EL ÚLTIMO EMPUJÓN DE HITLER

Por Hugo J. Byrne

(primera parte)

Comprendo que algunos lectores no se interesen mucho en historia. Sin duda es más entretenido leer ficción o deportes, aunque no para mí. También que es más apremiante estar al día en el panorama político, lo que hago con periódica frecuencia. Sin embargo, en la historia contemporánea está la clave, el código si se quiere, para entender nuestro predicamento de hoy o de mañana. La existencia humana es una cadena y el pasado ejerce una influencia formidable en el presente y brinda una información insubstituible para entender y enfrentar el futuro.

En el invierno de 1944 se libró la batalla más importante de la Segunda Guerra Mundial en el teatro de operaciones de Europa occidental. Fue más intensa y sangrienta que la invasión alemana de 1940 a los Países Bajos y Francia. Fue más decisiva que los desembarcos de Sicilia y Anzio. Fue una acción de resultados tan importantes como los de la invasión de Normandía, o la del sur de Francia, ambas durante el verano anterior.

Las Ardenas es una zona boscosa y abrupta, de montañas escarpadas y valles profundos, situada al sudeste de Bélgica y abarcando buena parte del Ducado de Luxemburgo. No existe la menor duda de que a primera vista no invita a una ofensiva de guerra, especialmente para ejércitos motorizados. A pesar de lo cuál había sido cruzada por el ejército alemán dos veces para invadir Francia durante el mismo siglo.

Ambas ofensivas tuvieron éxito inicial. En 1940 el General Heinz Guderian abrió una profunda brecha, dividiendo totalmente a las fuerzas aliadas. Guderian alcanzó el puerto de Dunquerque en el proceso de empujar al mar al ejército británico y parte del francés en algo más de una semana. El resto de Francia fue abrumado seis semanas más tarde.

Por el contrario en 1914 von Kluge llegó hasta las mismas afueras de París, antes de sufrir una aplastante derrota en la ribera norte del río Marne a manos del IX ejército (francés) del General Ferdinand Foch, quien atravesó su flanco izquierdo. Sólo la inacción del Ejército Expedicionario Británico comandado por el General John French, impidió quizás que el “milagro del Marne” forzara un fin abrupto a la guerra. El titubeo de French le permitió al derrotado enemigo una retirada en orden. Durante la zigzagueante guerra de trincheras que durara cuatro largos años después del Marne, morirían millones de soldados y civiles.

¿Por qué Hitler decidió en el 44 jugar su última carta del frente occidental en Las Ardenas? Un factor importante fue la convicción de que podía alcanzar una completa sorpresa. Otro factor aún más decisivo fue la increíble incapacidad estratégica del comando aliado. Eisenhower evidentemente dejó desguarnecido el notorio sector usado por el enemigo dos veces durante el pasado siglo para invadir el oeste. Hitler ambicionaba reconquistar el estratégico puerto belga de Amberes, recién capturado por los británicos. La racional enemiga no era tanto apropiarse del combustible almacenado allí (versión de Hollywood), como negarle a los aliados excelentes facilidades portuarias cercanas al frente de combate.

Hitler y Eisenhower tenían muchas diferencias entre sus respectivas personalidades, pero en un aspecto se parecían mucho: el primero era un político que soñaba con ser soldado victorioso. En la guerra del 14 llegó solamente al rango de cabo, pero obtuvo la Cruz de Hierro. Fue víctima de gases venenosos y casi pierde la vista. Después utilizó su record de guerra para avanzar su carrera política. En la década de los treinta alcanzó el liderazgo de su país por medios más o menos legales.

Por su parte Eisenhower era un militar quien utilizó mucha influencia política para avanzar su carrera. Su amistad personal con una sobrina del Presidente Franklin Roosevelt y sus respectivos servicios burocráticos a los Generales Douglas Mc Arthur y George Marshall, no lo perjudicaron. Fue después de 1936 que la carrera militar de Eisenhower floreció. Hasta ese año y durante los quince años anteriores, el Jefe supremo aliado había sido un obscuro Teniente Coronel. Sólo otro soldado en uniforme del siglo XX tuvo, a mi saber, una carrera tan meteórica: Fulgencio Batista. El mismo día que se iniciara la contraofensiva de las Ardenas recibió Ike su quinta estrella.

