LA MELANCOLÍA

Rev. Martin N. Añorga

El origen del término melancolía es sorprendente. Etimológicamente no se trata de un estado anímico ni de una picardía del corazón, sino que es problema del vientre, concretamente del hígado. Procede el vocablo de la combinación de dos raíces del griego: melas que significa negro, y kholis, que significa bilis, literalmente “bilis negra”.

La bilis negra era uno de los cuatro elementos cardenales de la medicina griega de siglos anteriores a la era cristiana, que explicaban todas las enfermedades y los cambios de temperamento por la influencia de líquidos corporales denominados humores. Empédocles afirmaba que el universo estaba formado por cuatro elementos fundamentales, fuego, agua, tierra y aire, y siguiendo la concepción numérica Hipócrates hablaba de cuatro humores corporales que determinaban el estado de salud y el estado temperamental de la persona.

Los cuatro humores eran la bilis negra, propia del bazo; la bilis amarilla, procedente del hígado y de la vesícula biliar, la flema propia del cerebro y del pulmón, y la sangre, elemento vital del corazón. Hipócrates afirmaba que un exceso de sangre provocaba comportamientos hiperactivos, mientras que el exceso de bilis negra provocaba un comportamiento abatido, apático, y un manifiesto sentimiento de tristeza.

En 1725 el médico y poeta inglés sir Richard Blackmore aplicó el término “depresión” (del latín depressus, abatimiento) para designar la patología asociada al término griego que se identifica con melancolía, pasando esta palabra a un uso poético asociado a las añoranzas propias que suelen crear en ciertas personas un sentimiento de pasajera tristeza y una leve conmoción emotiva.

Robert Burton, un erudito inglés apasionado estudiante de los problemas médicos, profundamente religioso y alabado por su habilidad literaria, escribió en el año 1625 una obra clásica titulada “La Anatomía de la Melancolía” en la que trataba de forma sistematizada y exhaustiva los diferentes estados mentales con matiz de anormalidad, entre estos el de la melancolía, sin concederle una importancia determinadamente médica; pero asociándola a estados depresivos, los que posteriormente fueron analizados por Blackmore.

En el Diccionario Terminológico de Ciencias Médicas de Salvat Editores, S.A. se define la melancolía en estos términos: “Psicosis que se presenta por accesos caracterizada por la existencia morbosa de una emoción dolorosa, depresiva, que domina al individuo”, y se ofrece una interesante clasificación: “climatérica”, asociada a este período de la vida; “involutiva”, relacionada con la senilidad; la “recurrente”, que sucede en diferentes etapas asociadas a determinadas situaciones, y “la simple”, etapas de abatimiento sin conexión con problemas mentales.

El laureado poeta cubano José Angel Buesa escribió este sugestivo pensamiento: “Leyendo un libro, un día, de repente hallé un ejemplo de melancolía, un hombre que callaba y sonreía, muriéndose de sed frente a una fuente”. Ciertamente en términos generales la melancolía no es una enfermedad crónica, ni siquiera efímera, es simplemente un estado anímico transitorio que a menudo conlleva una placentera sensación. Con mayor claridad y brevedad lo dijo Víctor Hugo: “la melancolía es la felicidad de estar triste”.

Recuerdo a una joven de mi congregación que cierta mañana estaba sentada a la sombra de un árbol, solitaria y meditabunda. Por simple curiosidad le pregunté si le sucedía algo, y su respuesta me impresionó: “Nada me sucede -dijo- estoy disfrutando de un momento de melancolía’. Horas después le pregunté a la inteligente adolescente si sabía exactamente qué es melancolía, y su espontánea contestación me fascinó: “es escaparse un poco de uno mismo y andar por otros lugares”.

Santa Teresa de Jesús veía las cosas de diferente modo, al decir que “tristeza y melancolía no las quiero en casa mía”. Entendí que la piadosa dama hablaba de estos sentimientos como probables inquilinos del corazón, que actúan como furtivos visitantes que entran en la vida, pero son lo suficientemente corteses para retirarse a tiempo. Decía Jean-Jackes Rosseau que “el alma resiste mucho más fácilmente los más agudos dolores que la tristeza prolongada”.

