LA DESCONFIANZA

Por el Rev. Martín Añorga

Un viejo profesor en los ya lejanos días de la juventud me dio este consejo: “atiende a los demás, los conozcas o no, como amigos hasta el día en que demuestren ser tus enemigos”. No sé cuántos años han pasado, pero sé que era otro mundo. En el que vivimos hoy el consejo sería éste: “mira como enemigos a los demás hasta que te asegures de que pueden llegar a ser tus amigos”.

Estamos en una sociedad donde prima la desconfianza. “¡Qué bien estaríamos sin el temor de ser engañados!”, dijo el novelista francés Jules Renard; pero el problema es que no podemos echar hacia atrás la rueda del tiempo. ¿Quién se acuerda del estanquillo de venta de periódicos instalado en la calle Flagler, en el que usted podía comprar su diario depositando unas monedas en un platillo colocado en una de las esquinas de la mesita, sin que hubiera alguien vigilando la operación? Si eso sucediera hoy ni la mesita ni los periódicos, ni las monedas sin que haya quien esté a cargo, desaparecerían en un abrir y cerrar de ojos. No puede confiarse en la honradez de otros sin verificarla previamente. Esa es una ley moderna insertada en nuestro actual estilo de vida.

Continuamente me doy cuenta de que realmente estamos invadidos por el mediocre sentimiento de la desconfianza. Hay varias ideas que pudiéramos exponer para explicarnos tan lamentable fenómeno. Primero, pensemos en el súbito aumento de la población en una sociedad como la nuestra. Somos tantos que es evidente la posibilidad de que entre tantos haya más delincuentes que cuando éramos pocos. Los pueblos pequeños, donde todos los vecinos se conocen y comparten experiencias comunes generalmente son de personas confiadas. Seguramente muchos de nosotros, los que vivíamos en zonas rurales de Cuba, y pongo el ejemplo porque soy cubano, recordamos nuestras casas con las puertas abiertas y nuestros portales sin rejas para todo el que quisiera cruzarlos. Sé que eran otros tiempos, por lo que a veces me refugio en la añoranza de los versos de Jorge Manrique, “Coplas a la Memoria de mi Padre”, cuando dice que “a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Otra posibilidad que apunta hacia el incremento de la desconfianza es la del decaimiento de los valores morales. Nuestras sociedades del presente han sido impunemente atacadas con un proceso de continua desmoralización. Un ejemplo palpable está en los medios de difusión pública, en especial la televisión. A las horas en que se supone que los niños y adolescentes estén en sus hogares las pantallas de nuestros televisores se convierten en escenarios casi pornográficos. Los impúdicos desnudos, los chistes manchados y los temas a tratar son solariegos. Cuando se fragmenta nuestra concepción de la decencia se deteriora nuestro comportamiento social, siendo la desconfianza un subproducto de tal deterioro.

Yo recuerdo las noches en que padres e hijos disfrutaban de las novelas, románticas, sencillas y edificantes. Hoy día son la exaltación de “señores” de la droga, la exposición de la violencia en todo su furor y las tramas de adulterios y engaños perversos. La televisión es una cátedra que promueve la práctica de la desconfianza.

Vivimos en la época de los maravillosos adelantes técnicos. El uso de los llamados “teléfonos inteligentes” y de las llamadas “tabletas” (“I pads”), que debieran ser una forma de comunicación eficiente y agradable se han convertido en armas peligrosas. Los adultos se empeñan en advertirles a los menores que desconfíen de mensajes de desconocidos, que se abstengan de dar informaciones personales y que no acepten propuesta alguna por maravillosa que les parezcan. Nuestra desconfianza promueve las tácticas más sutiles del engaño, por lo que debemos estar siempre alertas y en guardia frente a los que pretendan convertirnos en víctimas de sus fechorías.

No tenemos, sin embargo, que caer en el vacío de desconfiar de todo el mundo. El desconfiado absoluto suele ser arisco, antipático y desestimado; pero eso sí, tenemos que aprender, sin prejuicios dolosos, a identificar a aquellos que merecen nuestra confianza y nuestra amistad. San Juan de la Cruz nos comunica un interesante pensamiento: “no sospeches mal de tu hermano; porque este pensamiento quita la pureza del corazón”.

Es saludable vivir entre personas en quienes confiamos. Cicerón, siglos hace, acuñó estas sabias palabras: “los que separan la amistad de la vida parece como que arrancan el sol del mundo”. Saber escoger las amistades y saben conservarlas y engrandecerlas despojan de la sombra de la desconfianza la lucidez de sus sentimientos.

Finalmente queremos señalar el hecho de la importancia de la vida religiosa. Para disfrutar de amable compañía, de seguridad y tranquilidad no hay otro escenario que supere el de la confraternidad cristiana en el seno de la iglesia. No dudamos de que haya asociaciones en las que la confraternidad es pura y edificante; pero alojamos el temor de las pandillas, los grupos que se forman alrededor de planes impropios y las relaciones indebidas entre individuos propensos al mal.

Una vez oí este consejo: “desconfía y acertarás”. Quizás haya una pizca de verdad en el mismo; pero nuestra primera impresión del prójimo debe esforzarse en ser apropiada. ¡Cuántas veces hemos descubierto, después de una primera impresión subjetivamente negativa a grandes amigos y compañeros! Un curioso incidente bíblico tiene que ver con el rey David, de quien unos acompañantes dieron este testimonio: “hace más de un año que estás con nosotros y desde el primer día en que te nos uniste no hemos visto nada que nos haga desconfiar de ti”

Al hablar de la desconfianza debemos recomendar que jamás nos portemos de forma tal que provoquemos que los demás desconfíen de nosotros, porque si molesto es tener que desconfiar de alguien, mucho peor es que hagamos que otros desconfíen de nosotros.

Refiriéndonos a mis amigos lectores termino este modesto trabajo haciendo mías las nobles palabras del Apóstol Pablo: “en cuanto al amor fraternal, no necesitan que les escribamos, porque Dios mismo les ha enseñado a amarse unos a otros”.

 

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