Absolutamente desconfiado de sus generales después del atentado del 20 de julio, Hitler asumió total control de la guerra. Cuando decidió lanzar una contraofensiva en el oeste, además de acumular efectivos, pertrechos y combustible, tenía que comunicar su proyecto a quienes lo pudieran concretar. Lo hizo sólo ante una muy reducida élite: los militares presentes eran el General Alfred Jodl, el Mariscal Wilhelm Keitel, el General Werner Kreipe y el General Heinz Guderian.

Todos menos Guderian, eran menos que vasallos: simples y obedientes perritos falderos. Sin embargo, a pesar de ello Jodl, Kreipe y Guderian presentaron muy razonables objeciones a la contraofensiva. Sólo el denso Keitel permaneció impasible.

Hitler designó como nominal caudillo supremo de Las Ardenas al viejo Mariscal de Campo Gerd von Rundsted, a quien había despedido a cajas destempladas de su comando en el frente occidental alegando la desastrosa derrota en Francia. Sus órdenes al Mariscal fueron insultantes. Instruyó al viejo prusiano a no hacer nada. El Führer lo dirigiría todo. Hay una foto de Rundsted de esa época en uniforme completo, sentado ante un buró, impávido y mirando al vacío como una momia egipcia (o más bien como un soldado prusiano) en cumplimiento estricto de sus órdenes. No en balde Rundsted odiaba intensamente a Hitler, refiriéndolo a sus espaldas como a “ese cabo bohemio.

Del grupo reunido con Hitler el único guerrero brillante era Guderian, quien sobrevivió la guerra. Jodl no era tonto, pero había sucumbido a la mística de su jefe, a quien consideraba un “superhombre”. Wilhelm Keitel era un uniforme vacío, incapaz de iniciativa propia: un soldado-político por antonomasia. Su apariencia de prusiano arrogante escondía una naturaleza subalterna. Jodl y Keitel se balancearían colgados por el cuello en Nuremberg, habiendo sido condenados a la máxima pena por crímenes de guerra. No sé mucho sobre la vida de Kreipe, incluyendo su destino final.

Uno de los jefes en el terreno sería el General de las SS Josef (“Sepp”) Dietrich, antiguo “bouncer” de cantinas y ex guarda espaldas de Hitler. Dietrich no era un soldado profesional, lo que compensaba con gran coraje y completa dedicación a la causa nazi.

El otro era un legítimo guerrero: el Teniente General Hasso von Manteuffel, quien había ascendido como un meteoro de Mayor a Teniente General por sus acciones heroicas en el frente ruso. Von Manteuffel era el soldado alemán número 24 desde el comienzo de la guerra en recibir diamantes a su Cruz de Caballero, con hojas de roble y espadas cruzadas (máxima condecoración germana). A un coraje sin límites Manteuffel agregaba una inteligencia de primer orden.

A pesar de masivos bombardeos la industria bélica alemana continuaba produciendo adecuadas cantidades de material bélico. La creciente hemorragia de material humano era otra historia. Las medidas extremas tomadas por el Dr. Goebels por órdenes de Hitler incluían una semana laboral de 60 horas y expandir el servicio militar a todos los hombres mayores de 16 años y menores de 60.

Hasta el 16 de diciembre cuando se desatara la contraofensiva, Alemania había sostenido más de 3,360,000 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos, durante cinco años de guerra. Esa cifra incluyó 466,000 sólo en agosto, el mes más sangriento antes de las Ardenas.

Instrucciones del alto mando alemán trataban de eliminar la mayor cantidad posible de efectivos usados en actividades que no fueran combate. A lo que Máximo Gómez llamaba “impedimenta”, Hitler lo refería como “los puercos de la retaguardia”. Esto quizás fuera el motivo argumentado, aunque nunca la justificación, de los asesinatos de prisioneros anglo-británicos: no haber suficiente policía militar para escoltarlos a campamentos de detención.

Esta crónica continuará la semana próxima, Dios mediante.

 

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