COMO SALIÓ DONALD TRUMP DE SUS DEUDAS

Por Peter Grant y Alexandra Berzon

The Wall Street Journal

En 1990, cuando Donald Trump enfrentaba la peor crisis de su carrera, el fin de semana del Día del Trabajo (que en Estados Unidos se celebra en septiembre), se desplazó con Wilbur Ross Jr. a Atlantic City, Nueva Jersey, para hablar en el Taj Mahal, un opulento casino que Trump acababa de inaugurar pero que estaba al borde de no poder cumplir con el vencimiento de un bono.

Ross, un experto en activos en problemas, representaba a los tenedores de bonos. Trump lo llevó a la ciudad costera en un helicóptero que exhibía su apellido en gigantescas letras rojas.

“Los bonistas estaban obviamente muy enojados”, dice Ross. “Su inclinación inicial era sacarse de encima a ese bribón”.

El helicóptero aterrizó en una pista cerca del paseo marítimo. Al instante, una pequeña multitud rodeó un auto que esperaba allí, pensando que Trump estaba en él. “Apuntaban [al auto] con sus cámaras de video... [Trump] recibió una increíble adulación de la multitud”, recuerda Ross.

“Eso me hizo cambiar totalmente de opinión. El recuerdo se me quedó grabado y me llevó a la conclusión de que el Taj Mahal sin Trump probablemente sería mucho menos exitoso que el Trump Taj Mahal con Donald” a bordo.

Aunque ya era reconocido públicamente como un astuto y muy rico hombre de negocios, en 1990 él y sus empresas debían US$3.400 millones y no estaban en condiciones de pagar. Los prestamistas podían apoderarse de sus hoteles, casinos y otros activos.

Peor aún, de aquella deuda, US$830 millones tenían su garantía personal. Si querían, los acreedores podían obligar a Trump a declararse personalmente en bancarrota.

Trump sobrevivió. Hoy es un multimillonario que cita su riqueza y su éxito para justificar que como presidente podría hacer que Estados Unidos sea “grande otra vez”.

Trump no puede exhibir experiencia alguna en el gobierno. Una forma de medir el tipo de presidente que podría llegar a ser es examinar su carrera empresarial, en particular cómo se enfrentó a su mayor crisis.

Para a salir de la situación, Trump comenzó a conducir a sus acreedores a la misma conclusión a la que había llegado Ross: financieramente, el promotor de bienes raíces valía más para ellos vivo que muerto. Un grupo de esos acreedores, que tenía US$2.100 millones de la deuda de Trump, mayormente en propiedades de Nueva York, acordó en 1990 un complejo plan que le dio al empresario años para encontrar una solución.

Trump también exprimió dinero de su imperio de casinos para transferirlo a sus propiedades en problemas. Hizo atravesar a sus tres casinos por los tribunales de bancarrota.

Incluso entonces, Trump continuó extrayendo efectivo de ellos. En 1992, cuando Trump Castle, uno de sus casinos, se encontraba bajo bancarrota protectiva (Capítulo 11 de la ley de quiebras de EE.UU.), Trump recibió US$1,5 millones por guiar a la empresa a través del proceso. En total, obtuvo más de US$160 millones de los casinos de Atlantic City en concepto de honorarios y otros pagos, de acuerdo con una serie de documentos de los reguladores de los juegos de azar de Nueva Jersey y la Comisión de Bolsa y Valores (SEC) que revisó The Wall Street Journal.

“Durante muchos años saqué dinero de Atlantic City”, dijo Trump en una entrevista. “El dinero que hice en Atlantic City alimentó un montón de proyectos”.

No les fue tan bien a aquellos que confiaron en él con sus fondos o su trabajo, incluyendo empleados, proveedores, tenedores de bonos y accionistas. Los contratistas del Taj Mahal debieron conformarse con menos de lo que se les debía. Los empleados perdieron sus trabajos.

El empresario también tomó dinero de su imperio de casinos para usarlo en sus propiedades en problemas.

Entre 1990 y 1996, Trump persuadió a sus acreedores de que le renovaran el acuerdo de reestructuración de deuda, una y otra vez. Según una persona familiarizada con esos acuerdos, Trump los hacía tan complicados que sólo él podía entenderlos plenamente.

Su lucha incluyó peleas y litigios. Demandó a socios y atacó verbalmente a quienes se cruzaron en su camino, incluyendo analistas de valores (a uno de ellos le costó su trabajo). Colegas, amigos y socios entrevistados describen a un hombre cuya combatividad puede rayar en la venganza. En un debate del Partido Republicano, cuando se preguntó a los candidatos sobre sus debilidades, Trump dijo: “Jamás perdono”.

http://lat.wsj.com/articles/SB11783374220646243479004581484563739022924?tesla=y

 

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