JOSE MARTI Y EL TEMA DE LA MUERTE

Rev. Martín N. Añorga

Hace un racimo de años, Miami era una ciudad predominante cubana. Hoy día es un centro cosmopolita en el que conviven miles de seres humanos de diferentes etnias, orígenes y cultura. Al celebrar el aniversario 163 del nacimiento del Apóstol de la libertad de Cuba, José Martí, creemos oportuno exaltar su excepcional universalidad como ser humano, orientador, guía e inspiración.

En una sociedad como la nuestra el racismo es una mancha que no hemos logrado borrar total y definitivamente. ¿Podrán algún día mantenerse las relaciones humanas sin la presencia del racismo? La pregunta es oportuna porque el hecho de la discriminación se presenta continuamente en todos los ámbitos sociales. En Cuba, por ejemplo, donde el tirano Castro se ufana de haber creado una sociedad justa, la población negra carece de acceso a posiciones de gobierno y está condenada a la más humillante pobreza, a pesar de que constituye casi una mayoría en el cómputo nacional.

A lo largo de la historia han existido seres humanos excepcionales que han luchado en contra de la discriminación y su máximo exponente que es el de la esclavitud. Pudiéramos mencionar una extensa lista de nombres ilustres; pero queremos hoy referirnos específicamente a un héroe de América, a José Martí, quien se alza entre todos los grandes hombres de la historia como un gigante en la defensa de los derechos humanos.

Se están celebrando los 163 años del nacimiento del Apóstol de la Independencia cubana José Julián Martí y Pérez. Mucho se dice de él, y de él mucho se descubre aún; pero hay que enfatizar, cada día con mayor empeño su posición humanista en cuanto a los derechos humanos, que es probablemente el más trajinado de los temas hoy día. Permítasenos, pues, citar algunos pensamientos martianos sobre las relaciones raciales.

El 16 de abril de 1893 en un artículo del periódico Patria titulado “Mi raza”, Martí acuñaba estas palabras: “Los negros están demasiado cansados de la esclavitud para entrar voluntariamente en la esclavitud del color”. En el mismo artículo el Apóstol define su pensamiento: “El negro, por negro no es inferior ni superior a ningún otro hombre ...”. Esta posición martiana es un anticipo a artículos constitucionales que aparecen en casi todas las Cartas Magnas del mundo, y un vislumbre profético de lo que sería después “La Declaración de los Derechos Humanos”. Creemos con el Apóstol que los negros no deben jamás ser objeto de exclusiones discriminantes; pero tampoco deben ser tratados con excepciones paternalistas que representan una actitud de superioridad de parte de las autoridades. Hay que coincidir con el apotegma martiano de que “todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad”.

“El racismo justo es el derecho del negro a mantener y probar que su color no le priva de ninguna de sus capacidades y derechos de la especie humana”, sentenció el Apóstol. Si sus palabras fueran un lema de la sociedad americana, se terminarían para siempre las tensiones raciales que a menudo perturban la paz. De seguro que el mundo sería mejor, porque – y citamos de nuevo al Apóstol – “peca contra la humanidad el que comente y propague la oposición y el odio de las razas”.

José Martí, el visionario de América, nos ha legado un ideario de integración racial que de aplicarse, sería el fundamento de una convivencia pacífica y creativa entre todos los seres humanos. “Dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos”, proclamó el Apóstol. “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro”. Si pudiéramos mirarnos como hermanos, como miembros de una sola raza humana, independientemente del color de la piel, nos desprenderíamos de mucho dolor y de mucha injusticia.

El sueño de Martí para Cuba aún no ha logrado su realización. “A mí, demagogo me podrán decir” – exclamaba Martí en un profundo y emotivo discurso pronunciado en Hardman el 17 de febrero de 1892 – y añadía “porque sin miedo a los demagogos verdaderos, que son los que se niegan a reconocer la virtud de unos por halagar la soberbia de otros, creo a mi pueblo capaz de construir sobre los restos de una mala colonia una buena república”. De hecho, esa “buena república”, le ha quedado esquiva al cubano. Hoy día impera en la Isla una feroz dictadura que arrastra una cadena de 57 traidores eslabones. En Cuba se hostiga y encarcela al que piensa. Y también se margina y humilla al hombre de raza negra o bronceada que mira impotente como unos pocos le arrancan, pedazo a pedazo, el traje de la dignidad.

