LIBERTADORES AMERICANOS

Por Hugo J. Byrne

La realidad es muy evasiva cuando está nublada por emociones y todos pasamos por un período altamente emocional durante la juventud. ¿Quién no se ha arrepentido de una acción imprudente o de una opinión insensata basada en emociones? ¿Levantaría su mano el lector? La experiencia es una maestra muy dura y severa, pero infalible.

A los 114 años de la independencia política de Cuba, que se cumplirá el próximo 20 de mayo (incluyendo el actual paréntesis totalitario de 57 años que “pica y se extiende”), continúa sin cesar el extraño “debate” sobre si esa independencia fue producto del sangriento esfuerzo insurreccional cubano, o de la intervención armada de Estados Unidos. Si analizamos la realidad histórica dejando las pasiones en la casa, es seguro llegar a una conclusión certera. Para arribar a ese puerto hay solamente una brújula: la historia. Quien desdeñe aprender historia, descuida sus propios intereses. El futuro es una incógnita, pero el pasado es la única información a nuestro alcance.

Aún cuando aceptemos que la independencia cubana fuera consumada en esa oportunidad por el entonces coloso industrial del norte, esa intervención no hubiera ocurrido sin el daño tremendo que a sus intereses representó la ofensiva insurrecta de 1895. La explosión y el consecuente hundimiento del barco de guerra “Maine” en la Bahía de La Habana nunca habría llegado a los cintillos de William R. Hearst: nadie hubiera “recordado al Maine.

Eso no implica que no hubiera “libertadores americanos insustituibles” en la lucha por la independencia de Cuba. De hecho no se hubiera logrado la independencia sin ellos. En Estados Unidos los llamaban “gun runners”, en La Habana “filibusteros” y entre las fuerzas de la insurrección, “libertadores”.

Uno entre los más famosos de ellos fue el Capitán “Dinamita” Johnny O’Brien, nacido en New York en 1837 e hijo de un matrimonio de inmigrantes irlandeses. Su barco, el remolcador oceánico Dauntless, fue uno de los más activos transportes de insurrectos y pertrechos de guerra al Ejército Libertador Cubano a partir de 1895.

La edad de O’Brien al fugarse de la residencia paterna es tema de disputa entre sus biógrafos. Digamos que fluctuó entre los 13 y los 16. Lo importante es que en una época de muy dura y difícil vida a bordo de una embarcación de guerra, O’Brien alcanzó el rango de Capitán. Fue durante la Guerra Civil, cuando apenas tenía 25 años.

El mar nunca ha sido ambiente acogedor para la timidez. En la época de O’Brien la profesión de marino podía ser altamente “remunerada” sólo mediante el contrabando. El apodo de “Dinamita” se lo ganó el marino de New York en una incursión a Panamá durante una revuelta contra el gobierno de Colombia de 1888. El barco que piloteaba O’Brien cargaba la friolera de 60 toneladas de dinamita.

En una novela de Víctor Hugo un oficial de un navío de guerra es responsable de que uno de los cañones amarrados a las portas se zafe, con la consecuente tremolina. El cañón golpea el casco y otras piezas de artillería y con cada bandazo de las olas, amenaza aplastar a tripulantes, o hundir el buque. El culpable, con riesgo a su vida, logra amarrar la pieza, abatiendo el peligro. El Capitán forma la tripulación y condecora al oficial por su heroicidad. En seguida, ordena que lo ahorquen por negligente.

Se dice que algo similar le ocurrió a O’Brien en ruta a Panamá con las 60 toneladas de dinamita. De acuerdo a la versión se desató una fuerte marejada en la travesía, amenazando los explosivos que no estaban bien asegurados. Sin pérdidas humanas o materiales, medallas, ni ahorcados, Johnny O’Brien amarró varias cajas de explosivos que estaban sueltas. De aquí el sobrenombre de “Dynamite Johnny”.

Sin embargo O’Brien no alcanzó su fama en Panamá sino en la guerra de 1895 en Cuba. Sus expediciones y su nombre se hicieron tan notorios a la Colonia que en una ocasión el Capitán General Valeriano Weyler le aseguró a un reportero que más tarde o más temprano agarraría a ese “cabrón filibustero” para colgarlo del asta de la bandera en La Cabaña.

