SCALÍA: LA MUERTE DE UN GIGANTE

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

Sígame en: http://twitter.com/@AlfredoCepero

Este hombre no pedía disculpas por sus posiciones conservadoras. Se propuso, y en gran medida lo logró, poner freno a la tendencia de la Corte Suprema presidida por Earl Warren de usurpar los poderes del Congreso legislando desde sus cargos vitalicios y sin rendir cuentas a la ciudadanía.

Quienes defendemos la santidad de la vida humana expresada en el derecho a la vida del no nacido lloramos la muerte de Antonín Scalía, un gigante de la jurisprudencia americana y nuestro campeón más formidable en esta lucha entre el materialismo y el espiritualismo que amenaza con desmembrar a la sociedad norteamericana. Un católico que vivió su fe y actuó en concordancia con sus principios. Una versión contemporánea del "paterfamilias romano" de la cultura de sus antepasados, de la cual Scalía se sentía orgulloso. Sus nueve hijos y tres docenas de nietos son testimonio viviente de la labor edificante en la Tierra de aquel verdadero gigante del espíritu. Quienes fuimos instruidos por sus enseñanzas y estimulados por su ejemplo compartimos hoy el luto de su esposa, hijos y nietos.

Scalía fue nominado al alto tribunal por el Presidente Ronald Reagan y tomó posesión del cargo el 26 de septiembre de 1986. Scalía fue en el mundo de la jurisprudencia lo que fue Reagan en el mundo de la política. Fue desde un principio un abierto crítico del aborto, de la acción afirmativa y de la llamada "agenda homosexual". Este hombre no pedía disculpas por sus posiciones conservadoras. Se propuso, y en gran medida lo logró, poner freno a la tendencia de la Corte Suprema presidida por Earl Warren de usurpar los poderes del Congreso legislando desde sus cargos vitalicios y sin rendir cuentas a la ciudadanía. Aunque el tema sería muy largo de tratar en este trabajo me opongo categóricamente a todo cargo vitalicio, porque alimenta la arrogancia de quién lo ostenta y conduce con frecuencia al abuso de poder. Pero ese sería tema para otro día.

Ahora bien, la mayor contribución de Scalía a la filosofía conservadora dentro de la jurisprudencia fue lo que muchos han dado en llamar su "Doctrina del Originalismo". De acuerdo con la misma, la constitución debe de ser interpretada textualmente y según fue redactada por sus autores originales con el objeto de dar respuesta a los asuntos de su tiempo. Condenó a quienes la interpretan como un documento viviente y se escudan en ella para promover ideologías encaminadas a transformar los principios y subvertir los valores actuales de la sociedad norteamericana. Esta es la posición del aprendiz de jurista que desde la Casa Blanca gobierna por decretos inconstitucionales destinados al basurero de la historia cuando lo sustituya un presidente que de verdad respete la constitución.

Pero eso no impedirá que Obama y su cohorte en el Congreso se apresuren ahora a nombrar un sustituto para el magistrado Scalía. Ya están haciendo ruido y profiriendo amenazas los Harry Reid, los Patrick Leahy y la Nancy Pelosi, quienes sin duda contarán con el respaldo de esa prensa contaminada por el virus de la izquierda fanática. Ven esta situación como una oportunidad extraordinaria de avanzar su agenda de aborto indiscriminado, matrimonios homosexuales y gobierno omnipotente. Para ello sacarán todos sus cañones y la batalla será de proporciones siderales en unas elecciones presidenciales que estarán matizadas por una animosidad sin precedentes en los últimos 50 años.

Es cierto que desde el punto de vista legal Obama tiene el deber--que los demócratas presentarán como derecho a que se respete su voluntad-- de nominar a los candidatos a la Corte Suprema. Así está estipulado con claridad en el Artículo II, Sección 2, Clausula 2 de la Constitución Norteamericana. El Mesías ha dicho que someterá pronto un candidato ante el Comité Judicial del Senado. Su presidente, el republicano Chuck Grassley ha expresado la opinión de que un presidente en sus últimos meses de gobierno debe dejar la decisión para su sucesor. El demócrata de mayor rango en el comité, Patrick Leahy, insiste en que el nominado por el presidente debe de ser aprobado. Está trazada la raya en la arena y podemos esperar que pronto empiece la artillería pesada.

Sobre todo, si tenemos en cuenta que, para que su candidato sea aprobado por la súper mayoría del procedimiento regular del senado, Obama necesita los votos de 60 senadores, los 46 demócratas y 14 republicanos, que difícilmente logrará porque no vislumbramos la posibilidad de que algún republicano cometa suicidio político en este año de elecciones. Porque aquellos republicanos que votasen con el presidente y vayan a reelección en este 2016 arriesgarían ser retados en las primarias por otros candidatos de su partido, con altas probabilidades de perder su curul.

Tenemos por otra parte un argumento político, respaldado al mismo tiempo por preceptos constitucionales. Este argumento es de mucha mayor trascendencia para la nación que el simple argumento jurídico esgrimido por Obama y sus aliados en el Senado. Los redactores originales de la constitución vislumbraron los peligros de un ejecutivo desbocado como el de Barack Obama. Para contenerlo otorgaron al Senado el poder de ponerle freno por medio del sistema de "asesoramiento y consentimiento" (Advise and consent en inglés).

A este presidente se le aplica como "anillo al dedo". En su agenda de transformar en forma radical a la sociedad norteamericana, Obama ya ha puesto en la Corte Suprema a las zurdas Elena Kagan y Sonia Sotomayor. Si se le permite el nombramiento de un magistrado con la misma rigidez ideológica el daño sería catastrófico y perduraría por más tiempo del que ha hecho hasta ahora. Una Corte Suprema dominada por una izquierda militante echaría por el piso la labor de restauración del equilibrio jurídico realizada por Scalía en sus 30 años de servicio en el alto tribunal.

Ahora bien, siendo Obama quién nos ha demostrado ser en estos siete años, si no le aprueban a su nominado apelará a una de sus acostumbradas opciones nucleares. Optará por esperar a que el Senado se declare en receso y hará lo que se llama un "nombramiento en receso", (Recess Appointment en inglés). En los más de doscientos años de esta república se han producido solamente doce nombramientos en receso, los cuales se han convertido en muy controversiales en los últimos tiempos. Para ello, se amparará bajo el ya mencionado Artículo II, Sección II de la Constitución Norteamericana en la parte donde estipula: "El presidente tendrá la potestad de llenar una vacante que pueda tener lugar durante un período de receso del Senado otorgando nombramientos que expirarán al final del próximo período de sesiones". En ese momento el senado tendrá el poder de aprobar o rechazar de manera permanente el nombramiento hecho por el presidente durante el período de receso.

Ya esto se hace largo y me temo haber bombardeado a mis lectores con excesivos y enrevesados conceptos jurídicos. Termino, por lo tanto, advirtiendo a los republicanos en el Senado que de ellos depende la restauración de la armonía social y del equilibrio político en una nación atormentada por el extremismo ideológico. Les repito que esta es una batalla a muerte por el alma de esta sociedad y que, si se les aflojan las piernas, no sólo debilitarán a su partido sino causarán un daño irreparable a los Estados Unidos.

2-15-16

La Nueva Nación es una publicación independiente cuyas metas son la defensa de la libertad, la preservación de la democracia y la promoción de la libre empresa. Visítenos en : http://www.lanuevanacion.com

SI NO DESEA SEGUIR RECIBIENDO LA NUEVA NACION, PICHAR ABAJO

FAVOR DE BORRARME DE SU LISTA DE DIRECCIONES

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image