EL INCIDENTE DEL VIRGINIUS

Por Frank Cosme

Primavera Digital

El próximo 31 de octubre se cumplirán 142 años de una crisis internacional que estuvo a punto de ocasionar una guerra entre EU y Gran Bretaña de un lado, y España por el otro.

En el medio, tal como en la crisis de los misiles en el año 1962, la isla de la jodedera perpetua entre potencias extranjeras: Cuba.

Es casi previsible, dada la natural tendencia a la desmemoria, que ni en Cuba ni en el exterior se recuerde la fecha del 31 de octubre de 1873, día en que comenzó este absurdo incidente, que quedó registrado en las memorias de la historia diplomática del mundo.

La detención, abordaje, y apresamiento del vapor Virginius por la corbeta española Tornado en aguas jurisdiccionales de Jamaica, por entonces territorio británico de ultramar, y su posterior remolque a Santiago de Cuba fue el comienzo de una escalada que por escaso margen no originó una guerra entre las mencionadas naciones.

Los textos de historia consultados no se ponen de acuerdo en los detalles. Mientras la Enciclopedia Británica de 1911 habla de 155 pasajeros, Manuel Márquez Sterling en su libro La diplomacia en nuestra historia -Habana 1909- habla de 165. Francisco Pi y Margall, reconocido historiador, filósofo y periodista español, corrobora esta cifra.

Era evidente que el efectivo espionaje español había detectado que el Virginius venía cargado con armas y cubanos dispuestos a engrosar las filas del ejército mambí en la guerra de 1868. Con la excepción del Coronel William O´Ryan (aparece también como Washington O´Ryan) y algún que otro británico dispuesto a unirse al ejército independentista, el resto estaba conformado por la tripulación.

Desde que entró el Virginius a Santiago de Cuba, los del Cuerpo de Voluntarios, entre loas a España y mueran los mambises, comenzaron a pedir las cabezas de los prisioneros.

La historia cubana insiste más en el fusilamiento de los 8 estudiantes de medicina, ocurrido dos años antes, en 1871, e instigado también por el Cuerpo de Voluntarios, que en este incidente, donde ocurrieron más muertes y que estuvo a punto de originar un conflicto internacional.

Aparece otra discrepancia en los textos cuando citan al gobernador de Santiago de Cuba, Juan N. Burriel, como el único autor de los fusilamientos de los prisioneros del Virginius. Cierto que fue el ejecutor, pero el Capitán General Joaquín Jovellar estaba al tanto y dio el visto bueno. Ninguno de los dos consultó con Madrid y actuaron con el típico despotismo que caracterizaba a estos gobernantes colonialistas.

El Virginius llegó a Santiago de Cuba el 31 de octubre. Dos días después, el 2 de noviembre, Burriel dispuso la inmediata ejecución de los líderes cubanos.

Eran estos, el Coronel Pedro de Céspedes, hermano del presidente de la República en Armas Carlos Manuel de Céspedes; William O´Ryan, estadounidense, coronel del ejército cubano; el coronel Jesús del Sol, también con una historia insurreccional; el coronel José Borrell Amador, el capitán Salvador Peneda y Alvarado, y Bernabé Varona Borrero.

Varona Borrero, conocido entre los cubanos como Bembeta, había alcanzado los grados de General de Brigada por su reconocida labor, aún antes de la guerra, como abolicionista (dirigió una rebelión de caleseros) e independentista. Autor del incendio de la ciudad de Guáimaro, cruzó la trocha de Júcaro a Morón con 600 hombres para llevar la guerra a Las Villas. Todo esto antes que le ordenaran armar expediciones en el exterior para aprovisionar al ejército mambí.

Entre el 4 y 6 de noviembre Burriel ordenó el fusilamiento de 53 pasajeros más, entre cubanos, estadounidenses y británicos. Insatisfecho todavía, el 7 de noviembre ordenó ejecutar al capitán y 36 hombres de la tripulación. Al día siguiente, 12 más.

Pi y Margall, identificado también como un referente de la tradición democrática española, expresó sobre estos crímenes: “¡Cuánto sentiría el pobre Burriel no haber encontrado alguna otra disposición para darse el placer de fusilar los 165 prisioneros y luego quemar el barco!” (“Cuba y Pí y Margall”, M. Márquez Sterling y José Conangla, La Habana, 1947).

Los cónsules de EU y Gran Bretaña protestaron y reclamaron la detención de las ejecuciones a Jovellar y Burriel quienes, utilizando la táctica de dar largas con promesas, esperaban terminar este asunto a su manera.

Según las propias palabras del Capitán General Joaquín Jovellar, consistía en “hacer un terrible, saludable y eficaz escarmiento para levantar el espíritu de los leales a España”.

Enterados por la prensa de estas ejecuciones sumarias, se desataron en Estados Unidos enardecidas protestas entre ciudadanos, políticos y antiguos comandantes, tanto confederados como norteños, que exigían al presidente Ulises S. Grant poner la nación en pie de guerra contra España.

Pero mientras estos sucesos se desarrollaban a nivel de escaramuzas diplomáticas, los fusilamientos continuaban.

La matanza podría haber persistido de no ser por un cubano cuyo nombre desafortunadamente no registra la historia. Este cubano, que era empleado de la agencia británica que operaba el cable en Santiago de Cuba, envió un mensaje clandestino a Jamaica donde daba parte de la situación que ocurría con los pasajeros del Virginius.