El problema con la melancolía no reside en su presencia, sino en su permanencia, e igualmente sucede con la tristeza. Amado Nervo en uno de sus versos afirmó que “es un pecado estar triste”, y nosotros añadimos que es una obstinación apegarse a la melancolía.

Alberto Durero, el extraordinario pintor alemán en el año 1500, en época del Renacimiento, creó un grabado en tres piezas dedicado a la Melancolía. En tiempos del estelar artista estaba en vigor la tesis médica de los cuatro temperamentos, el flemático, el colérico, el sanguíneo y el melancólico. Durero, en esta obra maestra, fue capaz de interpretar estos estados relacionándolos con la imagen de la melancolía. Una mujer desaliñada, un famélico perro a sus pies, hierbas regadas en el lienzo y signos matemáticos con colores contrastados, añadidas herramientas colocadas de forma dispersa forman el conjunto del lienzo. La gran obra se exhibe en la Galería Nacional de Arte de Karlruhe, en Alemania. Las interpretaciones sobre el significado de esta genial creación se suman por docenas, pero el consenso sobre la misma es que Durero quiso pintar las consecuencias de un estado melancólico asociado con el fallecimiento de su madre.

La melancolía se asocia a la tristeza; pero no a la tristeza aguda y desesperada, sino a la noble tristeza de los recuerdos, la que nos trae en su vientre la añoranza de lo que tuvimos y hemos perdido. Para nosotros, los cubanos, por ejemplo, un atardecer otoñal frente al mar nos cubre de romántica melancolía. Escuchar una vieja canción y soñar despiertos con la persona con la que disfrutábamos sus ritmos, nos produce una encantadora melancolía a la que nos abrazamos como si tuviera un cuerpo el recuerdo.

La vida es una continuación de sucesos que únicamente se detiene ante la inexorable realidad de la muerte. A medida que envejecemos se nos va ampliando el pasado y estrechándose el futuro. Los ancianos somos muy propensos al encuentro con la melancolía, aunque no quedan ausenten de la experiencia los que aún no peinan canas.

Una atractiva señora de larga edad meditaba con la cabeza secuestrada entre sus manos, hincados los codos en la superficie de una mesa de mármol. A su alrededor el bullicio de canciones, risueñas conversaciones y las exclamaciones de niños que jugaban. Me pregunté por qué hay personas que agigantan su tristeza ante las demostraciones de la alegría de otros. Quizás busquen el alivio de una mirada compasiva, tal vez se sientan azuzadas por la envidia de no poder ajustarse al espíritu festivo o lloren por dentro una herida que no ha cicatrizado. Algunos califican a esta actitud de nostalgia, duelo o exhibicionismo. Yo creo que se trata de un romance con melancólicos recuerdos.

Viendo a su hijo convertido en un exitoso profesional me decía un amigo cuánto daría porque su hijo volviera a ser un niño para sostenerlo en sus brazos, jugar con él, sentarlo en sus piernas y contarle una historia.

Me dí cuenta de que la melancolía es una ilusión, una cita con lo imposible, una resignación ante lo irrealizable; pero es al menos, un regalo de la imaginación, una exaltación del recuerdo y una sagrada manera de volver a vivir los gratos momentos de la vida.

¿Quién no ha sentido en su corazón el latido de la melancolía? Dejarnos caer en el abismo por la ausencia del ser que amamos o permitir que se nos oscurezca la vida por la frustración de una pérdida irreparable es alojar lágrimas en el alma con las que no se dialoga. La melancolía es diálogo, es darle color y armonía a los inmóviles hechos del pasado, es dejar que se nos vaya de viaje el corazón en las alas de la imaginación. Eso sí, mientras seamos cuerpo con vida imitemos al águila erguida en su vuelo, que siempre, tras su viaje entre nubes regresa al calor de su nido. La melancolía no es aventura perpetua, es cántico con pausas.

Queremos terminar este humilde trabajo con unos tiernos versos de la gran autora cubana Herminia D. Ibaceta:

“Allí …donde se teje el infinito

no hay pórticos cerrados.
Libera de osamentas tus palomas,
concédeles la ruta del verano
bebe a sorbos la luz, haz tuya
la eterna juventud de los espacios”.

 

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