MACEO, DEMOLEDOR DE MITOS

Por Hugo J. Byrne

Su séquito era sólo de huracanes,

su música la voz de los cañones,

las cimas de los montes sus mansiones, (*)

sus amigos ausentes, los volcanes”.

Segunda estrofa de “Los Maceo” por Bonifacio Byrne

(*) Verso cambiado.

Entre el comienzo del uso práctico de la pólvora como arma de guerra y el desarrollo de las armas automáticas a finales del siglo XIX la escuela táctica más popular era defensiva. Esa doctrina que favorecía una resistencia basada en concentración de fuego en detrimento del ataque y movimiento, tiene un origen impreciso en la batalla de Waterloo (1815), cuando el Duque de Wellington resistiera las embestidas de Napoleón. Al precio de bajas terribles, el "Duque de Hierro" mantuvo la integridad de los cuadros británicos ("squares") hasta que el arribo del ejército prusiano del Príncipe Blucher cambiara los términos del combate, haciendo inevitable la victoria aliada.

Además de abrir dudas sobre la "táctica de movimiento" con que los ejércitos napoleónicos revolucionaran la guerra moderna, el uso del "cuadro" y la "tradición de Waterloo" estimularon las tácticas militares en todo el mundo y muy en especial la del ejército británico de la era victoriana. Curiosamente, los soldados más brillantes de Gran Bretaña, creadores de la táctica de "cuadros", nunca la propusieron como substituto al movimiento. El propio Wellington usó las tácticas de Napoleón con relativo éxito durante su campaña en la Península Ibérica.

El "cuadro" era una formación cerrada en la que los soldados estaban básicamente hombro con hombro en dos líneas de fuego, separadas por el espacio requerido para distribuir la munición. Las líneas de fuego estaban una en pié y la otra arrodillada, facilitando las operaciones sucesivas de cargar las armas y de hacer fuego en descarga cerrada. Este cambio de posición era imperioso, pues los fusiles alojaban un solo proyectil y tenían que alimentarse después de cada descarga.

Le fe en el "cuadro" llegó a hacerse tan sacrosanta en la Gran Bretaña de finales del siglo XIX que se extendió hasta la Gran Guerra (1914-1918), al iniciarse la lucha de trincheras. Incluso el advenimiento de la guerra motorizada, que los mismos británicos iniciaran con la introducción del tanque durante ese conflicto, no disminuyó la tendencia al énfasis en el poder de fuego desde posiciones defensivas. Solamente la "Blitz" alemana en el verano de 1940, con la derrota aplastante de los aliados franco-británicos en el frente occidental durante la primera fase de la Segunda Guerra Mundial, terminó con el mito de la "guerra defensiva".

Sin embargo, dos eventos históricos demostraron que la eficiencia del "cuadro" siempre tuvo limitaciones, o por lo menos que su éxito dependía en evitar un ataque por sorpresa. Uno de esos eventos fue la campaña colonial británica contra los zulúes en 1878-1879. El otro, las guerras de independencia de Cuba en el 68 y el 95.

La guerra con los zulúes se inició algún tiempo después que las tropas comandadas por el General Lord Frederick Thesiger de Chelmsford cruzaran el Río Buffalo, límite aproximado entre la entonces colonia británica de Natal y Zululandia. Esta campaña fue iniciada a instancias del entonces Gobernador de la Colonia Británica del Cabo, Sir Bartle Frere. Frere consideraba necesario a la seguridad de Natal y del Imperio Británico, aplastar el Reino de los Zulúes y a su Rey Cetshwayo.

