DOS TOMEGUINES Y UNA JAULA

Por Esteban Fernández

Durante los inicios de la dictadura, los patriotas cubanos se dedicaron a prenderle fuego a los cañaverales aledaños a mi pueblo. Un amigo me dijo, y todavía no sé si eso es cierto, que “los pájaros le salen huyendo a la candela” y que ese es el momento preciso para cazarlos mansitos.

Lo miré con la duda reflejada en mi rostro, pero como siempre he sido un firme admirador de los pajaritos, en cuanto veía a mi vecino y amigo Juanito Domínguez salir mandado para el Cuartel de Bomberos, yo cogía mi jaula y trataba de acercarme a donde estaba la quemazón.

Aquello era un error garrafal porque ya me tenían “fichado” los gendarmes del G2, pero debido a mi poca experiencia de la vida, mi juventud atrevida y desconocedora del peligro ( y eso unido a mi amor por los tomeguines del pinar, los azulejos, los verdones, mariposos y los canarios) me lanzaba a esa imprudente aventura.

Nunca me topé con los esbirros hasta un día en que increíblemente me salvó la Divina Providencia. Yo andaba solito, y de pronto me encontré con un señor que me pareció “un experto en cacería”. En primer lugar, me di cuenta que jamás lo había visto; por lo tanto, no era güinero. Pensé: “Este es un hombre rico, intelectual y habanero”. No andaba con jaulas iguales a las que yo tenía. Las mías eran improvisadas, fabricadas con güines por un vecino, y las trampas eran construidas de manera rudimentaria. Mientras que las jaulas de trampa de este señor no las había visto nunca; me lucían completamente profesionales.

El tipo tenía puesto unos pantalones cortos, unos botines carmelitas, unas medias largas como las de los peloteros y unos enormes espejuelos. Nunca había visto un adulto con esa indumentaria en Güines ni en sus alrededores. Me imaginé, que por el modo en que lucía este desconocido, era lo que los revolucionarios llamaban “bitongos”. Más bien me lució un mamarracho.

La humareda y el hollín del incendio me estaban ahogando, y decidí saludar al individuo. No tenía pinta de “peligroso”. Se sonrió y me saludó con cierta alegría. Me dijo simplemente: “Que bueno encontrarme en estos parajes con un muchacho que pueda ayudarme y servirme de guía”… “¿Guía yo, con lo despistado que soy?” pensé por un instante.

Y ahí estuve andando con él hasta que violentamente frenó ante nosotros un Jeep de la Policía Nacional Revolucionaria. El chofer me señaló con el dedo y gritó: “¡Estoy seguro que tú eres el contrarrevolucionario que está cometiendo estos sabotajes!”…Y el que venía a su lado, en el asiento del pasajero, con tipo de “guajiro macho oriental”, asintió y dijo: "Y el otro debe ser su jefe". "Me parece que es un gusano “importado” porque no es de la zona. Para mí que es un americano. ¿Qué rayos hacen aquí?"…Me dio risa porque nunca había escuchado antes eso de “gusano importado”…

Mi “nuevo amigo” se encogió de hombros, los miró despreciativamente y dijo: “Están cometiendo un grave error, yo simpatizo mucho con Fidel”… Y le respondieron: “Si eso fuera cierto no te juntaras con este lumpen”… Para tranquilizar al hombre le dije: “No se preocupe mucho que cuando encuentren a los verdaderos culpables nos sueltan”

Nos llevaron para la jefatura de policía casi a rastras. Yo me senté en un sillón de barbero que había allí, y comencé a girar en él distraídamente. No dije “ni esta boca es mía”. Mi “compañero de cacería”, y ahora de infortunio, gritaba: “¡Ustedes son unos estúpidos, están cometiendo tremendo fallo, la semana que viene van a estar en la agricultura”… Y yo pensando: “El comebola eres tú, porque si sigues hablando basura y vociferando, los dos vamos a terminar en el paredón”

Al fin, logré aplacar un poco a mi “socio”, y con más calma dijo: “Permítanme hablar con su superior, sólo quiero que me den un teléfono donde pueda hacer una pequeña llamada” De mala gana nos llevaron a una oficina donde había un teléfono de esos de manigueta. De un empujón lo sentaron ante un escritorio. Y yo pensando: “En mala hora me encontré con el loco este”… ¡Pero qué equivocado estaba!…

Porque todo el panorama cambió en un segundo: “El bitongo con su short color caqui” agarró el auricular y dijo: “Con Raúl por favor, dígale que es de parte del Comandante Enrique Borbonet”(Foto al final)

Todos los policías se pusieron pálidos. Yo enseguida comencé a hacer memoria de quién era Borbonet. Fue uno de los oficiales que había caído preso, junto al “Gallego” Fernández, Ramón Barquín y Varela Castro, en una conspiración contra Batista que llamaron “la conspiración de los puros”en 1956. A Borbonet, el nuevo gobierno le había mantenido momentáneamente sus grados al salir de la cárcel, y en aquel momento decididamente estaba apoyando la Revolución.

El Comandante Borbonet le dijo al capitán policíaco: “Raúl Castro quiere hablar contigo…” El oficial, tembloroso, sólo atinó a repetir más de 10 veces: “Sí, mi Comandante”… A 15 pasos del teléfono se podían escuchar los alaridos histéricos de Raúl.

Salimos los dos para la calle y Borbonet me dijo:“¿Seguimos cazando?”… Y le contesté: “Pa’su escopeta, yo más nunca en mi vida toco una jaula, regreso al Residencial Mayabeque”… Ni por un instante me pasó por la cabeza que este hombre seguiría apoyando al régimen hasta el día en que murió en un accidente de tráfico…

Y al llegar a la casa, lo que más que molestó fue pensar que no tenía ni la menor idea donde se me había quedado mi jaula con mis dos tomeguines.

 

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