O’Brien leyó esas declaraciones y a propósito desembarcó en suelo cubano cerca del Palacio de los Capitanes Generales y aún más cerca de La Cabaña. La incursión, realizada con el objetivo de ridiculizar al Capitán General, ocurrió apenas tres meses después de publicada la entrevista. El gun runner dejó una nota para Weyler: lo más probable es que yo sea quien lo agarre y sea usted quien baile de la cuerda.

Durante la Guerra Civil, O’Brien había servido como tercer oficial en el USS Illinois, barco de guerra cuyo destino era abalanzarse contra el confederado “Merrimac”, uno de los primeros navíos de guerra con casco de acero. A última hora la Unión decidió no realizar la operación suicida. Después O’Brien realizó sus primeras operaciones de “gunruning” supliendo a sus previos enemigos, las fuerzas de la secesión.

No es secreto que estos aventureros tenían por objetivo el dinero. No obstante, en el proceso de transportar armas, municiones y voluntarios, enfrentando muerte segura si eran interceptados por las cañoneras españolas, o larga condena a prisión si por los agentes de Washington, los gun runners desarrollaban lealtad a la causa que servían. Ese nexo incluía a sus familias. Madrid pagaba a la Agencia Pinkerton por información fidedigna en los movimientos y actividades insurrectas. La casa de O’Brien en New York era objeto del cotidiano monitoreo de esos agentes. Pero tenían que hacerlo a prudente distancia, so pena de ser escaldados con cazuelas de agua hirviendo, cortesía de Mrs. O’Brien, irlandesa de pelo en pecho, quien no daba cuartel.

Algunos de estos gun runners adquirieron después fama nacional, como Napoleón Bonaparte Broward. Broward llegó a ser Gobernador de la Florida. El Condado que lleva su nombre es el segundo más populoso de ese estado y el décimo octavo en población de todo el país.

En su primera expedición a Cuba, “Juan Dinamita” desembarcó 2500 rifles, 200 carabinas y 1500 revólveres, un cañón de campaña, municiones a granel y mil libras de dinamita. En otra oportunidad llevó a Cuba un contingente de voluntarios que incluía a un joven americano que decía poder accionar uno de los cañones que recibieran los insurrectos del Remolcador Dauntless.

Ese voluntario era un americano rubio y bajo de estatura, llamado Frederick Funston. Asignado a las órdenes del General Calixto García Íñiguez, Funston tuvo su bautismo de fuego en el sitio y la toma de Victoria de las Tunas en 1897. La plaza sucumbió a bombazo limpio de la batería que comandaba Funston, quien hasta ese momento ostentaba el rango de Teniente Coronel. Por sus acciones de guerra en Tunas fue ascendido por García a Brigadier General.

Después y en rápida sucesión, se enfermó con malaria, fue hecho prisionero por los españoles, escapó y, de regreso a América, ofreció su experiencia de combate a los Voluntarios de Kansas en la guerra del 98. Funston aprendió de Gómez cómo dar sorpresa al enemigo, estuviera acampado, o en marcha. De García, aprendió la ventaja del asalto artillado. Fue una leyenda en Filipinas como el único general de esa campaña ganando la Medalla de Honor, máxima condecoración otorgada por actos heroicos en combate. Funston forzó literalmente la capitulación de los rebeldes filipinos mediante su captura espectacular del Presidente Emilio Aguinaldo, dentro de su propio Cuartel General.

Las expediciones de O’Brien evidentemente se volvieron innecesarias después de iniciadas las hostilidades entre Washington y Madrid. Sin embargo, su relación a la historia de Cuba no cesó allí. Estrada Palma quería designarlo Piloto oficial de la Bahía de La Habana y la dificultad consistía en su nacionalidad americana que el viejo marino quería conservar. Esto se resolvió mediante una concesión especial del nuevo gobierno cubano: O’Brien mantendría su nacionalidad de origen y conservaría su empleo.

Su última misión en aguas cubanas fue conducir los restos del “Maine”, recién sacados a la superficie el 16 de marzo de 1912 a su descanso final bajo las aguas del litoral habanero. Se ha filmado muy recientemente un documental sobre su vida por productores irlandeses, pero, ¡cuidado! parte del mismo se desarrolla en suelo cubano que por desgracia controla el Régimen y un grupo contribuyente al mismo se llama nada menos que “Hasta la victoria siempre”: No lo recomiendo.

O’Brien murió el 22 de junio de 1917 en Manhattan y sus funerales fueron organizados y sufragados por el gobierno de Cuba Libre. Un “escritor fantasma” le preparó una “autobiografía” titulada Un Capitán sin miedo, única inscripción en su lápida.

 

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