LA VEJEZ

Por el Rev. Martín N. Añorga

Hace algunas noches me encontré en una funeraria con una compañera de mis días de estudiante en “La Progresiva” de Cárdenas. “Estás igualito”, me dijo. Me quedé mirándola, y le contesté: “¿Tan mal estaba yo hace cincuenta años?”.

Para muchos la edad avanzada es como una carga que hay que disimular. Le tenemos horror a la vejez. Esa es la razón por la que abundan tantas clínicas de cirugía plástica en nuestro entorno y hay tantos salones de belleza que les roban años a las mujeres y les cambian a los hombres la blancura de las canas por un cabello color azabache, sin mencionar aquellos a los que les insertan una peluca en la desértica sabana producida por la impía calvicie. Evidentemente, como dijo Mark Twain, “la edad madura es aquella en la que todavía se es joven, pero con mucho más trabajo”.

El envejecimiento es un proceso natural de desgaste asociado a la acción del tiempo. Todo ser vivo nace, crece, se desarrolla, se reproduce, envejece, y muere. A lo largo de la historia la duración de la vida humana se ha extendido. Hace diez mil años el hombre no solía pasar de los veinticinco años. Harvey Allen, autor estadounidense (1889-1949), escribió estas palabras en una de sus novelas: “crece tan rápido como puedas. Es beneficioso. El único tiempo en que usted vive completamente su vida es de los treinta a los sesenta años”. En La Biblia se afirma que “los días de nuestra vida llegan a setenta años, y en caso de mayor vigor, a ochenta años. Con todo, su orgullo es sólo trabajo y pesar, porque pronto pasa, y volamos”. No obstante, nos encanta lo que dice Chauncey Depew, ex senador estadounidense fallecido a sus 93 años, “la edad no es cuestión de años que se suman, sino de experiencias positivas que se disfrutan”.

Ciertamente, sin embargo, la vejez no es fácil, sobre todo en Estados Unidos. Cuando llegamos a viejos -aquí suelen decir que la tercera edad se marca a partir de los 65 años-, viene la jubilación (el desempleo forzado con una mínima compensación), en muchos casos la soledad en un hogar que ya no es nuestro y del que no podemos salir sin autorización de aquéllos que antes estaban para obedecernos. Si nos falla la salud y el sentido común se convierte en menos común, nos amenaza el “home” donde uno suele sentirse como si estuviera en la antesala del cementerio. Nada nos hace envejecer con más rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos, por lo que queremos afirmar que hay que aprender a vivir la etapa de la vejez, disfrutándola. Dada la alternativa, no hay cosa mejor que estar vivos.

El secreto es llegar a viejo, pero sin envejecer. Sabemos que la vejez es la época de las medicinas, de la visita a los médicos, de la frugalidad en los alimentos y la dificultad para los movimientos. A algunos se les imposibilita conducir un automóvil. Conozco a un anciano que me confesó: “antes, cuando manejaba, no podía mirar a las muchachas en la calle. Ahora no me importan los caminos sino las que caminan”. Ciertamente, la vejez puede disfrutarse. No se paga en los autobuses, se recibe un 15 o un 20% de descuento en casi todos los restaurantes, se paga la mitad de la entrada en los cines, y nos alcanza el tiempo para ver televisión, hablar con los amigos o dormir la siesta.

Es increíble que a estas alturas los sabios no se hayan puesto de acuerdo para explicarnos por qué y cómo se produce el envejecimiento. Hay, incluso, los que han dividido nuestra edad. Tenemos, para algunos, la biológica la psicológica y la social. Otros hablan de niñez, adolescencia, adultez y vejez. Pero a fin de cuentas la meta es llegar a disfrutar tantos años como podamos, de la mejor manera que podamos.

Lamentablemente con el aumento de la edad comienzan los riesgos de las enfermedades: la artritis, los problemas digestivos y cardiacos, las caídas, los dolores de espalda, la escasez de audición y de visión y hasta los trastornos de la memoria, por lo que una persona, ya de edad ligeramente avanzada, debe disfrutar de las mejores cosas de la vida, antes de que lleguen como dice La Biblia, “los malos tiempos”.

La vejez es la mejor etapa de la vida para gozar de los recuerdos. Alguien dijo que a sus años gozaba pensando en las cosas que hizo, pero que, recordando, lamentaba las que pudo hacer y no hizo. A veces, sin embargo, los recuerdos no se acomodan como las piezas de un rompe cabeza y nos conformamos con inventarlos.

Hoy día tenemos la mala costumbre de diagnosticarle el Alzheimer a cualquier persona mayor que sufre olvidos, o se desorienta o habla desordenadamente. Debemos recordar que la mente de un octogenario no trabaja con la misma eficacia como la de un hombre de cincuenta. No podemos pedirle a un Ford del “40” que ande igual que un Mercedes Benz del 2013, ¿porqué, pues, vamos a exigirle a nuestros mayores un determinado grado de normalidad cuando la vida le ha ido robando atributos y recursos?.

Algo que me molesta es ver que les hagan bromas a las personas de edad. Hay individuos que creen que las divierten con burlas o chistes de mal gusto. Se puede ser agradable y simpático sin entrar en el campo de la vulgaridad o la ofensa. A los ancianos (no me gusta la palabra, y por cierto, va entrando en desuso), hay que respetarlos, admirarlos y agradecerles.

Para terminar este trabajo voy a compartir un decálogo que he compuesto para que nos orientemos en nuestro trato con las personas mayores de edad, los de la familia y con todos los que tratemos:

(1) – Da gracias a Dios por los viejos. Ellos nos han antecedido para dejarnos el disfrute de todo lo que existe.

(2) – Complácelos, A las personas mayores les encanta que las atiendan. Ignorarlas es una manera de ofenderlas.

(3) – Préstales atención. Si te hablan, escúchales y respóndeles. A veces un viejito a solas se pasa el día sin pronunciar palabra.

(4) – Déjalos interactuar con los niños. Privar a los anciano de contacto con sus nietos o con los niños en general es hacerles creer que son repulsivos.

(5) – Permíteles y provéeles alguna actividad: andar con las plantas, cuidar de los animalitos, preparar algún alimento. En fin, dales la oportunidad de que se sientan útiles.

(6) – Invítenles, aunque sea ocasionalmente, a que les acompañen a algún lugar: sencillamente a pasear, o a un restaurante o a hacer una visita.

(7) – Hay varias agencias que proveen programas recreativos y de entretenimiento. Algunas disponen de transporte y ofrecen meriendas y almuerzos. Investigue donde haya una e inscriba a las personas mayores de su familia.

(8) - Cuando tengan que dejar a las personas mayores en la casa entréguenles un teléfono celular.

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image