VICTORIA DEL ESTADO CORRUPTOR

Por Hugo J. Byrne

El próximo noviembre culminará el proceso infame que ha conducido a esta sociedad americana, de ser la más virtuosa en los anales humanos, paso por paso, al abismo insondable de la corrupción y a la servidumbre, que inexorablemente acompaña a la primera. Entiendo que caracterizar la actual situación social de Estados Unidos en tales términos pueda resultar ofensivo para muchos. Nunca es fácil entender la realidad cuando ella es tan ingrata. Ahora bien, no es lo mismo reconocer nuestro fatal predicamento por terrible que este sea, que aceptarlo sin luchar hasta la muerte. Por eso es que ignorarlo equivale a la aceptación hipócrita de esa servidumbre.

En mi juventud siempre me impresionó la pasión libertaria de reales revolucionarios como el virginiano Patrick Henry: “¿Es la vida tan preciada y la paz tan dulce que deba comprarse al precio de cadenas y de esclavitud? ¡No lo permita, Dios! No sé qué actitud podrán asumir otros, pero en lo que a mí respecta, denme libertad o denme muerte!”.

La primera y única organización exiliada en la que milité en California era “Comandos L”, su dirección estaba en La Florida y su delegado en el área era mi amigo Frank S. Gutiérrez, fallecido hace ya muchos años. Frank era un patriota cubano cuyo liderazgo siempre inspiraba. Otro miembro de la organización se llamaba Roberto Soto. Soto sugirió un lema de combate: “¡Revírate cubano, revírate y pelea!”. Hice honor a ese grito de guerra periódicamente. Nunca he dejado de hacerlo.

Hace más de medio siglo cuando recién había llegado a este país hospitalario, trabajé en cuanta actividad honrada se me ofreció. Entre ellas repartir propaganda comercial de casa en casa (información que al presente nos llega por el internet), mensajero en más de un negocio, supervisor de un grupo de cubanos limpiando ventanas en nuevos rascacielos de Miami Beach (por ser el único “casi” bilingüe del grupo), vender Coca Cola en los juegos de “football” en el después demolido “Orange Bowl” y otras tantas actividades que ya ni recuerdo. Fue poco antes del servicio en el Army que encontré un trabajo técnico, dibujando moldes para extrusión de aluminio. Sin embargo, sólo en California logré ser remunerado decentemente.

Tiempo terrible fue mi experiencia de la Florida. La adversidad que afectó a todos los cubanos entonces, se ensañó en mi familia. En esa época trabajaba para una compañía de procesar pizza. Las cortezas (“crusts”) llegaban de New York en enormes camiones de remolque refrigerado. Nuestro trabajo consistía en confeccionar y agregar otros componentes, preparando lo necesario para su entrega final a los mercados, Esa actividad se desarrollaba en Hialeah, la que entonces recuerdo como una localidad esencialmente industrial.

Estuve por un tiempo a cargo de preparar la salsa, lo que se hacía mediante una mezcladora eléctrica gigantesca y siguiendo las instrucciones de los ingredientes, cuya cantidad indicaba un pizarrón en la pared. Esa mezcla era depositada en contenedores de veinte galones y, entre dos operarios bien fuertes, derramada en el embudo de una máquina suspendida sobre una cinta transportadora (“conveyor”). El aparato chorreaba la salsa en porciones medidas sobre las pizzas que pasaban por abajo. A ambos lados del “conveyor”, damas enguantadas como en un clásico show televisado de la serie “I love Lucy”, les agregaban a las pizzas los otros elementos esenciales como salami, ajo, queso desmenuzado, vegetales, envoltura en celofán, etc.

No recuerdo exactamente cuánto tiempo trabajé allí, pero calculo que fue de dos a tres meses. Mi supervisor inmediato también era un cubano exiliado, quien recién había encontrado un empleo mejor y justamente dado noticia de dos semanas al gerente.

El nuevo supervisor era también oriundo de Cuba. Esa parecía la única característica común con su predecesor. Éste era locuaz y social y el nuevo arribo parecía la quinta esencia de la seriedad. Sin embargo, su expresión cambiaba de súbito ante la presencia del gerente. Este último era bajo en estatura y conocido entre los empleados (casi todos cubanos) por “el Chiquitico”. La presencia del “Chiquitico” estimulaba una sonrisa caballuna en el nuevo supervisor y su expresión facial se tornaba entonces similar a la de Fernandel, desaparecido cómico francés del siglo pasado.