Al atardecer del 8 de noviembre de 1873 se presentó inadvertidamente en el puerto de Santiago de Cuba el buque de la Armada Británica HMS Niobe, comandado por Sir Lambton Lorraine, quién le hizo saber de inmediato a Burriel, a través de un mensajero, que su orden era no moverse hasta que el gobernante le diera una respuesta, y que bombardearía la ciudad si no cesaban de inmediato los fusilamientos. Advirtió que aunque no tenía esas órdenes directas de Londres, lo iba a hacer en caso de no cumplirse ese ultimátum. En otras palabras, que le importaba un carajo Londres y que lo llevaran a un Consejo de Guerra.

Desde luego, cesaron las ejecuciones tras la amenaza de Lorraine.

Otros textos afirman que fue el propio capitán Lorraine quién se presentó en la oficina de Burriel, pero es más creíble la versión anterior.

En Washington se logró un acuerdo entre el Secretario de Estado norteamericano, el embajador británico y el embajador español José Polo de Bernabé, comprometiéndose España a devolver el Virginius a Estados Unidos con el resto de los sobrevivientes, además de pagar una indemnización a ambos países por los fusilamientos de sus ciudadanos.

Alcanzado este punto, hay que subrayar que los Estados Unidos y Gran Bretaña conocían la situación por la que atravesaba España en ese año 1873. El 11 de febrero había renunciado al trono Amadeo de Saboya y se había constituido la Primera República española que duró lo que un merengue en la puerta de un colegio, originando inestabilidad política y social, violencia y revoluciones.

En la colonia española más importante, Cuba, sus gobernantes no obedecían las órdenes de Madrid.

Cuatro presidentes se sucedieron -entre ellos Pí y Margall- en este período republicano que duró desde el 11 de febrero de 1873 hasta el 29 de diciembre de 1874, en que el General Martínez Campos, muy conocido en la historia cubana, restauró la monarquía, en este caso a favor de los Borbones.

El último de estos presidentes republicanos, Emilio Castelar, había ordenado al Capitán General desde noviembre de 1873 que se devolviera el Virginius con sus sobrevivientes.

El propio Castelar había nombrado a Jovellar, Capitán General de Cuba en enero.

Jovellar, inexorable en su despotismo, se amparó en cien excusas para hacer su voluntad. Una de ellas, la única válida, que su situación era difícil con 80,000 carabinas en las manos de los Voluntarios que se imponían en la Habana.

Castelar insistió en sus requerimientos para que Jovellar obedeciera, diciéndole que nadie comprendía en España su resistencia a cumplir un compromiso internacional firmado en Washington entre Estados Unidos, Gran Bretaña y España.

Por fin accedió Jovellar y el 3 de diciembre un grupo de sobrevivientes británicos fueron entregados al Niobe y el día 18 los restantes fueron trasladados a la corbeta estadounidense Juniata para su traslado a New York, donde fueron atendidos por la organización Amigos de Cuba que los ayudó a regresar a sus hogares.

Estos déspotas coloniales que gobernaron Cuba, y particularmente Jovellar, por su sed de venganza contra los rebeldes cubanos, crueldad e indisciplina contra su propio gobierno, pudieron originar un conflicto entre naciones. ¿No hubiera sido causa para su condena e inhabilitación? Nos encontramos ante la impunidad con que se ha tratado estos asuntos, no solo por el gobierno español, sino también por los historiadores de esa nación.

Sigamos el rastro posterior de estos déspotas.

Joaquín Jovellar fue nada menos que Ministro de Guerra en dos gobiernos, el de Práxedes Mateo Sagasta y el de Cánovas del Castillo, famoso por haber pronunciado aquella célebre frase en la guerra de 1895 de “hasta el último español y la última peseta” y no solo eso, sino que hizo valer la tozudez de estas palabras al nombrar como Capitán General de la isla al carnicero mayor que pasó por esta, el General Valeriano Weyler.

En cuanto a Juan Nepomuceno Burriel, parece habérselo tragado la historia.

Valeriano Weyler, en 1909 fue nada menos que Capitán General de Cataluña, distinguiéndose en la llamada Semana Trágica de Barcelona, al reprimir sin clemencia los disturbios que se produjeron.

En Wikipedia, de la que no hay que confiarse mucho, asoma la tergiversación atenuación y justificación de la Reconcentración hecha en Cuba por el sanguinario Weyler, afirmando que fue una exageración de la prensa norteamericana incitada por Hearst. Desde luego, todas las fuentes son de historiadores españoles, con inclusión de un libro publicado por la Fundación Cánovas del Castillo.

Eso demuestra indiscutidamente que los historiadores españoles no han aprendido todavía -como los alemanes, que no aminoran en su historia las atrocidades cometidas por los nazis o los propios estadounidenses, que tampoco ocultan las brutalidades cometidas contra los indios- que solo la verdad los hará libres, y que ninguna generación actual tiene responsabilidad sobre lo que hicieron sus coterráneos en el pasado y por tanto no hay que justificar, atenuar, y disfrazar la verdad, porque esta, tarde o temprano, sale a flote.

En el libro del historiador Emilio Roig de Leuchsenrig “La Reconcentración de Weyler, preludio de la barbarie nazi en Cuba”, aparecen otografías de cubanos víctimas de la reconcentración, que sin pie de grabado no se sabría si eran cubanos o judíos en los campos de concentración. Curiosamente, dicho libro, que se encuentra en numerosas bibliotecas de América, incluyendo la del Congreso de Estados Unidos, no aparece en la recopilación de los textos publicados por este autor en la Enciclopedia Cubana en la Red.
Para Cuba actualidad: glofran864@gmail.com

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