TRES PALABRAS

Rev. Martín N. Añorga

Vamos a empezar este modesto artículo mencionando tres palabras: disidencia, unidad y oposición.

No sabemos a quién o a quienes se les ocurrió la peregrina idea de que ser disidente en Cuba perjudica al régimen castrista. Etimológicamente un disidente es el que cambia de silla sin irse de la reunión. La persona que en términos generales está de acuerdo con una tesis o un plan, pero que difiere de algunos de sus puntos se declara en disidencia. Es algo así como sucedía cuando éramos niños y nos disgustábamos uno con otro: “dame el dedito y no me hables más”, decíamos, nos apretábamos los deditos meñiques y a la media hora estábamos jugando otra vez.

No creo que porque seamos disidentes del tiránico dominio comunista implantado por la fuerza y el engaño en Cuba, entremos en el compromiso de derrocarlo. Hay matrimonios en los que a menudo se entra en conflictos y diferencias; que en la mayoría de los casos terminan en el placer de una reconciliación. Una situación parecida acontece con los disidentes y la férrea dictadura de los Castros y compañía.

Recordemos un poco la historia. Fidel Castro no combatió a Batista con teorías de supuesto alejamiento ideológico. Se vistió con el verde uniforme de criminal y atacó el cuartel Moncada. Posteriormente llegó a la Isla, no con un pliego de peticiones o un recital de quejas, sino con armas que utilizó para sembrar el terror en las montañas orientales. ¿Podremos creer que a un sujeto como éste derrocaríamos diciéndole que estamos en desacuerdo con sus crímenes y cruzarnos de brazos?

Entiendo que en Cuba no hay avenidas disponibles para que provoquemos una confrontación armada; pero eso no significa que tengamos que conformarnos con el hecho de que el régimen imperante en la Isla nos disguste y que nos baste con decirlo. Cambiarse de acera no es una solución definitiva.

Probablemente muchos lectores reaccionen diciendo que es muy fácil y acomodaticio insinuar aunque sea una leve crítica contra el concepto de la disidencia. Ciertamente -insisto-, ser disidente implica una serie de concesiones que no contribuyen a la desintegración del anacrónico y perverso régimen comunista. Los centenares de miles de compatriotas supuestamente exiliados que visitan anualmente a Cuba, al ser preguntados, confesarían que no simpatizan con la infame revolución. Son “disidentes ideológicos”; pero “compañeros de viaje”, inconscientemente o voluntariamente.

La otra palabra que me inquieta es “unidad”. Llevamos 54 años tratando de “unirnos” y dándole vueltas a esa posibilidad se nos han ido las oportunidades de combatir al régimen de Castro. El día en que se produzca un levantamiento serio en Cuba o surja un líder que sea capaz de estremecer los podridos cimientos de la fracasada revolución, comprobaremos que la unidad cambia de sueño a realidad.

La unidad es un concepto que confundimos con ”unicidad” . Si unidad implica que tengamos una organización única, una estrategia unánime, un ideario inapelable, estaríamos cayendo en el mismo ámbito en que se desenvuelven nuestros enemigos. No creo que haya que reclamar la existencia de un “ajiaco político” para combatir a Castro. Esperar unos por otros para entrar en acción dilata la posibilidad de actuar.

Con muy raras excepciones, en el exilio los verdaderos exiliados nos sentimos unidos. Somos como familias: cada una en su casa, pero sin enemistades, competencias o recelos. Estamos unidos por el sagrado amor a la patria y por el compromiso de nunca abjurar de nuestra militancia. Ahora bien, si se trata de la unidad entre el exilio y los cubanos combatientes dentro de Cuba el tema requiere un análisis; pero podemos señalar el hecho de que numerosas organizaciones del exilio mantienen comunicación con grupos dentro de Cuba con cuyos ideales concuerdan , y que esa comunicación incluye envíos de ayuda material.

Resumiendo, la solución del problema cubano no depende de la unidad del exilio., pues de manera muy coherente todas las organizaciones están equipadas con el mismo ideario patriótico. Martillar sobre el tema de la unidad con el previo concepto de que “lograda” la misma se conseguirá la libertad patria es retardar la conquista de esa meta. Primero, que se provoque la acción y se mostrará la fuerza y la importancia de nuestra existente unidad.

¿No nos llama la atención que una “prominente disidente” venga a hablarnos de unidad cuando en Cuba no se ha logrado la unidad monolítica entre los que de una u otra forma se enfrentan al sistema implantado en la Isla?

La otra palabra –la preferida por mí-, es “oposición”. Con el régimen castrista no creo en la posibilidad de un diálogo para discutir diferencias ni en la utópica reacción positiva ante una lista oralmente presentada de justas demandas. La repelente revolución entró por la puerta de la fuerza, y no se iría jamás por la salida de emergencia a menas que reciba un empujón de coraje y violencia.

No soy tan ingenuo como para pensar en una invasión armada con la ayuda de países amigos, que lamentablemente son pocos; pero creo en el poder de la ofensiva continuada. Al río Yumurí le tomó milenios erosionar la superficie de la tierra para fabricar el valle que hoy lleva su nombre. El mar y el viento reducen montañas y cambian paisajes con su permanente golpear. Usamos el símil sin implicar que debemos esperar centurias para rescatar a Cuba, sino para señalar que un procedimiento constante de ofensiva tiene una poderosa fuerza destructora.

Los grupos opositores que se enfrentan a las fanáticas fuerzas represivas, las Damas de Blanco con su caminata semanal desafiando a las espurias autoridades, los valientes que destruyen los escasos recursos de la tiranía y los bravos que no temen usar un micrófono para retar a los opresores, corriendo el riesgo de ser encarcelados, son fuerzas que privan de tranquilidad al régimen y lo debilitan. Lo que esperaríamos es que en Cuba se extendiera esta oposición. Por supuesto, lo imprescindible es superar el miedo; pero hay que entender que la dictadura no es inexpugnable y que tiene grietas que pueden explotar los que se le oponen.

Los que lo practican en serie y con brutal agresividad, se han encargado de desacreditar hasta lo máximo el concepto de terrorismo. Llaman terrorismo al acto de romper una vidriera, pintar una pared, desinflar la goma de un vehículo oficial o repartir proclamas antigubernamentales. Poner en práctica una oposición nacionalmente extendida no es necesariamente terrorismo.

Terrorismo fue el sucio camino que tomaron los revolucionarios para apoderarse del poder: colocar bombas en los cines, amedrentar a la ciudadanía con tiroteos públicos diseminados por todos los rincones de la ciudad, fusilar indiscriminadamente a jóvenes para exhibirlos como amenazas para los demás y despojar a otros de sus posesiones por la fuerza. Esa no es la estrategia que sugerimos; pero tampoco podemos resignarnos a que llamen terroristas a los que se enfrentan con sus pocos recursos disponibles a la bestialidad de un sistema oprobiosamente abusivo y criminal.

Tres posibilidades: la fácil práctica de la disidencia, la espera elusiva de la unidad o la oposición frontal, cívica, agresiva y valerosa son nuestras alternativas.

¿Por cuál de éstas se decide usted?.

 

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