No creo necesario agregar que no me agradaba el tipo, cuyo nombre recuerdo pero no deseo mencionar pues era bastante mayor que yo y probablemente pertenece a la historia. Era una persona de cierto nivel cultural y alguien me dijo que había sido secretario personal de un ex vicepresidente de Cuba, lo que nunca me interesó confirmar.

La hora del almuerzo era la única oportunidad en que este señor se comunicaba con el resto de nosotros y su aparente único interés era el tema político. No el de la situación contemporánea y mucho menos doméstica, sino el de la política cubana del pasado. Su punto de vista era que la corrupción administrativa es una falta contagiosa e inevitable.

Una tarde, tratando de imponer su opinión en el comedor me gritó: “Si te encuentras en un ambiente en el que todos roban, ¡tu robas también!” Le respondí que nunca haría semejante cosa por dos hábitos adquiridos durante mi niñez: uno es ni siquiera desear lo que no me pertenece. El otro, que no soy carnero sino un hombre y que por ello no tengo que imitar a nadie. Ningún ser humano puede analizarse a sí mismo con objetividad y no voy a intentar eso. Sin embargo, alguien recientemente me caracterizó como “difícil”.

No creo que lo sea hoy en día, pero en aquella época no tenía paciencia para la injuria personal. Con mi última frase me abalancé para agarrarlo por el cuello. Estaba sentado del otro lado de una mesa y mis compañeros de trabajo me agarraron por ambos lados, sujetándome con tanta fuerza que apenas podía respirar. Mientras tanto, el otro hacía un rapidísimo mutis, sin mirar atrás. En mi memoria es la única ocasión de adulto en que he perdido socialmente los estribos y un empleo, a causa de mis malas pulgas. No me quejo, pudo haber sido muchísimo peor.

La moraleja de este largo preámbulo es que se pueden tener diferencias de opinión en muchas cosas sin descalificar a quien discrepe. En todo debate quien primero apele al insulto es generalmente quien carece de argumentos. Sin embargo, si alguien promete una cosa hoy y mañana exactamente lo contrario, llamarlo mentiroso no es insultarlo sino describirlo.

En las últimas semanas se ha hecho prácticamente un hábito insultar y hasta calumniar impunemente a los candidatos derrotados en las primarias. Ahora ya no se les llama perdedores, sino que se les acusa de actos deleznables sin la menor evidencia que los pruebe. El desparpajo y la calumnia son la orden del día en una nación que parece dividida en política, pero aparentemente muy solidaria en la búsqueda de “freebies”.

De acuerdo al promedio de todos los sondeos de opinión, la economía y la creación de empleos son los dos primeros temas de interés para los votantes americanos. El peligro terrorista y el creado por la masiva inmigración ilegal, carecen del mismo nivel de importancia popular. La estrechísima relación entre todos estos temas se nubla cuando prestamos atención a esos sondeos.

Sin embargo, el candidato demócrata “Bernie” Sanders promete enormes nuevos gastos federales, acompañados de impuestos de “arranca-pescuezo” para poder financiar su vasto programa de caridad forzosa. Sanders ni siquiera se preocupa por balancear presupuestos ni reducir la deuda nacional. Eso no le impide un considerable respaldo entre los votantes más jóvenes y derrotar decisivamente, de acuerdo a esas mismas encuestas, a todos los candidatos republicanos, incluyendo a Trump.

La señora Clinton promete nunca reducir los gastos públicos. El abandono de sus compatriotas en Benghazi o la manipulación de secretos de estado de forma caprichosa e irresponsable no parecen afectar el apoyo de su base política ni el de la corrupta maquinaria de su partido. ¿Preocupación por la economía y los empleos? “Go figure!”

El Partido Republicano por su parte se ha entregado por completo al empresario Donald Trump, quien ha triunfado abrumadoramente sobre todos sus competidores políticos tradicionales. Trump obtuvo un record histórico de votos en las primarias republicanas de esta campaña. Sin embargo, el magnate inmobiliario también se opone a reformar los programas de beneficio público y promete a los votantes usar su toda su habilidad para negociar. ¿? Si todos los gastos a discreción se suprimieran de los presupuestos federales, estos seguirían siendo deficitarios y la deuda nacional continuaría aumentando hasta la futura e inevitable bancarrota. Para entender eso no es necesario ser “conservador” sino usar aritmética elemental.

A menos que empecemos a pensar un poco más seriamente en la realidad que se avecina, esta república desaparecerá antes de finalizar el siglo XXI, durante la vida de nuestros nietos, víctima histórica del letal veneno de la superficialidad y de la ignorancia.

 

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