EL SEMÁFORO
Por el Rev. Martín N. Añorga

Hay cierta competencia a la hora de determinar dónde fue instalado el primer semáforo del mundo. Algunos historiadores dicen que fue en Londres, el 15 de diciembre de 1869, diseñado por el ingeniero ferroviario John Peake Knight e instalado frente al parlamento británico de Westminster. Se trataba de un aparato con dos focos de gas, uno de color rojo y otro de color verde que se activaban manualmente.

Otros investigadores afirman que fue en la ciudad de Cleveland, Estados Unidos, donde se instaló el primer semáforo, el 5 de agosto de 1914, en la intersección formada por la avenida Euclid y la calle 105 del este. Su inventor fue Garret Augustus Morgan. El mismo fue instalado sobre un soporte en forma de brazos y contaba, al igual que el inglés, con dos luces, la verde para proseguir y la roja para detenerse. El cambio entre ambas se anunciaba por un zumbido. El sistema fue alterado poco después y el zumbido fue sustituido por una luz intermedia de color amarillo. Los primeros semáforos de tres luces aparecieron en 1920 en Detroit, y en Nueva York, ciudad que los estrenó en la hoy famosa quinta avenida.

Los semáforos eléctricos hicieron su debut en el año 1953. Ocho años más tarde, en 1961, se introdujo en Berlín el dispositivo que regulaba automáticamente los cambios en los colores de los semáforos, usándose el amarillo en el intercambio de luces como un aviso a los conductores para que regularan su velocidad.

Probablemente muchos de nuestros lectores no recuerden los años en que eran los policías, subidos en un pequeño estrado, los que con un silbato y haciendo señales con sus brazos dirigían el tránsito de vehículos. Estaban protegidos con un techo de lona para no ser víctimas de la inclemencia del sol o el azote de la lluvia. Yo era joven, y recuerdo que en una intersección de la calle Neptuno, en La Habana, el policía probablemente por cansancio, se confundió al indicar a quien le pertenecía el paso y un autobús destrozó el lado derecho de un automóvil. El conductor del mismo, protegido por afianzarse al timón colocado en su lado izquierdo, salió ileso corriendo para atacar al chofer de "la guagua", cuyo motor exhalaba un espeso humo.

Nunca supimos el desenlace porque nos vimos obligados a continuar nuestro camino.

Hoy día los semáforos son sincronizados desde una planta central en la que se determina, de acuerdo con lo hora y la intensidad comprobada del tránsito, la duración en los cambios de luces. A menudo nos incomodamos cuando nos toca esperar un cambio, y dado que no podemos pelear con un instrumento que escapa a nuestro control, nos ponemos nerviosos, irritados y generalmente un tanto agresivos.

Estadísticamente, es en los cambios de luces de los semáforos donde más comúnmente se producen accidentes, y muchos de ellos, con fatales consecuencias. La costumbre de acelerar ante la luz amarilla para ganar el rápido acceso a la luz verde es sumamente peligrosa. Se recomienda a los conductores que se detengan ante los cambios de luces, y antes de

proseguir se cercioren de que ningún desesperado se ha convertido en bólido para adelantarse a todos los demás.

Según análisis nacional en Estados Unidos hay un aumento continuado de vehículos. Se estima que hay cerca de 900 autos por cada 1,000 personas. El problema es que el número de vías disponibles crece en desventaja con el número de vehículos que transitan en las mismas, de aquí las extraordinarias congestione que se producen en todas nuestras autopistas en determinadas horas del día. Un ejemplo lo tenemos en el área de Los Angeles, en California, donde existe el registro per cápita de automóviles más alto del mundo. Fue precisamente en la ciudad de San Francisco, donde se instaló el primer sistema de semáforos automáticos con cambios de luces programados, gracias al invento de William Ghiglieri desarrollado a partir del año 1917.

Debido a que no puede estar un agente del orden en cada importante intercesión de la ciudad, en años recientes se ha acudido a la instalación de cámaras, cuyo uso continúa creando polémicas en determinados sectores de la comunidad. La tesis de que el que maneja en atención a las leyes no debe temer ser fotografiado por una cámara, no convence a muchos, especialmente a los que no se detienen ante la señal que les indica el semáforo.

Hay personas que argumentan que en las autopistas no hay semáforos y los vehículos se desplazan con razonable seguridad. Existen, naturalmente, señales que indican el límite de velocidad y avisos que orientan a los conductores acerca de las incidencias que pudieran encontrar en la pista. En las calles y avenidas es donde se instalan semáforos, y donde no los hay porque no sean necesarios, están claramente indicados los sitios donde debemos detenernos. Muy a menudo se producen accidentes porque una persona no respeta la señal de "Pare", o desconoce el aviso que le señala que "conceda el paso".

A pesar de que en casi todas las grandes ciudades del continente existen hoy día apropiados sistemas de semáforos, muchos de los recién llegados a nuestro medio ceden a la costumbre de conducir de forma desordenada. Hay que tomar un examen para la obtención de la licencia para conducir, y para superar el mismo disponemos de abundante literatura que nos instruye en las normas prevalecientes en Estados Unidos; pero una vez que muchos se sientan frente al volante se olvidan de las reglas y se creen dueños de los caminos.

Suelen producirse cambios de personalidad en quienes controlan el timón de su automóvil. Un sentido de superioridad surge en muchos seres humanos que experimentan el placer de estar en control de alguien o de algo. He conocido a individuos generalmente sosegados y pacíficos que cuando creen que otro chofer les ha violado sus supuestos derechos, vociferan, pelean y gesticulan. Se ha dado repetidamente el caso en los que se acude al uso de armas de fuego o al enfrentamiento violento entre personas que probablemente suelen ser apacibles y corteses. No vale la pena que por un incidente relacionado con un cambio de luces en el semáforo perdamos la calma, provoquemos un accidente o una desgracia.

Concluimos insistiendo en que no debemos mirar a los semáforos como si fueran una impertinencia. Realmente se trata de equipos destinados a proteger nuestra vida, hechos para nuestro bien, y no para echarnos a perder el día, o la noche. Recuerden el popular dicho que podemos adaptar para nuestro beneficio: "vale más perder un minuto en la vida, que la vida en un minuto".

Los semáforos no son responsables de que tengamos que pagar una multa que ultraja nuestro presupuesto. No están para hostigarnos ni dañarnos. Están, repetimos, para ayudarnos. Probablemente usted no lo crea, pero yo estoy seguro de que es así.

 

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