HOMENAJE A LA LIBERTAD COMERCIAL

Por Hugo Byrne

 

Aunque no se sabe la fecha exacta, Adam Smith nació en un pequeño poblado de Escocia llamado Kirkcaldy, en 1723. A la edad de 14 años inició sus estudios en la Universidad de Glasgow beneficiado por una beca. Smith quedó huérfano

de padre desde muy joven y fue criado por su madre. El joven escocés se graduó después de la prestigiosa universidad de Oxford, con una especialidad en Literaratura. Desde temprana edad Smith demostró una capacidad de análisis extraordinaria. 

 

En contraste con el estereotipo del frío, eficiente individualista con que los proponentes de la economía regimentada tratan de estigmatizar a quienes desdeñen sus ruinosas teorías, una preocupación fundamental de Smith era la caridad, la que sólo concebía cómo individual y voluntaria. Sin embargo, Smith enfatizó en sus obras que la prosperidad no es consecuencia de la buena voluntad, sino del trabajo inteligente y del esfuerzo individual por avanzar el interés propio.

 

Para Smith, aquel quien gana dinero a través de su labor se beneficia a sí mismo, pero además, sin que eso sea necesariamente el objetivo de su esfuerzo, beneficia a la sociedad mediante la producción de algo de valor para otros en un mercado de competencia. Esta consecuencia fundamental del mercado libre fue enunciada en su obra “Riqueza de las naciones”, su trabajo de mayor envergadura y a través del cual es conocido universalmente.

 

Cuando Adam Smith regresara a Escocia en 1751 fue sucesivamente galardonado con la dirección de las Cátedras de Lógica y al año siguiente de Filosofía Moral de la Universidad de Glasgow. Sin embargo, su ambición intelectual no se sació con la vida académica y en 1764 aceptó empleo como tutor del Duque de Buccleuch, junto a quien viajó extensamente por otras naciones de Europa, como Francia y Suiza. Smith se relacionó durante esos viajes con otros europeos considerados notables en esa época, como Voltaire y Rousseau. 

 

Su tutoría de Buccleuch fue compensada considerablemente y ese capital fue usado por Smith para retirarase a su aldea natal. Fue durante su retiro en Kirkcaldy que escribió su famosa “Riqueza de las naciones”, la que significativamente fue publicada en el mismo año en que se firmara la Declaración de Independencia de los Estados Unidos.

 

En 1778 Adam Smith fue designado Comisionado de Aduanas, posición desde la que combatió la práctica del contrabando, a pesar de haber defendido como legítima esa práctica en sus obras, en los casos en que la ley ignora las más básicas necesidades humanas. Utilizando el más racional de los argumentos, Smith defendió la justicia de las jerarquías salariales. Para el filósofo-economista escocés la práctica de un oficio o profesión más difícil de aprender, debe ser compensada más que otra que presente menos dificultades. De otra manera, recalcó Smith con irrebatible lógica, los individuos evitarían esa profesión u oficio en perjuicio de la sociedad en general.

 

Se ha dicho del griego Aristóteles que fue el padre del pensamiento moderno y que todos los filósofos desde su tiempo sólo han debatido marginalmente sus conclusiones, utilizando los fundamentos y las premisas establecidas por él. Si aceptamos eso, otro tanto se le podría atribuir al profesor escocés en el reino de la economía.

 

Pionero de la libre empresa y la libertad de mercado, la contribución de Adam Smith a la ciencia económica no tiene paralelo. Todos los economistas que lo sucedieron, incluso aquellos que infructuosamente trataron de desvirtuar algunas de sus premisas, se vieron en la necesidad de basar sus tratados en parámetros espablecidos por Smith. Eso incluye por supuesto a Marx y a Keynes.

 

Hace unos días tuve que contemplar el repulsivo espectáculo de una demostración comunista que durante horas laborales interrumpía el tránsito de la ribera norte del Támesis, a un lado del edificio del Parlamento, justamente antes de llegar al puente de Westminster. Eran sólo unos doscientos a trescientos agitadores con banderas rojas y altoparlantes a las cuatro de la tarde en el mismo corazón de Londres, el que estaba virtualmente invadido por los turistas. Ante la obvia tolerancia de la policía que los acordonaba y en medio de un calor sofocante, hicieron que el tráfico demorara más de una hora en recuperar su velocidad cotidiana.

 

Entre la hoz y el martillo y las pancartas del mismo tenor, alzaban una tela en la que se leía “el capitalismo ha fracasado”. Los marxistas aparentaban estar bien alimentados y vestidos. Pero la contradicción al anuncio en la tela no terminaba allí. No había visitado Londres desde agosto de 1986. En esa oportunidad recuerdo haber caminado a lo largo del puente de Westminster y tomado fotos del Parlamento y el “Big Ben” sin dificultades ni tropezones con una discreta cantidad de otros visitantes. Ahora el puente estaba abarrotado de ambos lados y los comercios no se daban abasto sirviendo a la clientela. La crisis que sofoca a Europa y América no parecía afectar la vida económica de la zona.

 

El capitalismo no ha fracasado. La realidad que enunciara Adam Smith, quien pasó a la historia en 1790, aún permanece sólida e indebatible. Los que sí han fracasado son los déficits presupuestarios de la socialdemocracia, insolvente, injusta y ruinosa hija bastarda del marxismo. 

 

 

 

 

 

       

 

 

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