Los grandes hombres trazan caminos que son largos para andar, y metas movibles que son difíciles de alcanzar. Lincoln desafió la esclavitud; Martin Luther King se echó sobre los hombros el dolor de su raza y conquistó derechos que hasta hoy se disfrutan, y José Martí sacrificó su vida en aras de una república con todos y para el bien de todos en la que no hubiera odios ni venganzas; pero a pesar de Lincoln siguen existiendo esclavos, a pesar de Martin Luther King los negros siguen sufriendo discrímenes y a pesar de Marti, Cuba sigue anclada en el dolor. Y no es que estos grandes hombres, cada uno en su dimensión, hayan fracasado. Ellos continúan iluminando sendas y tejiendo horizontes. Somos nosotros, los que formamos las generaciones que les han seguido, los responsables de implantar en nuestra hora la libertad, el respeto racial y el ejercicio de la confraternidad humana.

Hay que seguir luchando por un mundo mejor. Esta es la tarea de todos, seamos blancos, morenos, negros o mestizos. Ya lo dijo Martí: “el ser de un color o de otro no merma en el hombre la aspiración sublime”.

“No hay odios de razas, porque no hay razas”, sentenció el Apóstol en una época en que el negro era socialmente marginado. Su visión de la armonía racial fue un índice que orientó a la naciente República cubana para que se desarrollara libre de luchas de clases, ajena a conflictos étnicos y acogedora para todos sus hijos.

“La raza negra es de alma noble”, lo reconoció el Apóstol en su trato con los patriotas descendientes de esclavos, que le acogieron como líder y dieron a Cuba la ofrenda de su sacrificio.

Hoy la engañosa “revolución” cubana, que se ufana falsamente de haber creado un estado de igualdad, promueve la más humillante discriminación racial y azuza las más insolentes divisiones sociales Si le permitieran la voz a Martí se sonrojarían los comunistas que deshonran a Cuba ante estas lapidarias palabras del Apóstol: “en los campos de batalla, muriendo por la patria, han subido juntos por los aires, las almas de los blancos y de los negros”.

La grandeza de José Martí se nos hace cada día más inconmensurable. Meditemos en su sentido moral de la vida, su visión profética de la justicia, su amor fogoso por los demás, y reconozcamos sus virtudes que nos empujan al bien y a la rectificación. ¡Cuánto daría porque los pobres negros de mi patria tuvieran acceso a este inmortal recado del Apóstol!: “en este mundo no hay más que una raza inferior: los que consultan, antes que todo, su propio interés, bien sea el de su vanidad o el de su soberbia o el de su peculio, ni hay más que una raza superior: la de los que consultan antes que todo el interés humano

¿Podrán algún día mantenerse las relaciones humanas sin la presencia del racismo? La pregunta es oportuna porque el hecho de la discriminación se presenta continuamente en todos los ámbitos sociales.

Gracias a Dios existen seres humanos que exaltan, sobre diferencias circunstanciales, la unidad y feliz convivencia que promueve el amor. Fecundo ha sido en muchos el noble ideario martiano. El próximo jueves 28 de enero ofreceremos un inspirador ejemplo en el tradicional Desfile Escolar que honra la Memoria del cubano Apóstol y veremos centenares de niños de diferentes países, variadas cultura y razas amigas levantando banderas de paz y entonando himnos de confraternidad.

La violencia doméstica y las tensiones raciales desaparecerán el día en que prevalezca el respeto entre todos los seres humanos que proclamara José Martí.

Los odios que se exaltan entre personas porque son diferentes o piensan de forma disímil no podrán ser jamás cimientos de una sociedad feliz. Oigamos la voz inmortal de Martí, abracemos como nuestros sus ideales, sigamos el ejemplo estelar de su vida y seremos capaces de promover un mundo mejor, comenzando por el espacio en que nos ha colocado Dios.

 

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