LA HABANA NO SE HUNDE EN EL MAR SINO EN EL COMUNISMO.

Dr. Oscar Elías Biscet

Presidente de la Fundación Lawton de Derechos Humanos

Presidente del Proyecto Emilia

Medalla Presidencial de la Libertad

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¡Maravillosa! La extensa región terrestre de más de ocho millones de kilómetros cuadrados. Sus llanuras verdosas cercadas por bosques tupidos de arboles y enramadas, también con predominio del color verde. Región húmeda y tropical, de clima monzónico, de llanos y montañas, ríos y lagos, pobladas de animales exóticos y salvajes, sus pobladores nos legaron sus pinturas rupestres. Su belleza, solo superada por el jardín del Edén. Esto ocurre entre 8,000 - 4,200 a.C. y es la región del Sahara.

Troya, ciudad que domina el acceso a los Dardanelos, estrecho que une al mar Egeo con el mar Negro. Desde ella, el mar se puede observar fácilmente, está a menos de un kilometro. Se encuentra en la bahía de Besika, que es una ensenada del mar Egeo. Fundada hace más de tres mil años. Ésta es la sagrada Ilion de los griegos o la Wilusa de los hititas, de los altos muros impenetrables y los ricos mercados de números productos.

Los dos eventos narrados en los párrafos anteriores, son transformaciones profundas desarrolladas en nuestro planeta Tierra, sin la intervención de la raza humana. Complemento esos hechos.

Todo individuo con un mínimo de conocimiento cuando oye el nombre de Sahara, piensa rápidamente en el desierto. El desierto del Sahara aparece en el años 4,200 a.C. y finalizan sus verdes sabanas y bosques, junto a su civilización. Las lluvias monzónicas gastaron las esculturas realizadas por los pobladores, entre ella la esfinge con cuerpo de león y cabeza humana, al pie de las pirámides de Gizeh. Los monzónicos desaparecieron por colapso drástico del casquete de hielos Wurms, 10 000 – 9 000 a.C., también afectó al glacial Wisconsin de Norteamérica, estos son resultados de cambios en el eje orbitar de la Tierra.

En la actual colina de Hisarlik, Turquía, se encuentra Troya, a 4.5 kilómetros de la costa, su bahía y ensenada desaparecieron y fueron sepultadas con tierra. Del mismo modo, sucedió con la ciudad de Troya, perdida en el tiempo. El aficionado arqueólogo alemán, Heinrich Schliemann, en 1871, hizo el gran descubrimiento de la Santa Ilion; era la confirmación del que el poema homérico de la Ilíada, primera obra de la literatura occidental, no era una leyenda sino hechos históricos narrados en poesía.

En Turquía, centenares de kilómetros al sudeste de Troya, en 1994, se descubrió un complejo monumental arquitectónico, nombrado Gobekli Tepe, que fue enterrado voluntariamente; por al contrario de Troya y otras ciudades como Harappa y Mohenjo-Daro de la cultura del valle del Indo que fueron sepultadas por la acción de la naturaleza. La importancia científica de estas ruinas urbanas es que se perdieron en el tiempo y tienen un significado cultural importantísimo: los ocupantes tenían una lengua escrita, conocían la rueda y poseían casas con baños, desagües y monedas (2 900 a.C.) antes que Lidia, 570 a.C., y Asiria, 700 a.C. Esta cultura del valle del Indo era contemporánea a Egipto antiguo, Sumeria, Acadia y Creta. Se dice que Gobekli Tepe era más antigua, en 7 000 años, que la cuna de la civilización, Mesopotamia.

Por otra parte, en el 2014, un grupo de arqueólogos descubrió resto de una ciudad, del tercer milenio a.C., en el golfo Argólico de Grecia. Pudiera ser la perdida ciudad de Lerna. Así como desapareció esa antigua ciudad, los escépticos ecologistas dan esos pronósticos a varias zonas y ciudades en la actualidad. Estos supuestos nuevos casos lo relacionan con la actividad humana.

En realidad, parece que estos estudiosos del ambiente le restan importancia a la segunda ley de la termodinámica, la entropía. Ésta anuncia que todo sistema pierde energía, envejece (decadencia), se destruye y termina en el caos; proceso intrínseco del mundo natural. También olvidan que los movimientos de las placas teutónicas generan terremotos, tsunamis y cuando son de muy fuerte intensidad, pueden desviar el eje orbitario de la Tierra, como los recientes tsunamis de Indonesia y Japón.

Al escribir sobre estos temas climáticos, me gustaría recomendarles las lecturas de los libros “El ecologista escéptico”, de Bjorn Lomborg, y “Planeta azul (no verde)”, de Václav Klaus. Ambos detallan como algunas personas quieren imponer sus tesis ambientales, desdoblando la verdad, sustentándose en la coerción bajo las fuerzas del Estado, con graves riegos de supresión de las libertades.

En La Habana, observo su malecón muy a menudo, sus arrecifes siguen en el mismo lugar y su nivel de agua igual. Sin embargo, me llama la atención dos cosas que han cambiado en poco más de una década, después de los tsunamis de Indonesia y Japón. Antes de 1999, cuando salía temprano de mi casa y cruzaba la calle, veía el sol saliente a mi derecha y como si tomara la avenida para correr sobre mí. Doce años más tarde, hago la misma maniobra, pero el sol mañanero está más sobre la derecha y a mi espalda y ya no se desliza como un auto por la avenida. Otras de las cosas que han cambiado en La Habana, es que se hunde cada día más en la miseria, suciedad, basura, hambre y falta de libertad. La Habana no se hundirá en el mar sino que sucumbe por la mala administración de las autoridades socialistas.

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