiciosa a niveles patológicos. Las raíces de su desfachatez también están parcialmente relacionadas a su formación mesiánica en la fe evangélico-bautista.

Por eso se considera predestinada e intocable. Practica la religión del estado supremo, noble, proveedor e infalible. ¿Nadie ha oído un pregón colectivista desde el púlpito? ¿Nadie sabe la historia de un estado divino-secular establecido por el “Fascio” y heredado por el “Peronismo”? ¿Nadie conoce al “National Council of Churches”? Hillary “se sabe de alma buena”, por predicar el evangelio llamado “liberalismo” norteamericano. Todo debe perdonarse en ella porque… tiene “buenas intenciones” y esa es la quinta esencia de la religión “liberal” norteamericana.

Una combinación ominosa de populismo y mesianismo caracteriza a Mrs. Clinton, pero cuando unió sus destinos materiales al histrión amoral de su esposo consumó el matrimonio político más formidable de la historia de Estados Unidos. Su derrota por Obama en el 2008 fue para ella sólo una molesta aberración temporal que acontecimientos posteriores eventualmente borrarían.

Antes de su matrimonio con Bill Clinton Ms. Hillary Rodham tuvo por lo menos un tropiezo mayor. Fue expulsada de la Comisión del congreso que investigaba el escándalo de “Watergate”. ¿Por qué? Faltas a la ética. ¿Tiene Hillary una veta maquiavélica? No. Su modelo no es el del burócrata florentino del siglo XVI, sino el de un teórico nihilista-marxista-revolucionario del XX. Mucho antes, en el verano de 1971 y a los 23 años de edad, la futura Mrs. Clinton vivía en Berkeley Ca. Tal como su futura rival Mónica, Hillary trabajaba allí como “interna” en la firma de abogados izquierdistas Treuhaft, Walker y Burnstein. Entre los clientes de la firma se contaba el original “Black Panthers Party” junto a otros varios grupos radicales de la misma orientación. El 8 de julio de 1971 Clinton escribió una carta a Alinsky por correo aéreo. La misiva se iniciaba textualmente: “Querido Saul: ¿Cuándo va usted a publicar su nuevo libro “Reglas para Radicales”?, ¿O ya lo publicó y no me enteré? Necesito nuevo material ideológico, pues el que tengo ya lo he usado por la milésima vez” (traducción libre”).

Mrs, Clinton adquirió notoriedad antes de “Zippergate” desde la Casa Blanca en su maternidad malograda de “Hillarycare” y su afán por la publicidad. Desatinos como culpar la promiscuidad de “Bubba” en una imaginaria “vasta conspiración derechista” y manejos ilegales como la notoria “Fundación Clinton”, su tratamiento irresponsable de documentos secretos y el desalmado “cover-up” de sus sangrientos fracasos en la Secretaría de Estado llevan su firma indeleble. No creo que Mrs. Clinton sea una mentirosa compulsiva: miente sólo cuando lo necesita. Hasta ahora se ha salido con la suya. ¿Me equivoco? Una estela escandalosa sigue los derroteros históricos de los Clinton, como la espuma de las olas sigue los cruceros turísticos por los siete mares, como el caldero sigue a la soga, como la noche al día.

Por quien votaré en noviembre si aún estoy por estos lares, es mi asunto privado y el de cada uno de los amables lectores. Pero puedo garantizarles sin embargo que no votaré a Mrs. Clinton. Más bien la botaría si pudiera.

 

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