MEMORIAL DAY

Hugo J. Byrne

Dedicado al recuerdo de todos quienes sacrificaran sus vidas en el sagrado altar de la libertad.

“Mantenemos que estas verdades son evidentes, que todos los hombres son creados iguales y que han sido dotados por su creador con ciertos derechos inalienables, entre ellos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Segundo Congreso Continental, julio 4 de 1776.

La Declaración unánime de Independencia de los primeros trece Estados de la Unión Americana, utilizó un orden lógico definiendo a la vida como el primero entre esos tres derechos intransferibles. Es evidente que sin vida no es posible disfrutar derecho alguno. Por ello es que debemos tanto a quienes ofrendaran la existencia misma para que pudiéramos vivir en libertad y para que sus hermanos de armas sobrevivieran.

Esa tradición de sacrificio por los principios forjó esta nación en la que he vivido las tres cuartas partes de mi vida, a la que amo tanto como a mi tierra natal y por cuya presente declinación sufro mucho. El derecho es patrimonio exclusivamente individual. Este es un tema en el que insisto consistentemente.

A pesar de lo cual, reconozco que también existe en el hombre libre un sentimiento protector hacia su familia y a la sociedad en la que vive, porque ellas son extensiones de la primera. Eso se define como amor patrio.

A continuación haré una descripción abreviada del heroísmo de tres individuos los que en mi criterio merecen ser recordados hoy entre los veteranos que sacrificaran todo y dedicaron sus vidas al ideal de libertad que mantiene enhiesta la dignidad y la hombría de bien: lo hago por rango militar, desde el humilde soldado raso hasta el General al frente de la tropa. Los dos primeros, americanos y el tercero, cubano.

El reservista, private George Phillips, miembro del Segundo Batallón, Regimiento 28 y División Quinta de la Infantería de Marina de Estados Unidos hizo realmente algo que después hemos visto muchas veces en películas de guerra con soldados de ficción. Fue el 14 de marzo de 1945 y su unidad recién había rechazado un ataque suicida con granadas de mano de la infantería japonesa durante un encuentro en Iwo Jima, batalla que he cubierto desde esta columna.

Philips se encontraba como centinela, parado en su hueco de zorra (“fox hole”) en el perímetro mantenido a sangre y fuego por los marines del Regimiento 28 el día anterior. Sus compañeros estaban descansando exhaustos del incesante combate.

De repente el centinela sintió el inconfundible ruido de una granada de fragmentación golpeando el terreno inmediato. Ignorando totalmente su propia seguridad el private Philips gritó alertando a los otros marines, lanzándose sobre la bomba. Philips pereció justamente cuatro meses antes de cumplir 19 años de edad, protegiendo a sus compañeros con el sacrificio de su vida. Por su comportamiento heroico más allá del llamado del deber, el private George Philips fue honrado póstumamente con la Medalla de Honor.

El Capitán Piloto de la Infantería de Marina Henry T. Elrod (apodado “Hammering Hank”) no era como Philips un soldado raso. Era un curtido veterano del Marine Corps quien había ingresado a esa fuerza un año después de nacer Philips. Elrod había participado en acción bélica durante los años treinta en Centroamérica, cuando la revuelta de Augusto César Sandino.

Durante la heroica defensa del islote Wake el 11 de diciembre de 1941, “Hammering Hank”, a las órdenes del habanero Comandante del Marine Corps, James Devereux, fue uno de los que más contribuyeran a la derrota humillante (aunque temporal) de las hasta entonces invictas tropas terrestres y unidades navales del Sol Naciente.

Cuatro días después del ataque contra Pearl Harbor los nipones iniciaron la invasión de Wake. El día 11 su primer asalto fue rechazado con grandes pérdidas en hombres y material de guerra y a pesar de que bombarderos japoneses destruyeron en tierra la mayor parte de la pequeña fuerza aérea de los marines.

Entre las varias unidades niponas de superficie hundidas por los marines de Devereux en Wake el 11 de diciembre se contó el destructor “Kisaragi”, víctima de dos bombas de 100 libras lanzadas desde su Grumman “Wilcat” por el Capitán Elrod. Cuando la insignificante fuerza aérea de los “Leadernecks” de Wake fuera reducida a un par de Wildcats convertidos en coladores volantes sin combustible, el Capitán Elrod ordenó al puñado de sus pilotos sobrevivientes unirse al combate terrestre.

El día 23 de diciembre, con los marines de Devereux aún controlando enclaves estratégicos a base de increíble determinación, el Comandante de la Marina de Guerra Winfield Scott Cunningham, jefe supremo americano de Wake, ordenó la capitulación. El cadáver balaceado de Henry Elrod fue encontrado no muy lejos del aeródromo, todavía aferrando una granada de fragmentación en su mano derecha. Por su comportamiento en combate más allá del llamado del deber, el Capitán Piloto Henry Elrod fue honrado póstumamente con la Medalla de Honor.

Lugarteniente General Antonio Maceo Grajales. La escena primera que viene a mi mente de todo cuanto he leído sobre Antonio Maceo se desarrolla en una habitación de una casa de huéspedes de New York a fines del siglo XIX. En ella tres hombres conversan. El más viejo de los tres es ágil y nervudo. De común autoritario, Máximo Gómez muestra ese día un talante impaciente y sombrío. El más joven es también delgado, pero más bajo, y es muy expresivo, locuaz y elocuente. El tercero y mejor vestido de los tres es un mulato alto, quien sonríe forzadamente.

