MARCO

Por Hugo J. Byrne

Un hombre que oculta lo que piensa o no se atreve a decirlo, no es honrado. José Martí.

La verdadera grandeza se demuestra encarando el fracaso, no el éxito. Charles De Gaulle.

No tenía referencias sobre el Senador Marco Rubio de Florida hasta que vi un video de cuando era vocero de la Asamblea de ese estado, del que me fui desde fines de 1963. Hablaba con legítimo orgullo de sus raíces cubanas y lo hizo con la convicción meridiana y la agilidad mental de quien es capaz de expresar las ideas más profundas de manera simple, sin apelar a payasadas, “oneliners”, ni la ayuda de “teleprompters”. Más que su proverbial elocuencia, me impresionó la firmeza y claridad que reflejaba en su criterio.

En esa ocasión vino a mi mente otro discurso de un ex actor de cine devenido en empresario, apoyando la fracasada campaña presidencial del Senador Barry Goldwater de Arizona, en el otoño de 1964. Como Rubio, Reagan era un orador muy elocuente. Al igual que Rubio, también sabía de lo que hablaba.

Las diferencias entre ambos políticos eran también dramáticas. Reagan, como el presente candidato favorito del GOP, el billonario y “celebrity” de la tv Donald Trump, era personaje harto conocido del público, al menos en la superficie. “Name recognition” es una frase código cuando se habla en términos políticos en los Estados Unidos de nuestros tiempos. Rubio por contraste, era una nueva personalidad en política y hasta hace poco tiempo totalmente desconocido fuera de su estado.

Definitivamente “conservador” en la definición absurda que se le da a ese adjetivo en Estados Unidos y a la que nunca me acostumbraré, el Senador Rubio es un hombre ecuánime y cerebral, capaz de sortear entre los problemas más críticos que demandan atención inmediata y los insignificantes que pueden soslayarse. Conservadores con credenciales incuestionables han reconocido esto, como los comentaristas radiales Rush Limbaugh, Mark Levine y Glenn Beck, todos más o menos partidarios de Ted Cruz. Cruz es el único candidato restante de ambos partidos que también recibiría mi voto en noviembre si fuera nominado.

Conocí a Rubio a principios del año pasado en una reunión en “Café Gaviña”, empresa fundada por exiliados de Cuba, la que gracias a sus esfuerzos en un ámbito de libertad, prospera sin cesar. Mi esposa y yo llegamos temprano y estábamos delante de la puerta principal de las oficinas, hablando animadamente con varios amigos. De repente noté que todos interrumpieron el coloquio, mirando en la dirección opuesta a la mía.

En una época era capaz de automáticamente pasar de un tema a otro y de una situación a otra si hacer pausa. Ya no. Ahora soy octogenario. Cuando di la vuelta me encontré con el Senador Rubio extendiéndome su mano.

Increíblemente lo saludé como si lo hubiera visto el día antes: ¿Cómo está, Rubio? Un instante después me disculpaba: perdón, debí decir Senador Rubio. Su respuesta inmediata fue tan criolla como política: llámeme Marco por favor.

Para mí, “político” no es un adjetivo denigrante, especialmente cuando se aplica a quien aspira a una posición electiva. Sin embargo no siempre fue así. Cuando joven me influenció el nihilismo iconoclasta de las izquierdas radicales. Incluso fui tan partidario del populismo caudillista que ni siquiera podía percatarme de mi ignorancia. Sólo la muy ingrata experiencia del Castrato me forzó a aprender.

Todos concluimos más tarde o más temprano que es mucho más cómodo aprender de la experiencia ajena que de la propia. Esto lo he escrito muchísimas veces, aunque no las creo suficientes. Para que un candidato a lo que sea pueda aplicar su agenda política en la comunidad, primero tiene que ser electo a la posición a que aspira. Eso requiere actividad política intensa.

Usar esa lógica incontrovertible fue un elemento de juicio fundamental para mi decisión de apoyar al candidato presidencial Marco Rubio por el Partido Republicano. Antes de los ataques personales y los insultos del Gobernador Christie de New Jersey y los de Donald Trump, todas las encuestas lo daban como victorioso contra la Señora Clinton en noviembre, caso de ser el candidato nominado.

Incluso permaneció como el peligro mayor enfrentado por la ex Secretaria de Estado, aún después de que fuera evidente el rechazo a Rubio de su partido y hasta del estado que lo eligiera Senador en el 2010. Cuando perdiera el cuarto debate republicano, después de ganar los tres primeros, la comentarista de CNN Donna Brazil, vieja militante izquierdista, comentó que la “campaña de Clinton debe estar suspirando con alivio”. Detesto a Brazil, pero opino igual.

Nunca vamos a encontrar un candidato que represente el cien por ciento de nuestras aspiraciones políticas. No existen dos personas que piensen exactamente igual en todos los temas sociales o económicos que nos afectan colectivamente.

En el pasado buscando ese consenso, apoyé activamente a seis candidatos presidenciales en Estados Unidos: Goldwater, quien fue barrido por Johnson, Reagan, quien ganó dos veces, Bush padre, quien ganó la primera y perdió la segunda y su hijo, quien ganó dos veces. Los otros dos fueron Gingrich y Rubio.

El futuro político de Rubio tiene quizás algún interés inconsecuente, pero es el futuro de esta nación, quien necesitaría alguien como Rubio ahora.

 

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