MARCO RUBIO Y EL CUARTO DEBATE

Por Hugo J. Byrne

A mi ilustre amigo el Maestro Aurelio de la Vega, en sus noventa años de elocuencia musical.

Duelo verbal en los pasillos del Parlamento Británico, durante la primera mitad del siglo XX, entre la izquierdista Lady Astor y el entonces afiliado al Partido Liberal Winston S. Churchill. Astor: “¿No le da vergüenza? ¡Está usted totalmente borracho!” Churchill: “Sí señora, estoy borracho y usted es fea, pero mañana estaré sobrio”.

La elocuencia no es un secreto pero, ¿cómo definirla? No consiste en la frase cabal, la estrofa sonora o el sonido adecuado. No estriba en la memoria, la pasión o la originalidad. Es la suma de diversas habilidades, incluyendo las mencionadas. Como se ha afirmado sobre la obscenidad, es muy difícil definir la elocuencia, pero se aprecia en cuanto ocurre.

Para ser elocuente no hace falta un libreto, un “apuntador” o un “teleprompter” (ese maravilloso “apuntador electrónico” sin el cual nuestro presidente sería mudo). La elocuencia es más que la virtud de la comunicación colectiva: muchos se refieren al finado Presidente Ronald Reagan como al “gran comunicador”. Su carrera política se inició con un discurso televisado en 1964, durante la campaña presidencial de ese año.

Reagan fue estrella de cine, aunque sin la popularidad de otros como Gable, Bogart o Flynn. En años posteriores a su carrera tuvo gran éxito como negociante y empresario. Pero fue su elocuente homenaje a la sociedad libre de trabas burocráticas y gravámenes del estado de 1964 la que disparara su carrera política. El candidato presidencial Barry Goldwater, Senador por Arizona a quien respaldaba Reagan fue barrido ese noviembre, pero de su campaña nació el mejor comunicador en una era.

La habilidad a comunicarse no emana del gesto exagerado, ni de la voz más profunda o más aguda. Se puede ser elocuente sin necesidad de hablar. Se afirma que hay silencios ensordecedores.

Uno de los mejores discursos jamás oídos ante la llamada “Asamblea General de Naciones Unidas” (infortunadamente aún en New York) fue recientemente pronunciado por el Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. El premier israelita hizo pausas silenciosas en alegoría al silencio hipócrita y cómplice de ese coro corrupto que finge ignorancia ante los crímenes del terrorismo islámico.

La buena comunicación con el público demanda mutuo entendimiento. Un orador elocuente conoce siempre a su audiencia. No es lo mismo arengar a los soldados antes del combate que dar una conferencia en el ateneo. No son muchos los tenores operáticos capaces de cantar boleros, o viceversa. Pero los hay y son muy elocuentes.

Los senadores Rubio y Cruz en mi criterio han sido las estrellas de los cuatro debates republicanos. En ambos la comunicación ha sido impecable. Sin embargo, se puede prevalecer en un debate sin ser muy elocuente. Debatir es una técnica.

Creo que en un artículo anterior describí mi impaciencia presenciando hace muchos años un debate de la organización “Toastmasters”. La esencia fundamental del tema podía ser ignorada. Lo único que sumaba o restaba puntos con el jurado era supuestamente la presentación del mismo. El propósito era sólo convencer a la audiencia, en ese caso el jurado. En otras palabras: un concurso de belleza.

En el reciente cuarto debate republicano hubo un momento de pura elocuencia. Creo que fue María Bartirromo, miembro del trío de moderadores y parte de esa falange de brillantes y atractivas damas, carta de triunfo de Roger Ailes en Fox News, quien hizo la pregunta.

Senador Rubio ¿no es acaso cierto que la Secretaria Clinton tiene más experiencia pública que casi todos los candidatos aquí presentes? La expresión seria que mantiene Rubio en los debates dio paso a una breve sonrisa, correspondida por Bartirromo y por el aplauso del público, el que reía a mandíbula batiente. El intercambio de sonrisas entre el senador y Bartirromo fue, en mi criterio, el instante más elocuente del debate.

Ahora pasemos revista a la realidad sobre la “experiencia pública” de Clinton. La experiencia en cualquier actividad humana no se mide necesariamente por el tiempo dedicado a la misma. Más de la mitad de mis años de trabajo los desempeñé en compañías transnacionales de ingeniería y construcción y fui supervisor de grupos de diseño estructural. Como tal tuve que tratar con una variedad de ingenieros y superintendentes de distintas disciplinas y compañías. Aclaración: no soy ingeniero graduado y nunca he tenido licencia en un Estado de la Unión. Sin embargo, en una oportunidad el grupo asignado a mí en Bechtel Power Corp. llegó a tener diecisiete empleados técnicos de distintas categorías.

En seguida me percaté que algunos con sólo dos o tres años de trabajo en su récord, eran más capacitados y eficientes que otros con diez o más. El tiempo dedicado a una actividad no refleja necesariamente un conocimiento adecuado de la misma.

Aunque siempre con ambiciosas aspiraciones políticas, la primera función pública a nivel federal de Hillary Clinton fue adquirida por “carambola”: Primera Dama. Admito que participó en funciones públicas durante los ocho años de la presidencia de su esposo, pero esas contarían si se trataran de éxitos. Pero Hillary Care” no sólo fracasó sino que fue parte del sentimiento negativo que culminara en la debacle parlamentaria de su partido en 1994. El resto, fueron funciones sociales o decidir el color de las cortinas en la Casa Blanca.

Cómo Senadora por New York se desenvolvió mediocremente, sin penas ni glorias. Su paso por la Secretaría de Estado se ciñe a un caleidoscopio de severos fracasos y escándalos, cuyas imágenes y consecuencias aún la persiguen.

En el asunto de sus correos electrónicos es evidente que mintió y no sólo al pueblo. Hizo declaraciones falsas bajo juramento al Congreso.

La investigación por el FBI de sus manejos arbitrarios en asuntos oficiales, continúa. En el mejor escenario para su futuro ese bagaje será un pesado lastre a su campaña presidencial. En el peor, podría ser enjuiciada, eventualidad que terminaría su escabrosa carrera política y podría sellar (literalmente) su futuro. En ese último escenario nos perderíamos la posibilidad de verla “debatiendo” con el candidato más elocuente de la oposición en mi criterio: el Senador Rubio.

 

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