EL ANTÍDOTO AL TERROR

Por Hugo J. Byrne

“En ese de tu edad abril florido,

recibe el corazón las impresiones

como la cera al toque de las manos.

Estudia y no serás cuando crecido,

ni el juguete vulgar de las pasiones,

ni el esclavo servil de los tiranos”.

Estrofas finales del soneto “Estudia”, que recuerdo de uno de mis libros de lectura en la primaria. Perdónenme que olvidara el nombre del inspirado autor. HJB

La masacre terrorista de París me conmina a compartir mis conclusiones con los lectores. Comparados a nuestros vecinos del continente creo que los cubanos antes de 1959 éramos gente bastante pacífica. Hasta 1952 había sus problemas de orden público, incluyendo una mafia pretensamente “revolucionaria”, aunque nada parecido al Chicago de los años treinta y muchísimo menos al Chicago de hoy, con Obama de presidente y Emmanuel de alcalde.

Después de marzo de 1952 y la interrupción del proceso constitucional, hubo terrorismo, pero nada comparable al del 11 de septiembre en Estados Unidos o al de Francia la semana pasada. Algunas veces somos un tanto ruidosos, pero por lo común es sólo cuando celebramos: en ocasiones hablamos tan alto que nuestros vecinos se preocupan por nuestra salud, pero considerados en conjunto no creo que fuimos ni somos gente agresiva y prepotente. Por supuesto, siempre me refiero sólo a los cubanos libres. Sólo a ellos los considero cubanos legítimos.

Hace poco algún tarugo me llamó “guerrerista furibundo” en letra impresa. ¿De veras? ¿”Guerrerista” porque escojo defenderme cuando mi vida, mi libertad y mi derecho a buscar felicidad son agredidos? Abrazando esos derechos que llamó intransferibles, Jefferson inició con ellos la Declaración de Independencia de esta gran nación. Al final del revolucionario documento, el virginiano afirmó que el gobierno se establecía con el sólo propósito de garantizarlos.

El antídoto contra el terror es el conocimiento y su aliado más útil, la ignorancia. Especialmente la ignorancia de lo que ocurrió en el pasado. Fue Martí quien nos estimulara a ser cultos, “para ser libres”, pero hay hombres que aspiran a que los encadenen para siempre, como la estampa del clásico monito de las caricaturas pasando inconscientemente “el cepillo” para su amo, el organillero. Además de ignorantes son brutos, porque se placen en su ignorancia y desean permanecer en ella.

“Peace through stregth” (paz garantizada por la fuerza) es una idea que usó con gran frecuencia el Presidente Reagan para definir su política exterior: la usaba, pero no la inventó. Una máxima muy popular entre los tribunos del Senado de Roma era “Si bis pacem para bellum”, frase que traducida del latín quiere decir “si buscas paz prepárate para la guerra”. El estado romano desapareció, pero entre república e imperio duró un milenio y sus logros no pueden ignorarse porque pertenezcan al pasado.

No cabe duda que los romanos dominaron el mundo de su época, pero no solamente por la fuerza de las armas. Aún usamos sus obras: la famosa fuente de Trevi en Roma recibe agua que se origina en un acueducto construido durante el Imperio. También la represa “Proserpina” de Mérida (España) es el punto de partida de un acueducto romano en uso. Sus preceptos legales han influenciado positivamente el devenir histórico de las democracias modernas y el Derecho Romano aún se refleja en nuestros códigos civiles. La influencia de la civilización de Roma en nuestras vidas es enorme y afortunada.

Estados Unidos creó una República que tiene como altar la libertad de cada individuo y que ha durado más de dos siglos, pero hoy está en medio de una encrucijada histórica: se defiende o perece. El enemigo ya no está a las puertas de América, sino aquí, en nuestra casa, al acecho, furtivamente escondido entre nosotros y esperando la malévola oportunidad para destruirnos. De acuerdo a Benjamín Franklin, quizás el más ilustre de nuestros próceres, este es el único escenario de posible desaparición de nuestra república.

Y en tanto, Washington ¿qué hace hoy? Lo mismo que hicieron el Primer Ministro británico Neville Chamberlain y su contrapartida de Francia, Eduard Daladier, en Munich, durante la conferencia con Hitler en 1938: ceder a la agresión e ignorar el mortal peligro inminente.

La guerra de agresión que trataba de evitarse se desató al año siguiente y costó más de cincuenta millones de vidas humanas. Este conflicto resultó en la temporal derrota en el Continente Europeo y la ocupación de Francia durante cuatro años. Aún después del combinado asalto a Polonia de los agresores nazi- soviéticos, los franco-británicos declararon guerra a Alemania sin avanzar un paso... De acuerdo al General Heinz Guderian, quien comandara tanto la ofensiva de Polonia como la de occidente en el 40, para los aliados tomar entonces al desguarnecido Berlín hubiera sido un paseo. Pero el General francés Gamelín, jefe supremo aliado y gran conocedor de vinos, preguntado por la prensa sobre una posible acción preventiva en 1939 (justo antes del inicio a las hostilidades), respondió que ello podría interpretarse por la opinión mundial “como un abuso” (!!!). La “corrección política” no empezó aquí con la prensa “liberal”.

Algunos líderes entre los futuros aliados del Atlántico abiertamente justificaban el expansionismo nazi antes de 1939: cosecharon extinción política. Hoy nuestro Secretario de Estado intentó con olímpica torpeza establecer una diferencia entre las motivaciones de los terroristas de 13 de noviembre en París y sus cófrades asesinos de los humoristas de Charley Hebdo el pasado enero. Según Kerry los segundos tenían una cierta “justificación” (concepto orate que inmediatamente cambió por “narrativa”), de su ataque cobarde y sangriento a la libre expresión.

Cuanto he absorbido de la historia, aprendizaje imprescindible para entender el presente, me indica que el pacifismo conduce inexorablemente a la guerra. Por el contrario, la firmeza y la preparación física e intelectual para reconocer y, si es necesario enfrentar el peligro, es la mejor garantía de la paz.

Por eso termino hoy con una vieja postal de mi servicio a la paz.

 

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