El propósito de la reunión era dar instrucciones a Martí de regresar a Méjico y recaudar los fondos necesarios para una expedición a Cuba. Las paupérrimas recaudaciones entre los cubanos de New York tenían al viejo dominicano fuera de sí.

La misión a Méjico le encanta al futuro Delegado del Partido Revolucionario Cubano, quien en seguida empieza a explicar en detalles sus proyectos para la tarea encomendada. La cortante respuesta del General Gómez es que se limite a obedecer las órdenes impartidas y que deje los detalles a cargo del General Maceo. Acto seguido Gómez se levanta de su asiento y sin esperar respuesta se pone una toalla sobre su hombro, dirigiéndose al baño.

Guerrero por antonomasia, Antonio Maceo no brillaba especialmente como diplomático ni conciliador. Sin embargo, hizo lo mejor que pudo por su patria ese día. Mostrando la sonrisa que había forzado durante toda la reunión, le rogó a Martí que no tomara la impaciencia de Gómez como una afrenta personal, “… el viejo considera que la guerra de Cuba es casi su propiedad exclusiva y no permite que nadie interfiera.

Antonio Maceo, soldado por vocación patriótica, curtido veterano de la Guerra de los Diez años (1868-1878) y quien llegara al rango de general por su habilidad de mando antes de cumplir los 34 años de edad, fue designado Jefe de Camagüey a la muerte en combate de Ignacio Agramonte. Al finalizar esa sangrienta guerra con el llamado “Pacto del Zanjón”, el guerrero oriental denunció dicha tregua en una entrevista borrascosa con el caudillo español, Capitán General Arsenio Martínez Campos.

La entrevista ocurrió en una tienda de campaña cercana a un caserío conocido por “Mangos de Baraguá”. En ese intercambio el General Martínez Campos arribó a la razonable convicción de que la futura independencia de Cuba era inevitable.

Antonio Maceo nació en las cercanías de Santiago de Cuba, el 14 de junio de 1845. Fueron sus padres, la cubana Mariana Grajales y el venezolano Marcos Maceo, ambos próceres de la independencia de Cuba. Esta pareja tuvo además de Antonio, otros once hijos, todos varones. Todos participaron activamente en la guerra de 1895. Muchos murieron en combate, incluyendo al hijo mayor Antonio, el segundo, General José Maceo y el padre, Marcos.

El temor de Martínez Campos se materializó con la llamada “invasión de occidente” para la que Gómez dispuso el grueso de las tropas cubanas a convertir a Cuba en una ruina, en vez de la bonanza que había sido hasta entonces. Para ello designó a su segundo al mando, Antonio Maceo. Tornar el suelo isleño en una sangrienta desventaja económica para Madrid, era una proposición de incuestionable mérito. ¿Cuál habría sido el objetivo peninsular en mantener contra toda esperanza el tutelaje colonial en una isla lejana, empobrecida por una campaña de devastación? La campaña duró 92 días.

Desde su partida de Baraguá, teatro de su protesta del 78, hasta su triunfal entrada a Mantua, la población más occidental de Cuba, Maceo había recorrido en ese tiempo record más de cuatrocientas veinte leguas, sostenido 27 combates, tomado 22 poblaciones y capturado miles de armamentos y toneladas de vituallas a un enemigo veinte veces superior en número. En los anales bélicos contemporáneos, pocas hazañas se le comparan. En cuanto a la efectividad de la “Invasión” del 95 en el establecimiento de la independencia cubana, el veredicto de la historia es definitivo: la segunda no hubiera sucedido en su secuencia cronológica, de no terminar la primera en victoria.

El propósito de esa ofensiva, concebida estratégicamente por el Generalísimo Máximo Gómez y desarrollada tácticamente entre Gómez y Maceo, era destruir la zafra azucarera y dañar extensamente la industria que la caña alimentaba. Acababa de arruinar la Isla y con ella a España. Terminada su misión devastadora, Maceo regresó de Pinar del Río a la Provincia de La Habana por el mar, para evitar el cruce de la nueva trocha entre Mariel y Majana.

El 7 de diciembre de 1896 en las cercanías de Punta Brava cae el General Antonio Maceo, víctima de una escaramuza con una columna de “guerrillas” coloniales. Junto a él y tratando de salvar su vida también murió el Capitán Francisco Gómez Toro, su ayudante y ahijado. Gómez Toro era hijo del Generalísimo Gómez.

No hubo condecoraciones para Maceo. Se las llevó todas a la tumba: 24 cicatrices de heridas de bala y machete.

Estirpe de colosos y titanes,

Ellos alimentaban sus legiones,

Con médula y con sangre de leones,

Para obtener mejores capitanes.

Su séquito era sólo de huracanes,

Su música la voz de los cañones,

Las nubes del espacio sus bridones,

Sus amigos ausentes los volcanes.

Para narrar sus épicas hazañas

Hay que escribir hexámetros de acero,

Interrogando al mar y a las montañas

Y para ese milagro es lo primero,

Descender de la tumba a la entrañas

Y a Dios pedir que resucite a Homero.

“Los Maceo”, por Bonifacio Byrne

 

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