Este último demostraba cierto respeto por la corona, pero no al extremo de alterar algunas de sus tradicionales costumbres salvajes. El primer encuentro de esa guerra culminó en un desastre tan terrible como inesperado. Al pie de la elevación llamada Isandhlwana, más de mil doscientos soldados, la mayoría del veterano Regimiento 24, acampados y a las órdenes del Teniente Coronel Henry Pulleine, fueron masacrados por unos 15,000 a 20,000 zulúes. El campamento británico estaba algo disperso y la prontitud, disciplina y agresividad del enemigo previno la formación efectiva de los "cuadros". El coraje y la gran disciplina de soldados como el Teniente Coronel Durnford del "Royal Engineers", a quien un encuentro anterior con los zulúes había dejado manco, estabilizó la situación sólo por breve tiempo. Al final, el campamento de Pulleine fue totalmente aniquilado. Esta derrota británica incluso forzó una crisis política muy grave en el gobierno de Benjamín Disraeli.

Empero, la Misión de Rorke's Drift, en la rivera opuesta del Río Buffalo, fue capaz de rechazar a duras penas el ataque de 4000 zulúes, aunque los defensores eran poco más de cien. El Teniente de Ingenieros Chard que comandaba en Rorke's Drift, fue recipiente de la prestigiosa "Victoria Cross", junto a otros diez oficiales y soldados. Lord Chelmsford finalmente derrotó a los zulúes en Ulundi, en lo que algunos analistas militares interpretaron como una vindicación del "cuadro". Debemos recordar sin embargo, que en Ulundi los soldados británicos contaban con flamantes ametralladoras "Gatling", recién compradas en Estados Unidos. Los zulúes sólo tenían azagayas y agallas.

La famosa carga al machete ("notoria" para el Ejército Español), irónicamente fue originada por unidades coloniales españolas en Santo Domingo, enfrentadas con incursiones de bandidos haitianos. Esta táctica fue introducida en la Guerra de los Diez Años en Cuba por el dominicano Máximo Gómez, antiguo Comandante de la Reserva Territorial Española en Santo Domingo y uno de los genuinos genios militares en la historia de este continente.

La táctica de Gómez consistía en destacar pequeñas unidades de caballería ligera, expertas en arma blanca, las que aguardaban a cubierto de la maleza el paso de las columnas españolas de infantería. Cuando la formación del "cuadro" era por la proximidad físicamente imposible, la orden de cargar era dada, con letales consecuencias para la sorprendida tropa colonial. El éxito descomunal de esa táctica, sobre todo durante el período histórico impropiamente conocido como "La Invasión" en 1895, causó un furor enorme entre los círculos militares británicos.

Tratando de despejar la incógnita de cómo la mitología militar de Waterloo se desplomaba en la manigua cubana a manos de "pobres insurrectos zarrapastrosos", los británicos apelaron a un racismo tan absurdo como risible. "Los soldados españoles", afirmaron los “expertos” en guerra de "Illustrated London News" y "London Times", "carecen de puntería, bien sea por limitación física, o por falta de un entrenamiento militar adecuado".

Dudamos mucho que las tropas norteamericanas que tomaran (a fuerza de muchas bajas y mucho arrojo) las fortalezas coloniales de "El Viso" y "El Caney" en 1898, compartieran esa obtusa opinión.

Maceo, quien cayera víctima de una emboscada hace 119 años en Punta Brava Provincia de La Habana, demolió definitivamente el mito del “cuadro”. Siguiendo las órdenes impartidas y el ejemplo de su amigo, mentor y jefe (el Generalísimo Máximo Gómez), el “Titán de Bronce” atravesó Cuba, incluidas las dos trochas, desde Mangos de Baraguá hasta Mantua en tres meses. Durante esa ofensiva impidió la zafra, reduciendo a cenizas gran parte de la industria azucarera. A la llegada de Maceo a Mantua, la población más occidental de Cuba, el derrotado Capitán General de la Colonia Arsenio Martínez Campos, envió su renuncia a Madrid.

A principios de la década escribí: “Desde su partida de la legendaria Baraguá, teatro de su protesta del 78, hasta su triunfal entrada a Mantua, Maceo había recorrido en 92 días más de cuatrocientas veinte leguas, sostenido 27 combates, tomado 22 poblaciones y capturado miles de armamentos e innumerables vituallas a un enemigo veinte veces superior en número. Al mismo tiempo, el objetivo de Gómez se materializaba: la Colonia yacía postrada, su economía en ruinas”.

 

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