EL RETIRO

Esteban Fernández

Comienzo por decirles que a mí el retiro me sabe a gloria principalmente porque tengo a mi nieto Jaxon para jugar tres horas al día con el dominó cubano que me regaló Hugo Byrne.

Si usted es una persona totalmente feliz con su empleo actual o con el trabajo que desarrolló antes de su retiro entonces este escrito no es para usted. Este es para los que fuimos magníficos empleados pero nunca disfrutamos de los trabajos desarrollados. Conozco personas que están (o estaban) más contentas en sus centros laborales que en sus casas. Ese nunca ha sido mi caso.

Cuando la gente se entera que uno está jubilado la pregunta de rutina es: “Oye, que aburrido debe ser estar desocupado por el resto de la vida ¿qué tú haces con todo ese tiempo libre que tienes ahora?" Los americanos contestan a eso diciendo: “Oh, me compré un truck camper y cada vez que tengo un chance me voy de viaje con mi mujer, vamos a Oregon, a Kansas City, al Gran Cañón del Colorado, visitamos a nuestra hija que vive en Nevada, me voy de cacería, de pesquería, de camping” etc.

Mis respuestas son mucho más sencillas pero contundentes y sorpresivas. Yo digo: “Bueno, simplemente hago que lo me da la gana y no hago nada que no quiera hacer”... Estar completamente inactivo sin que nadie pueda llamarnos "vago" es una verdadera bendición de Dios.

Y agrego: “Yo disfruto extraordinariamente de mis catarros invernales, esos que me han dado a mí durante toda mi vida”... Y algunos me rebaten: “Tú estás loco, chico, los catarros son iguales de incómodos, trabajes o no trabajes”.

De eso nada monada, cuando uno está empleado se sufren los achaques de dos maneras diferentes. Una, encima de las molestias de la enfermedad, tenemos que -bien temprano- informar al jefe inmediato diciéndole lo mal que nos sentimos. El jefe se comporta de dos formas: una, condescendiente y haciéndose el bueno nos dice: “O.K. no se preocupe, quédese unos días en la casa, y ojalá se mejore pronto”. Eso de “no se preocupe” es imposible porque uno es una persona responsable de su trabajo y encima de eso siempre nos cae la duda de perderlo.

La otra forma de actuar del supervisor es no creer que uno esté enfermo, cambiar el tono de voz y hasta exigir que uno se presente a trabajar inmediatamente. Y si trabajar es malo mucho peor es trabajar enfermo porque normalmente ni los clientes ni los compañeros de trabajo, y mucho menos los jefes, se conduelen de nuestros estornudos, ronquera y fiebre. En la actualidad al primer dolorcito de garganta me voy para el Market, me avituallo de comida, de líquidos, sobre todo jugo de naranja, y me acuartelo hasta que me sienta completamente recuperado y bien. Tylenol, televisor, vitamina C y lo único que me falta es mi mamá para que me haga, y me dé, sopa de pollo.

Si a las siete de la mañana miro por la ventana y observo que está cayendo un tremendo aguacero con truenos, relámpagos y hasta rayos, me sonrío y vuelvo a dormirme pensando en lo dichoso que soy que no tengo que vestirme, abrigarme y salir de la casa, ni montarme en el auto e irme a camellar. Y si hubiera vivido en un lugar donde nieva entonces sí hubiera sido un suplicio. Mucho que sufrí yo simplemente con las neblinas en la carretera a las cinco de la mañana rumbo a Culver City.

Y sin extrañar a los odiosos tranques en el Freeway atestados de carros, bumper to bumper, con conductores agresivos y pedantes queriendo siempre dar bravas y evitando constantemente ceder el paso. Y hoy en día como no tengo la obligación de ir a ninguna parte les huyo o si por error me meto en uno de ellos salgo en la próxima salida, me río y regreso a mi hogar.

¿Ustedes nunca han pasado en sus autos por el banco donde hay un montón de trabajadores con sus maletitas de lunch esperando las guaguas para irse a trabajar y piensan: "¡Trabajen duros, muchachos, que ya yo trabajé por 45 años!"?

Nada produce más felicidad que no tener que escuchar decir cosas insultantes como que: “La compañía no está haciendo los millones de dolares que estaba supuesta a ganar” Y la amenaza constante de que “no quedará más remedio que darles “layoff” a cientos de empleados”. Y como “la soga invariablemente quiebra por lo más delgado” siempre botan a la gente de abajo nunca a los grandes gerentes que ganan más de 100 mil dolares al año y no hacen absolutamente nada, se quedan en hoteles de cinco estrellas y comen en restaurantes de lujo. Esos son intocables, a esos nunca los despiden ni se retiran, están ahí hasta que tienen 75 años. La verdad que nadie dice es que despidiendo a uno solo de ellos se pudieran salvar 100 empleos.

Otra gran ventaja de la jubilación es no tener que hablar con compañeros de trabajo con los cuales no tenemos nada en común que se pasan todo el tiempo hablando de football y de que el viernes se van a reunir a jugar a las cartas y tomar cervezas.

Qué gran alegría la de no tener que escuchar más todos los lunes la desagradable pregunta de: “How was the week end?” Y que no nos entiendan cuando les decimos que: “Fuimos a una junta del Círculo Güinero” o a “un acto de la Brigada 2506 conmemorando el 17 de abril del 61”.

Y que conste, para que nadie se equivoque con este escrito: siempre fui un trabajador ejemplar, puntual, muy pocas veces falté a mi trabajo, respetuoso de las reglas, discreto a la hora de implementar las ordenes y obediente al recibirlas y a veces pienso que si hubiera sido un vago y un descarado extrañaría más mis años laborales. Es más, a lo mejor todavía estuviera laborando y tirando majá.

 

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