OBAMA Y LA MASACRE DE ORLANDO

Por Hugo J. Byrne

Detesto a Obama. No hay ninguna otra forma honrada de describir mi desprecio por el tipo. Nunca he tenido peor opinión de un inquilino de la Casa Blanca como hasta ahora. Tengo ya casi 55 años residiendo en Estados Unidos y creo que no soy tan difícil de complacer políticamente. Sé que la perfección es inalcanzable y nadie en su sano juicio aspira a lograrla.

De Obama sólo aspiraba a que cumpliera el solemne juramento que hizo a América el día de su investidura presidencial en enero del 2009. Ese día Obama puso su mano izquierda sobre la Biblia y con la palma derecha en alto prometió obedecer, proteger y preservar la constitución de los Estados Unidos. Como todos los ejecutivos antes que él, Obama recitó ese juramento repitiendo las palabras del Presidente de la Suprema Corte de Justicia, quien las leyó durante la ceremonia habitual de cada cuatro años.

Además de actuar como si ese juramento fuera nulo, Obama ha tratado activamente de subvertir la ley fundamental, abrogándose potestades para las que no está capacitado legalmente. Por lo menos en una ocasión una corte federal ha desautorizado un decreto de Obama sobre inmigración, aduciendo inconstitucionalidad.

Desde su primera inauguración y aún durante su campaña inicial, el entonces Senador por Illinois ha actuado como quien se cree ungido por la razón en todo. Obama tiene una desmesurada opinión de sí mismo y le gusta imponer su criterio aunque este sea nocivo al país. A diferencia de Reagan, quien siempre buscaba algún entendimiento con un congreso adverso, Obama reúsa concilio y como el resto de los ideólogos del estatismo no desea escuchar, sólo ser oído y obedecido.

Por otra parte, la evidencia histórica es irrefutable de que la democracia puede conducir y a menudo lo hace, al caos y a la tiranía, cuando los votantes no se percatan de que el sufragio es un instrumento delicado. En la historia contemporánea hay muchísimos ejemplos de tiranos, incluso tiranos totalitarios, electos democráticamente. En América, Getulio Vargas, Perón, la tiranía casi colegiada del PRI en Méjico (hasta la elección de Fox) la de Chávez en Venezuela, quien nos legó varias excretas, como el analfabeto venezolano Maduro, además del “Indígena de la frente amplia” de Bolivia, Evo Morales y el borrachín pedófilo de Nicaragua, Daniel Ortega. Eso sin contar a los marxistas tradicionales con disfraz liberal, como Cheddi Jagan de Guayana y Salvador Allende de Chile.

En Europa basta mencionar a uno: Adolph Hitler. Hitler tiene más de cincuenta millones de muertos en su haber, junto a la total destrucción de Europa, especialmente de Alemania y aún peor: Hitler causó el maligno avance de un macro estado totalitario como la Unión Soviética, la que surgiera como superpotencia sólo como resultado de la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Empero, este energúmeno fue electo Canciller de Alemania por vía democrática.

Consideremos ahora la reacción de Obama ante el ataque previsible de un asesino musulmán contra una discoteca de homosexuales con el horrendo saldo de 49 muertes inocentes más la del criminal atacante, cuyo deceso hubiera ocurrido en mejores auspicios al nacer. ¿Dijo algo diferente Mr. Obama? Yo creo que sí. Abrumado ante la evidencia, Obama admitió desde el principio que esta vez se trataba de un ataque terrorista. Eso suena bien, pero su admisión de la verdad llega ahí y ahí termina.

Analizando este crimen, ¿fue consistente Obama con sus comentarios sobre anteriores actos de terror? También. De Obama no podía esperarse otra cosa que no fuera culpar a quienes defienden su derecho constitucional a poseer y, de ser imperioso, usar armas en defensa propia. En esto Obama siempre muestra una admirable consistencia. Nunca ha despreciado la oportunidad de avanzar su ideología estatista a expensas de nuestros fueros y del futuro de nuestros hijos.

Por supuesto hay muchos órganos de prensa quienes de una u otra forma se solidarizan con Obama en esta ofensiva contra los derechos ciudadanos por los que los arquitectos de nuestra república sacrificaron tanto. De hecho sus filas se nutren con nuevos adeptos a la causa del desarme de la población civil. Un novel abanderado de esa innoble causa es nada menos que Bill O’Reilly. Le garantizo al lector que el “No spin Factor” no está defendiendo nuestros intereses.

O’Reilly afirma que “para mantener vigente la segunda enmienda de la constitución no es necesario poseer un arma automática, un mortero o una granada de mano”. La implicación es que en nuestra época es legal la adquisición de semejantes armas por parte del público. Apuesto a que Mr. O’Reilly sabe de sobra que eso no es cierto. Si no lo sabe es una gran negligencia de su parte insinuar lo contrario, lo que ha hecho ya tres veces. Desde 1936 la ley prohíbe adquisición o posesión de armas automáticas por la población civil en Estados Unidos y sus territorios de ultramar. La razón fue que durante la lucha contra los pandilleros del crimen organizado en los años treinta, estos poseían un arsenal superior al de las fuerzas del orden.

Existen más de 22,000 diferentes leyes federales regulando la compra y tenencia de armas de fuego en Estados Unidos. No sé cuántas leyes estatales restringen su adquisición. Los criminales no obedecen la ley. Ninguna ley. Sus armas no se compran legalmente, son producto del mercado negro o del robo. Illinois es el estado con las más estrictas leyes de control de armas de fuego en Estados Unidos, pero Chicago es la capital del asesinato, con más muertes por arma de fuego cada semana que en Afganistán. Si creen que exagero, busquen las estadísticas del FBI. Verán que en Wyoming 59.7% de los residentes poseen armas de fuego y este estado es el último en incidentes criminales en los que se usan esas armas en Estados Unidos.

La reciente masacre en un mercado de París hace pocos meses arrojó un saldo de 130 muertes aunque las leyes francesas desde hace muchos años prohíben la posesión de armas de fuego a la población civil. La primera vez que visité Londres a mediados de los años ochenta, la policía no portaba armas de fuego y su posesión por ciudadanos comunes era limitada, pero legal. Hoy en día ningún civil puede poseer ni siquiera un revólver calibre .22 en ninguna parte de Gran Bretaña, pero casi todos los “Bobbies” portan pistolas semiautomáticas de 9mm.

La diferencia física entre un arma automática y otra semiautomática es que la primera es capaz de tirar ráfagas hasta vaciar el magazine, mientras que la otra dispara sólo una bala cada vez que se aprieta el gatillo. No importa que se trate de un revólver de doble acción, una pistola, un rifle o una escopeta.

De aquí la desinformación avanzada por muchos mentirosos profesionales, como la ex Secretaria de Estado y antigua Senadora Clinton, su esposo, el ex presidente “Bubba”, el Senador Schummer, las Senadoras Frankenstein y Bóxer, las tres magistrados de la Corte Suprema, la Secretaria de Justicia, etc.

Aquellos rifles que pueden tirar en ráfaga gracias al mecanismo llamado “selector” de tiro, son los únicos propiamente llamados “rifles de asalto” y sólo pueden usarse por las fuerzas armadas o por la policía. El original rifle de asalto en el U.S. Army fue el venerable BAR (“Brawning Automatic Rifle”) el que se usara extensamente durante la Guerra Europea de 1918., la Segunda Guerra Mundial y la campaña de Corea. Cuando serví en el U.S. Army en Ft. Jackson, S. Carolina (1963) fui entrenado en el uso del BAR y clasifiqué con él en la categoría de experto.

 

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